Isaac Merritt Singer fue un feminista inesperado. Durante sus 30 años de matrimonio con Catherine, tuvo 10 hijos con otra pareja (Mary Ann) y siete con una tercera (que también se llamaba Mary). Cuando Mary Ann se enteró de la existencia de Mary y enfrentó a Isaac, él la golpeó hasta dejarla inconsciente, tras lo cual ella hizo que lo arrestaran. Más tarde se descubrió otra de las familias de Singer: otra Mary más, y otro hijo también. Finalmente, se casó con Isabella Boyer y tuvo seis hijos más con ella.

No sorprende, entonces, la reacción de Singer cuando vio por primera vez un prototipo de máquina de coser: “Qué máquina diabólica. Quieren eliminar lo único que mantiene calladas a las mujeres: la costura”. No sorprende, claro, salvo por el hecho de que, gracias a algunas mejoras técnicas y a decisiones comerciales acertadas, el nombre de Singer se volvió sinónimo de esa misma máquina diabólica.

En 1860, cuando las máquinas de coser Singer empezaban a popularizarse, The New York Times opinó que “ningún invento trajo consigo un alivio tan grande para nuestras madres e hijas... De hecho, es el único invento del que puede decirse que beneficia principalmente a las mujeres”.

Sin duda es cierto que coser era un trabajo ingrato y una obligación que les consumía mucho tiempo a muchas mujeres. Y también es cierto que, con una máquina de coser, una costurera o un sastre podía confeccionar muchas más prendas en mucho menos tiempo.

En 1860, una fábrica de camisas de Connecticut empleaba a 400 personas, cada una con una máquina de coser, para producir la misma cantidad total de camisas que 2.000 costureras a mano. La producción por trabajador pasó de menos de cinco camisas por semana a dos docenas por semana. La paga también era mejor: u$s 4 por semana, en lugar de los u$s 3 semanales que cobraban quienes cosían a mano.

Pero ¿la máquina de Singer realmente liberó a las mujeres? Depende mucho de qué mujeres y de qué entendamos por “liberación”.

Un nuevo trabajo de investigación de los economistas Philipp Ager y Davide Coluccia analiza datos detallados de Massachusetts en el siglo XIX para intentar desentrañar cómo cambió la máquina de coser la vida de las mujeres. Su conclusión es que la máquina les ofreció a las mujeres de clase trabajadora cierto grado de independencia económica: tendían a postergar el matrimonio y la maternidad, y era más probable que tuvieran un empleo remunerado. (No es que esos trabajos fueran particularmente agradables: la confección de camisas y vestidos dio origen a los primeros talleres de explotación laboral).

Para las mujeres más acomodadas, la “liberación” tenía otra forma. La máquina de coser las liberó de una tarea doméstica que consumía mucho tiempo, lo que les abrió espacio en la agenda para sumarse a organizaciones benéficas y comunitarias. Pero, para estas mujeres de clase media alta, aquello para lo que la máquina de coser más tiempo liberó fue casarse antes y tener más hijos.

Es una historia que resuena a lo largo de los siglos: los inventos que ahorran trabajo en una tarea concreta no necesariamente ahorran trabajo en términos generales. En cambio, “gastamos” ese ahorro: quizás en más ropa, quizás en más hijos, quizás de alguna otra manera. El ejemplo canónico es el lavarropas. Frente a una carga determinada de ropa para lavar, este cuboide milagroso ahorra muchísimo tiempo y esfuerzo. Pero, como sostuvo Ruth Schwartz Cowan en More Work for Mother (1983), la consecuencia fue que la ropa empezó a lavarse con más frecuencia. Se acabaron los puños y cuellos desmontables, o las prendas exteriores oscuras para disimular la mugre: todo va directo al canasto de la ropa sucia todos los días. Mamá se encargará de ordenarlo, de alguna manera.

El lavavajillas es otra “tecnología de liberación” y más antigua de lo que podría pensarse. Josephine Cochrane patentó el primer lavavajillas eficaz en 1886.

Una vez más, la historia de la liberación no es tan sencilla como uno podría imaginar. Cochrane no inventó el lavavajillas para ahorrarse tiempo en las tareas del hogar: era rica y quería evitar que sus sirvientes le desportillaran su mejor vajilla de porcelana.

Si bien el lavavajillas ahorra relativamente poco tiempo y esfuerzo por carga en comparación con el lavarropas, probablemente ahorró mucho más esfuerzo por hogar porque, a diferencia de lo que pasó con el lavarropas, la gente no sintió la necesidad de lavar los platos con más frecuencia. El término técnico aquí es elasticidad de la demanda. La demanda de ropa limpia es elástica: cuando lavar ropa se vuelve mucho más fácil, lavamos mucha más ropa. La demanda de platos limpios no lo es: cuando lavar platos se vuelve mucho más fácil, simplemente agradecemos nuestra suerte.

A diferencia de lo que pasó con la ropa, el lavavajillas no hizo que se lavaran los platos con más frecuencia.
A diferencia de lo que pasó con la ropa, el lavavajillas no hizo que se lavaran los platos con más frecuencia.

La reina de las tecnologías que ahorran trabajo, sostuvo Alison Wolf en The XX Factor (2013), fue la comida congelada lista para calentar (inventora: la bacterióloga Betty Cronin) y, más en general, todos los alimentos procesados industrialmente: el pollo ya desplumado, la ensalada ya cortada, la sopa enlatada y las salsas en frasco, junto con la fácil disponibilidad de comida para llevar a precios accesibles. Es poco glamorosa y a veces poco saludable, pero ahorró tiempo de verdad.

En la década de 1960, las mujeres acomodadas con título universitario solían dedicar entre cuatro y cinco horas por día a preparar y servir la comida, y a limpiar después. Para estas mujeres, “poner la comida en la mesa” no era una metáfora. Era algo que hacían de manera literal, y les llevaba muchas horas cada semana. Hoy, la Encuesta Estadounidense sobre Uso del Tiempo indica que esa cifra cayó a menos de una hora por día en el caso de las mujeres, y a media hora en el de los hombres.

Tal vez la “tecnología de liberación” más importante de todas no ahorraba trabajo de manera directa en ningún sentido: fue la píldora anticonceptiva. Sencilla, discreta y, en la práctica, más confiable que el preservativo o el diafragma, la píldora les dio a las mujeres un mayor control sobre su fertilidad y, por lo tanto, un motivo para invertir en carreras profesionales como el derecho, la medicina y la odontología. La economista y premio Nobel Claudia Goldin, junto con Lawrence Katz, construyó un argumento convincente de que el acceso de las mujeres solteras a la píldora anticonceptiva impulsó un cambio generacional que llevó a las mujeres a las profesiones liberales.

¿La historia de las tecnologías que ahorran trabajo, de la máquina de coser al lavarropas, del lavavajillas a la píldora, nos enseña algo sobre lo que, según nos dicen, será una revolución en la IA? Tal vez. Yo saco tres lecciones.

Primero, son historias complicadas. Incluso una simple reducción en el costo de coser llevó a algunas mujeres a tener hijos antes, y a otras a postergar el matrimonio y la maternidad. Consecuencias que tienen sentido en retrospectiva pueden ser difíciles de prever.

Segundo, la elasticidad importa. Ya sea que hablemos de ropa limpia o de platos limpios, cuando los costos bajan, puede que demandemos mucho más, o puede que no.

Y tercero, como podría atestiguar Mary Ann, la pareja golpeada de Isaac Singer, el progreso social lo empujan personas que se mueven por los peores motivos.