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Cuando analizamos la economía argentina solemos mirar siempre los mismos indicadores: inflación, tipo de cambio, riesgo país, nivel de actividad o empleo. Pero hay una variable que casi nunca aparece en los informes y que, sin embargo, atraviesa a todas las demás: el estado de las personas que producen.

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El último estudio de sobre burnout arrojó un dato contundente: el 92% de los trabajadores argentinos afirma sentirse “quemado” (Bumeran). Es el cuarto año consecutivo en que Argentina lidera el ranking regional, por encima de Chile, Panamá, Perú y Ecuador.

Podemos matizar que se trata de una percepción y no de un diagnóstico clínico, pero el mensaje de fondo es claro: nueve de cada diez personas que sostienen la economía real sienten niveles significativos de agotamiento. Y cuando un fenómeno alcanza esa escala, deja de ser un problema individual de salud para convertirse en un problema estructural de competitividad.

El costo que no aparece en ningún balance

El burnout tiene un costo económico concreto, aunque no figure en ninguna línea del balance. Los especialistas en recursos humanos observan a diario cómo el agotamiento reduce la calidad del trabajo, debilita el compromiso, acelera la fuga de talentos y multiplica los conflictos internos. A eso debemos sumarle el ausentismo, el presentismo improductivo de quien está en su puesto pero ya no logra rendir, y la rotación: más de la mitad de los encuestados afirma que una de las formas de combatir el agotamiento es cambiar de empleo.

Para una empresa, cada salida implica costos de búsqueda, selección y capacitación, además de la pérdida de conocimiento acumulado. Multipliquemos esa realidad por miles de organizaciones y tendremos una sangría silenciosa de productividad que ningún programa de eficiencia puede compensar.

Hay una tendencia a pensar que el burnout es un problema de las personas y que la productividad es un problema de las empresas. En realidad, son dos caras de la misma moneda. La macroeconomía no deja de ser la sumatoria de millones de decisiones individuales: detrás de cada punto de crecimiento y de cada inversión hay personas resolviendo problemas, innovando y generando valor.

Por eso el burnout no debería ser una preocupación exclusiva de Recursos Humanos, sino de toda la dirección de la empresa. Porque impacta sobre la capacidad de innovar, de adaptarse, de aprender y de sostener resultados en el tiempo.

Una economía que exige más a personas que pueden menos

¿Por qué Argentina encabeza este ranking año tras año? Porque al desgaste propio del trabajo le sumamos un contexto económico y social que funciona como amplificador: la incertidumbre permanente, la pérdida de poder adquisitivo, el pluriempleo para complementar ingresos, las reestructuraciones que dejan a menos personas haciendo el trabajo de más, y la hiperconectividad que borró la frontera entre la jornada laboral y la vida personal.

Trabajamos en la oficina, volvemos a casa y seguimos respondiendo mensajes. Permanecemos conectados incluso en los momentos que deberían estar destinados al descanso. El problema es que la energía humana no es un recurso infinito.

La paradoja es evidente: en un momento en que Argentina necesita mejorar su productividad para crecer de manera sostenida, le estamos pidiendo ese esfuerzo a una fuerza laboral exhausta.

Del diagnóstico a la gestión

Lo más preocupante del estudio no es el 92%, sino que muchas organizaciones todavía abordan el burnout como un tema secundario, una cuestión blanda, cuando en realidad es una cuestión de gestión y de resultados.

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Las empresas que mejor se adapten a este escenario serán las que entiendan que la sostenibilidad de los resultados depende también de la sostenibilidad de las personas. Eso implica medir el clima y el desgaste con la misma seriedad con que se miden las ventas, revisar las cargas de trabajo después de cada reestructuración, garantizar espacios reales de recuperación y formar líderes capaces de detectar señales tempranas de agotamiento.

La verdadera discusión no es cuánto trabajan las personas, sino cuánto tiempo puede sostenerse un modelo basado en el agotamiento continuo. Durante años discutimos cómo mejorar la productividad de las organizaciones. Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos cómo recuperar la energía de quienes la hacen posible. Porque ninguna economía crece de manera sostenible si las personas que la sostienen todos los días están exhaustas.