

Pasó poco más de una semana de la final del Mundial y en Argentina se sigue hablando de la campaña que se armó en redes contra el país. Eso, en sí mismo, ya es una anomalía. La conversación digital de un Mundial se apaga entre las 48 y las 72 horas posteriores al partido decisivo. Es una curva conocida y previsible. Esta no se apagó, y ahí conviene empezar a mirar.
El debate quedó trabado en una pregunta mal formulada: si la campaña existió o si estamos exagerando. Planteada así es una discusión de opinión, y una discusión de opinión no se gana nunca. Pero el fenómeno es medible. Deja rastros verificables: volumen, secuencia temporal, tipo de cuenta que lo empuja, temas que aparecen y en qué orden, e incentivos económicos detrás de cada actor.
Hace dos décadas que analizo ecosistemas digitales, primero desde la venta publicitaria en plataformas y después desde la producción de contenido y el análisis de conversación. Lo primero que hice con este caso fue dejar de tratarlo como un bloque único. Una reacción espontánea de hinchas y una operación organizada se parecen mucho en una captura de pantalla, pero se comportan de manera completamente distinta cuando mirás la serie completa.
Al separarlo aparecieron tres capas encadenadas, con actores distintos, tiempos distintos y motivos distintos para participar. La primera produce, la segunda legitima y la tercera valida. Ninguna alcanza sola. Juntas explican por qué esto no se apagó en 72 horas y por qué terminó con argentinos golpeados en la calle en Madrid.
El punto de partida fue un número que no cerraba. Argentina generó 23,7 millones de posteos en X durante la última semana del Mundial. España, que salió campeona, generó 15,9 millones. Inglaterra 9,3 y Francia 6,9. El subcampeón produjo un 49% más de conversación que el campeón. En cualquier torneo la conversación sigue al que gana. Cuando un dato se comporta al revés de cómo debería, la explicación rara vez está en el fútbol.

Capa uno: producción
Semanas antes de la final ya circulaba, empujada por cuentas anónimas pero verificadas, la idea de que Argentina hacía trampa y de que la FIFA la favorecía. Muchas de esas cuentas comparten dos rasgos: monetizan por volumen de interacción y aparecen asociadas a plataformas de apuestas radicadas lejos del mercado que dicen comentar. Es una línea que merece investigación forense y todavía no la tuvo.
Después de la eliminación de Inglaterra, y sobre todo después de la derrota, el contenido mutó. Dejó de hablar de pelota. La politóloga y científica de datos María de los Ángeles Lasa analizó 40.000 posteos con procesamiento de lenguaje natural y encontró veintinueve tópicos agrupados en cinco grandes narrativas. Una sola era futbolera. Las otras cuatro fueron el racismo como atributo nacional, Malvinas usada como burla, Argentina como refugio nazi y la etiqueta de “el Israel de América Latina”. Apareció además un cluster menor sobre la economía, con el juego de palabras entre hambre y Argentina.
El fútbol fue el vector de entrada, no el tema. Y la secuencia importa tanto como el contenido: que Argentina tenga discusiones pendientes sobre racismo es una cosa, y que esa discusión se active sincronizada con una eliminación deportiva, sostenida por cuentas que nunca antes en su historia hablaron de este país, es otra bastante distinta.
Queda entender por qué a alguien le conviene producir esto. El algoritmo de X es de código abierto y se puede leer: una respuesta pesa trece veces y media más que un like y, si el autor contesta, ese peso se multiplica hasta 150 veces. Los documentos internos de Meta filtrados por Frances Haugen mostraron que la reacción “me enoja” pesaba cinco veces más que un me gusta. Una auditoría de Cornell y Berkeley publicada este año confirmó que los rankings por engagement amplifican contenido hostil incluso cuando los propios usuarios declaran que no lo quieren ver.
Sumale que X paga a los creadores por interacción de cuentas verificadas. La conclusión es la que puede anticipar cualquiera que trabaje en esto: la hostilidad es la materia prima de mejor margen del ecosistema, porque es lo único que la plataforma subsidia con alcance y remunera con dinero al mismo tiempo. Producir indignación dejó de ser un costo y pasó a ser una unidad de negocio.
Los números acompañan. El servicio de protección de la propia FIFA escaneó seis millones de posteos solo en fase de grupos y marcó 89.000 como abusivos: trece veces más que en Qatar 2022, con el abuso racial como categoría principal. El público no se volvió trece veces más cruel en cuatro años. Cambió el sistema de incentivos, y en el medio apareció la producción sintética: circularon videos manipulados con inteligencia artificial dentro de esta misma conversación. Cuando el costo de fabricar una pieza creíble tiende a cero, el volumen deja de ser evidencia de nada.

