En la política argentina, el timing es tan determinante como el fondo de las decisiones. Tras meses de una parálisis casi anestésica en el PJ, donde la reorganización de la conducción del partido parecía dormida en una tregua fría, soterrada y en absoluto silencio público, aunque con murmullo interno, la irrupción de Cristina Fernández de Kirchner volvió a sacudir el avispero.
Superada la resaca del Mundial y corrido el campeonato del centro de la escena y la atención pública, el kirchnerismo duro ejecutó una jugada cuidadosamente orquestada: la irrupción pública de una nueva estrategia jurídica e internacional para la situación de la expresidenta, con la mirada puesta, sin ningún disimulo, en el escenario electoral de 2027.
La presentación ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas no es un hecho aislado. Con un equipo de abogados internacionales, el kirchnerismo busca que 18 juristas analicen si en la causa Vialidad se respetaron las garantías del debido proceso y existieron las pruebas necesarias que justificaron la condena.
La movida abre nuevamente el debate técnico-doctrinario respecto de la “cosa juzgada”. En el ámbito local, la secuencia recorrió todas las instancias: Tribunal Oral Federal N.° 2, Cámara Federal de Casación Penal y ratificación final de la Corte Suprema de Justicia.
Sin embargo, la estrategia de la defensa reabre la discusión sobre qué ocurre cuando una sentencia firme colisiona con pactos e instituciones internacionales a los que la Argentina suscribe con jerarquía constitucional. Para una rama de la doctrina, las instancias supranacionales habilitan la revisión cuando se alegan violaciones a las garantías convencionales, haciendo ceder la intangibilidad de la cosa juzgada local; para la postura más restrictiva de la Corte Suprema, con antecedentes inclusive en la Argentina, los pronunciamientos externos no constituyen una cuarta instancia revocatoria.
Más allá de los plazos burocráticos y la discusión técnica sobre la ejecutoriedad de los dictámenes judiciales, la jugada persigue un fin político inmediato: internacionalizar la denuncia de “proscripción”, perforar la inhabilitación perpetua y, fundamentalmente, revalidar la centralidad para congelar cualquier intento de jubilar a la ex presidenta de la escena.
De este modo, lograr copar nuevamente un escenario peronista que venía hace tiempo sin voceros ni movimientos explícitos, solo tímidas jugadas del gobernador bonaerense, Axel Kicillof, quien intentó hasta ahora sin mucho éxito, despegar de la imagen de Cristina.

El daño colateral, la fractura K y el reparto de los tercios
La reaparición de la ex presidenta no resuelve la feroz interna del peronismo; por el contrario, la complejiza. La fotografía del mapa político muestra un escenario nítidamente segmentado en tercios: el presidente Javier Milei retiene uno de ellos, que contiene incluso a parte de los que no lo quieren pero desean ver el fruto del esfuerzo hecho este tiempo. Axel Kicillof concentra un segundo tercio de matriz opositora dura, y el tercio restante permanece disputado en la búsqueda de alguna alternativa de centro o tercera vía capaz de volcar la balanza.
No se trata de la “ancha avenida del medio”, que tiene incluso hasta mala fama en términos políticos en el país, pero sí buscan a alguien capaz de llevar adelante algunas ideas del oficialismo con un tono más moderado y prolijo sin ir a todo o nada.
En ese esquema, la sobreexposición del cristinismo impacta de lleno sobre Kicillof. Aunque el gobernador bonaerense intenta edificar un proyecto con autonomía de vuelo, enfrenta un límite severo en la opinión pública: la percepción social no logra escindir su figura de la de Cristina.
Al estar fuertemente asociado a la expresidenta en la psicología del electorado moderado, Kicillof carga con un techo electoral históricamente bajo para las pretensiones nacionales. Pero el problema es doble: en la trastienda del Instituto Patria, la relación personal y política entre Cristina y Kicillof atraviesa un punto de no retorno.

