

Durante siglos, lo habitual era que cada generación fuera más numerosa que la anterior, en todo el mundo. Se trataba del motor “silencioso” de la economía: más gente significaba más trabajadores, más hogares y más demanda de bienes y servicios. Históricamente, se asumió que este sistema seguiría funcionando sin problemas. Pero ese supuesto ya no se cumple.
Ese esquema, que sostiene los contratos sociales entre generaciones y con el que se financiaron pensiones, salud y servicios públicos, ya comenzó a cambiar debido por la caída de la natalidad. En la Argentina y en todo el planeta, como tendencia, nacen menos bebés, y esto, según los especialistas, traerá consecuencias directas en la economía mundial.
Según un informe reciente de Moody’s Ratings, este equilibrio sostenido desde hace décadas está modificándose más rápido que en cualquier otro momento de la historia económica moderna. A qué se debe y por qué las políticas públicas no podrían revertir la tendencia, según el estudio.
Una caída de la natalidad que ya es global: qué pasa en Argentina
En 75 años, la tasa global de natalidad pasó de 4,9 hijos por mujer en 1950 a alrededor de 2,2 en la actualidad, apenas por encima del nivel de reemplazo de 2,1. Hoy, más del 70% de la población mundial vive en países con tasas iguales o inferiores a ese umbral.
Moody’s señala que lo distintivo del episodio es que muchas de las principales economías del mundo envejecen al mismo tiempo. En la Argentina, de acuerdo con el último informe de Estadísticas Vitales del Ministerio de Salud, en 10 años (entre 2014 y 2024) la tasa descendió un 40%. Por eso, en el 57% de los hogares ya no hay menores de edad.

De la demografía a la economía: los cuatro puntos clave
Frente a este panorama, Moody’s identificó cuatro vías por las que el envejecimiento impacta en la economía y en el riesgo crediticio:
1. Se reduce la oferta de mano de obra
Una fuerza laboral que crece más despacio reduce el crecimiento potencial, salvo que se compense con mayor productividad. Las economías del G7 tienen hoy alrededor de tres personas en edad de trabajar por cada mayor de 65, y esa relación caería a unas dos en 2050.
“A medida que se jubilen las grandes cohortes de trabajadores de mayor edad, es probable que se reduzca el margen para seguir aumentando la participación laboral, lo que hará que sea cada vez más difícil evitar la disminución de la fuerza laboral”, advierte el informe.
2. El impacto en las finanzas públicas
Las pensiones, la salud y los cuidados de largo plazo cuestan cada vez más mientras se achica la base que los financia. Moody’s subraya que esa presión aparece décadas antes de que la población efectivamente disminuya, y que los países con sistemas de protección generosos, deuda elevada o poco margen fiscal enfrentarán las decisiones más difíciles.
3. El problema de la demanda de los consumidores
El informe considera a este punto el más problemático. Es que, según apunta, las poblaciones mayores consumen distinto y, en general, menos. Crece la demanda de salud, servicios para la jubilación o viviendas adaptadas, pero se resienten los sectores atados a la formación de hogares, la educación y los consumidores jóvenes.

4. Ahorro, riqueza y los mercados de capitales
El último punto indica que se avecina una de las mayores transferencias de riqueza entre generaciones de la historia, con billones de dólares en activos que pasarán a herederos y otros beneficiarios. Y el envejecimiento poblacional transformará los patrones de ahorro e inversión, que son inciertos.
“El impacto económico dependerá no solo de la magnitud de estas transferencias, sino también de quién reciba los activos y de cómo se utilice la riqueza heredada”, indica el informe.
El problema de las tasas de interés: fuerzas en direcciones opuestas
En el plano financiero, según el estudio, estos canales empujan las tasas en “sentidos contrarios”. Un menor crecimiento de la fuerza laboral, más ahorro precautorio y mayor demanda de activos seguros podrían bajar las tasas reales de equilibrio. Pero el aumento de los costos de pensiones y salud puede obligar a los gobiernos a endeudarse más y presionar al alza los rendimientos soberanos.
A esto se suma el cambio climático y la inteligencia artificial (IA), que complican el cuadro con mayor incertidumbre. Moody’s admite que el efecto neto es incierto, aunque considera más probable que la demografía presione a la baja las tasas reales en el largo plazo.
Qué se puede hacer y qué no sirve, según el informe
Al analizar lo que se implementó hasta ahora, el estudio fue concreto. Las políticas pronatalistas, como pagos en efectivo, desgravaciones, subsidios de vivienda, cuidado infantil, licencias parentales o tratamientos de fertilidad, en general, no lograron aumentar la fecundidad de forma sostenida. Por eso, Moody’s concluye que los gobiernos tienen tres herramientas para adaptarse: ampliar la fuerza laboral; aumentar la productividad; y reformar las instituciones.

Sobre la primera, la inmigración puede dar más tiempo a los países que logren atraer trabajadores, pero no revierte el envejecimiento global. La alternativa es elevar la participación laboral, aunque el margen varía mucho.
Sobre la segunda, la automatización, la IA y la inversión en capital humano pueden mitigar la escasez de trabajadores al permitir producir más con menos gente. Por último, para la tercera, adaptar pensiones, salud y marcos fiscales será cada vez más esencial.
La conclusión central del informe es que ninguna de estas medidas elimina la realidad demográfica de fondo. Lo que sí pueden definir esas medidas, marca Moody’s, es qué economías, sectores y emisores se adaptan mejor a un mundo en el que la expansión depende de la productividad y no del crecimiento de la población.






