Capa dos: legitimación
A las 24 o 48 horas, la conversación saltó de las plataformas a las redacciones. Medios grandes de Estados Unidos, Inglaterra y España publicaron editoriales que mezclaban análisis deportivo con juicios sobre la idiosincrasia de un país entero. Arturo Pérez-Reverte escribió que la selección rival de España representaba “la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”.
El mecanismo es más sutil de lo que parece. El medio no necesita suscribir la acusación, le alcanza con cubrir el debate. Pero al cubrirlo convierte lo que producían cuentas anónimas en discurso citable y archivable, y lava el origen. El volumen deja de ser el síntoma y pasa a ser la noticia. Esta capa no aporta información nueva, aporta jerarquía.
Vale una advertencia que corre también para nuestro lado. Una de las supuestas pruebas de campaña paga que circuló en estos días, un correo de una agencia ofreciendo dinero a cuentas de fútbol, fue verificada por Chequeado y no resistió el análisis: la agencia no existe, el mail tiene indicios de haber sido generado con inteligencia artificial y varias de las cuentas que lo difundieron son paródicas y están sponsoreadas por casas de apuestas. En un ambiente contaminado, la evidencia falsa aparece en las dos direcciones y alimenta el mismo negocio.
Capa tres: validación
Cuando la narrativa ya tiene volumen y respaldo editorial, entran los nombres propios. Samuel L. Jackson pidiendo a la comunidad negra que no apoyara a Argentina. Rosalía, Pedro Pascal, Niall Horan, Patti Smith, Mia Khalifa, hasta una legisladora estadounidense.
Un artista global no aporta un argumento, aporta identidad. Su gesto no dice “esto es verdad”, dice “gente como nosotros piensa esto”. Es la capa que convierte una narrativa de internet en un hecho social, y la que la saca de la pantalla.
Ahí el circuito cerró. La Asociación de Migrantes de Argentina Residentes en España registró entre 24 y 26 denuncias por agresiones, insultos y acoso laboral en los días posteriores a la final, incluido un ataque con arma blanca en el centro de Madrid. Hay profesionales argentinos que perdieron clientes con el argumento explícito de no querer trabajar con alguien de un país racista.

El costo de desarmarlo
Varios pidieron disculpas. Rosalía dijo que compartió sin leer, Horan habló de un error honesto, otros borraron y siguieron. No alcanza, y el motivo no es el orgullo herido: es aritmética de distribución. Una acusación genera respuestas, citas e indignación, y por lo tanto alcance y dinero. Una retractación no genera nada de eso. No se discute, no se cita, no se monetiza. El sistema reparte la acusación a escala global y deja la corrección circulando entre los que ya estaban convencidos. 72 horas alcanzaron para instalar el estigma, desarmarlo va a llevar años.
Leída completa, la cadena tiene una propiedad incómoda: funciona sin que nadie tenga que mentir de manera deliberada. La primera capa monetiza. La segunda cubre un debate que efectivamente existe, porque la primera lo fabricó. La tercera comparte sin leer. Cada eslabón hace algo que por separado es defendible, y el resultado agregado es una difamación con consecuencias físicas sobre personas que no participaron de nada. Responsabilidad distribuida, es decir nadie responsable.
Por eso esto no se corrige con más indignación ni con pedidos de disculpas. Se corrige donde está el incentivo: auditoría forense sobre el origen de esas redes de cuentas y obligación de las plataformas de reportar coordinación inauténtica, del mismo modo en que un banco reporta operaciones sospechosas.
Mientras producir hostilidad siga siendo el insumo de mejor rendimiento del sistema, esto no va a quedar como un episodio argentino. Va a quedar como un método, y el próximo país al que le toque va a tener las mismas defensas que tuvimos nosotros.