Ante la distancia insalvable con su exjefe de Economía, la expresidenta busca recostarse o apalancar a figuras alternativas de la tropa propia, su hijo Máximo por ejemplo, para retacearle volúmen y acotar las aspiraciones de crecimiento del mandatario bonaerense.
En medio de ese fuego cruzado, comenzaron a emerger interlocutores implícitos alineados con las necesidades de La Plata para fijar límites. Un ejemplo claro fue la reaparición de Aníbal Fernández. El exjefe de Gabinete, una figura de vasto rodaje histórico posicionada hoy en el respaldo al gobernador, salió a marcar un matiz pragmático: apoyar al menos en su decir público que la Justicia revise la condena a Cristina, pero advertir sin eufemismos que, en el plano estrictamente electoral, hoy la expresidenta no puede ser la candidata y que la conducción debe dirimirse en una gran interna abierta.
El factor Massa
En medio de este escenario algo obturado y con parálisis operativa, la figura que empieza a mover fichas del centro para disputar el tercio flotante es Sergio Massa.
Para comprender el rol del exministro de Economía y candidato presidencial de 2023, es preciso repasar su última performance: a pesar de encarar una contienda en el pico de la crisis inflacionaria mientras era ministro de Economía, Massa logró ingresar al balotaje contra Javier Milei aprovechando la estructura del peronismo y pudo retener un volumen de votos de amplio espectro.
Hoy, con el hastío de los votantes que sienten que dieron todo pero la situación económica los apremia, busca capitalizarlos. Tras meses de perfil bajo y diplomacia del silencio, Massa no oculta ante su círculo más íntimo su deseo explícito de ir por la revancha.
Su hipótesis de trabajo descansa sobre un diagnóstico pragmático: un PJ donde Cristina queda imposibilitada de competir por sus trabas judiciales y Kicillof aparece encorsetado por la marca del kirchnerismo duro. Massa se autopercibe como una figura con plasticidad táctica como para aglutinar la oferta dispersa y alejarse de ese sesgo ideológico ante el votante independiente.
A pesar de la resistencia de sectores independientes es dueño de una diferencia a su favor en el armado bonaerense. Mientras la relación de Kicillof con los mandatarios provinciales es históricamente tirante o directamente mala con muchas de las provincias, Massa ostenta un activo clave en la rosca: mantiene un canal de diálogo fluido, directo y cotidiano con una gran mayoría de los gobernadores. En el esquema del líder del Frente Renovador consideran que aún con el techo que le impone su alta imagen negativa, y la asociación de su nombre con la alta inflación, esa capacidad de interlocución federal es el motor que le permitiría estructurar una alternativa aglutinadora donde el kirchnerismo tradicional encuentra su techo histórico.
El cálculo del Gobierno y el fantasma del balotaje
En la Casa Rosada leen esta aritmética en detalle. Las evaluaciones que circulan en Balcarce 50 coinciden en que el diálogo de Massa con los mandatarios provinciales lo convierte en el candidato del PJ potencialmente más competitivo y peligroso para el oficialismo de cara a una segunda vuelta. Por eso, la instrucción en el equipo de comunicación de Milei responde a una decisión táctica innegociable: invisibilizar e ignorar totalmente a Sergio Massa para obturar sus chances de instalarse como la alternativa del centro.
La razón de este silencio es transparente. En los despachos oficiales creen que en el peronismo Massa es un dirigente que a pesar de todo sigue teniendo capacidad real para perforar la base de votantes flotantes de La Libertad Avanza o de la clase media desencantada con el ajuste libertario pero que bajo ninguna circunstancia votaría una boleta alineada al cristinismo.
Es por eso que el negocio perfecto para el Gobierno consiste en subir deliberadamente al ring central a Kicillof. Tenerlo como el contrincante principal le resulta infinitamente más funcional al oficialismo: por su mala llegada a los caudillos provinciales y su altísima asociación con una Cristina que busca ser candidata, Kicillof se convierte en el rival más accesible en un balotaje. Permite al oficialismo reactivar la narrativa más eficaz de La Libertad Avanza: “Acompañennos en este esfuerzo, porque la alternativa es volver al pasado”.

Detrás de este armado de extremos existe una ecuación matemática que se maneja en las sombras del poder. En el entorno del Presidente evalúan que Milei tendría posibilidades concretas de imponerse en primera vuelta, al menos si las elecciones fueran hoy. El verdadero fantasma de la estrategia oficial aparece ante la eventualidad de un balotaje.
El escenario evoca la histórica contienda de 2003, cuando Carlos Menem se impuso en primera vuelta pero prefirió declinar su candidatura antes de afrontar una derrota frente a Néstor Kirchner, al constatar que la totalidad del voto opositor se concentraría en su contra. En el Gobierno comprenden ese riesgo: en una segunda vuelta contra una figura capaz de canalizar el descontento del tercio oficialista, sin la amenaza del camporismo duro, la sumatoria de los rechazos volvería hipercompetitiva a la oposición.
El peronismo ingresa así en un laberinto de desenlace abierto. Mientras Cristina busca en los estrados internacionales un salvavidas jurídico para revalidar su liderazgo y frenar a Kicillof, la rosca subterránea por el centro se acelera. En la capacidad de Sergio Massa para tejer con las provincias y articular el tercio disputado se jugará si la oposición logra construir una alternativa de poder real o si vuelve a quedar atrapada en la polarización perfecta entre Milei y Kicillof que tan bien le rinde a la Casa Rosada.














