Hay cambios que son más rápidos. Pero los otros, los más lentos, suelen ser -sin embargo- esenciales.

Uno de ellos, pendiente en Argentina, es la transformación del proceso educativo (pero no solo en sus operaciones sino en su contenido y los resultados que vuelca a la sociedad y la economía). Y la mencionar el proceso educativo la referencia alcanza mucho más allá del mero sistema educativo formal.

El mundo vive una impresionante revolución tecnológica que hace que, pese a muchos avatares, la economía sigue evolucionando. Y en esa revolución tecnológica, el saber aplicado (no abstracto) ha pasado a ser el principal insumo para la generación de valor. Esto genera que los intangibles, como el capital intelectual, el know how, las destrezas para la práctica relacionada con nuevas técnicas, los nuevos modelos de organización empresarial, la capacidad en la formación de ecosistemas y redes entre empresas y organizaciones varias -que evolucionaron desde las tradicionales cadenas globales de valor-, la reputación, la propiedad intelectual, etc., hayan llegado a ser el componente esencial de la nueva economía.

Desde hace medio siglo, el mundo transita lo que se denominó la KBE (knowledge based economy), o “economía basada en el conocimiento”. A fines de la década de 1960 del siglo pasado, Peter Drucker en su libro “La era de la discontinuidad”, puso en el lugar más destacado al saber como motor de la economía. Así, prepararse para competir en la economía basada en el saber es crítico.

Desde hace décadas, el conocimiento es considerado uno de los principales motores del crecimiento económico.
Desde hace décadas, el conocimiento es considerado uno de los principales motores del crecimiento económico.Fuente: ShutterstockShutterstock

Es cierto que en Argentina se suele debatir sobre educación, pero en la mayoría de los casos se lo hace en relación al presupuesto.

Ya Roger Kaufman (en su obra “Strategic Thinking”) recelaba de las meras discusiones presupuestarias relativas a la educación diciendo que la estrategia educativa tiene tres grandes componentes: en primer lugar el nivel “micro” (que es el de los “inputs”) que se relaciona con los recursos de los que se vale la educación (desde los docentes hasta las aulas, pasando por el presupuesto monetario o los útiles tecnológicos); en segundo lugar, el nivel “macro” (que es el de los “ouputs”) que se relaciona con la cantidad de graduados que el sistema envía a la sociedad (cuántos títulos o certificados se emiten); y, en tercer lugar, el nivel “mega” (que es el de los “outcomes”) que se relaciona con el efectivo valor generado, que se mide a través de la constatación del éxito o fracaso de cada egresado del sistema en su vida futura (como ciudadano, como trabajador, como nuevo estudiante, como usuario, etc.).

Solemos debatir en las instituciones políticas, las discusiones públicas o hasta en las movilizaciones sociales, el nivel “micro” (el presupuesto, por ejemplo) pero poco énfasis se hace en lo más importante: el nivel “mega”: ¿Qué tan adaptados a las exigencias del nuevo mundo salen los graduados del sistema, cuál es la performance posterior de los que han pasado por él, que nivel de capital humano efectivo constatado en las performances posteriores al proceso educativo o formal estamos generando?. El capital intelectual no es meramente informativo o formativo, sino que es performativo.

Sin embargo, y yendo aún más allá, hoy en el mundo se habla de un paso adelante desde la KBE hacia la IBE: “economía basada en la innovación”. Que se compone del conocimiento como factor evolutivo, pero se apoya en la introducción de nuevas ideas, productos, servicios o procesos (innovación) para impulsar el crecimiento económico, el desarrollo y el bienestar social.

El canadiense Lincoln Anthony, de la Universidad de Toronto, enseña que nuestra forma de trabajar está experimentando un cambio radical (y no solo por la irrupción de la inteligencia artificial) y cita a Aneesh Raman, Director de oportunidades económicas de LinkedIn, para expresar que estamos presenciando el fin de la economía del conocimiento y el surgimiento de algo completamente nuevo: la “economía de la innovación”. Y añade que, en esta nueva era, la pericia técnica y la destreza intelectual —que antes eran el actor crítico para el éxito— ya no son suficientes porque las habilidades humanas como la creatividad, la curiosidad, el coraje, la compasión y la comunicación (lo que Raman denomina las “5 C”) definirán el futuro del trabajo.

Hace poco, el International Journal of Innovation Management publicó un trabajo de Lotta Hassi -profesora del Departamento de Operaciones, Innovación y Data Sciences de la Esade Business School-, en el que se definen las calidades del “innovador exitoso” con los siguientes 12 atributos: reflexión contínua, exploración desprovista de ideas fijas previas, iteración constante entre el pensamiento abstracto y el concreto, una actitud orientada a la acción, capacidad para descubrir oportunidades donde otros ven obstáculos, resiliencia mental y adaptación positiva a la adversidad, profunda humildad intelectual para el reaprendizaje, coraje, capacidad de sensibilizarse positivamente ante la incertidumbre, aptitud para experimentar diseños valiosos, aprendizaje extractivo (que se logra de la comprensión de el aprovechamiento de lo inesperado) y capacidad de implementar las ideas.

En medio de las transformaciones en curso en nuestro país, se requiere una modernización de buena parte de nuestra socio-economía. En algunos sectores (la agroproducción o muchos servicios) ese proceso ya está en plena marcha. Pero queda mucho más por reformular.

En esa reformulación hay una cantidad de necesidades aún pendientes, desde una mayor inversión en investigación y desarrollo (no solo pública sino especialmente privada porque en el mundo es esta última la que está moviendo la frontera del saber aplicado), pasando por una reformulación de los procesos de generación y aplicación de saber, incluyendo el acople tecnológico global y terminado por la adaptación y adecuación de muchas personas ya formadas pero necesitadas de nueva adaptación.

Se requiere un paso de todos hacia la economía de la innovación. Y eso supone mucho más que un par de modificaciones operativas.