Una pregunta subyace al momento electoral que se ha iniciado con la finalización del Mundial: si existe una demanda suficiente como para que emerja una tercera opción competitiva frente a la polarización hoy dominante entre La Libertad Avanza y el peronismo. Ni Nis, ningunismo, votantes flotantes, son algunas de las denominaciones con que se intenta identificar a estos sectores. ¿Pero se trata de una cuestión que atañe solo a la demanda o la oferta es igual de relevante?

A un año para la celebración de las -todavía vigentes- Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), una pregunta se repite en los pasillos de consumo intensivo de la política: ¿habrá en 2027 lugar para la emergencia de outsiders? ¿Estaremos ante otro cisne negro, como el de Javier Milei en 2023?

En el análisis político las predicciones suelen ser tentadoras, pero son poco consistentes. Todo lo que podemos hacer, por el momento, es identificar las señales que favorecen o conspiran contra la aparición de un outsider exitoso en la competencia presidencial del año próximo.

Mirado desde la perspectiva de la demanda social -esto es, desde el ángulo de los votantes-, las encuestas de opinión dan cuenta de un clima social favorable para la emergencia de un candidato no tradicional. De acuerdo al último estudio nacional de Opina Argentina, un 34% votaría por el peronismo frente a un 32% que lo haría por La Libertad Avanza.

El resto votaría por otras fuerzas, está indeciso o no iría a votar. Es decir que 3 de cada 10 argentinos, un número para nada desdeñable, hoy no se siente atraído por los dos grandes espacios organizadores de la política nacional.

Esta apatía relativa que se advierte en la sociedad está explicada, en parte, por los problemas y desafíos irresueltos que enfrentan tanto el Gobierno como la principal fuerza opositora. Lejos de traducirse en un bienestar social mayoritario, el programa económico de Javier Milei está generando un malestar creciente. Desde diciembre de 2025 hasta este mes, la aprobación presidencial cayó del 48% al 36%.

Todavía conserva un piso de aceptación considerable, pero es evidente que el costo de la estabilización de la macroeconomía ha sido una desestabilización de la micro: las tarifas pesan cada vez más en el ingreso familiar, los salarios siguen perdiendo frente a la inflación y para una proporción importante de hogares llegar a fin de mes se ha vuelto demasiado cuesta arriba.

La esperanza social que caracterizó a los dos primeros años de gobierno de Milei, y que lubricó la gran tolerancia ante el ajuste fiscal, hoy parece estar evaporándose. La sociedad ya no espera a futuro, sino que empieza a demandar beneficios en el presente.

Por el momento, el peronismo no logra capitalizar este estado de malhumor social porque está enfrascado en sus propias desavenencias. A diferencia de las derrotas presidenciales de 1983 y 1999, que desataron intensos procesos de renovación interna, el doble revés electoral de 2015 y 2023 no suscitó un recambio significativo a nivel dirigencial.

Hoy el peronismo está congelado en su identidad kirchnerista, lo que le confiere un piso alto pero un techo bajo de votos. Pero lo que vuelve más incierto el panorama es que su conducción política está vacante.

Cristina está inhabilitada para participar electoralmente; Axel Kicillof ensaya gestos de autonomía sin romper abiertamente con su madrina política y Sergio Massa teje y desteje alianzas con la mira puesta en 2027. ¿Se animará el peronismo a dirimir las disputas del liderazgo en una interna abierta? Lo único claro, hasta el momento, es que la lucha fratricida en el peronismo entusiasma más a su dirigencia que a sus votantes.

Con el Gobierno debilitado y el peronismo enfrascado en sus pujas internas, hay evidentemente margen para la irrupción de algo nuevo. Un año para la elección presidencial es, en Argentina, una eternidad. Un año antes de los comicios nadie creía que Néstor Kirchner, Mauricio Macri, Alberto Fernández y Milei serían electos presidentes en 2003, 2015, 2019 y 2023, respectivamente.

En la actualidad hay casi un tercio del electorado que no se siente interpelado ni por los libertarios ni por el peronismo. La oferta, sin embargo, no aparece aún porque las condiciones para la aparición de un outsider tienen límites. En primer lugar, ese tercio de desencantados es muy heterogéneo.

En esa pecera hay simpatizantes de la izquierda dura, mileístas decepcionados, macristas huérfanos de representación electoral, peronistas no kirchneristas y gente directamente desconectada de la política. Unir todas estas partes y darle representación política a un segmento tan variopinto es definitivamente una operación política compleja.

Además, para que la oferta sea eficaz, un hipotético outsider debe sintonizar hoy con la parte de la sociedad que no encuentra voz en la política. Milei creció tanto en tan poco tiempo porque puso en palabras -casta, dolarización, motosierra- una serie de sensaciones y demandas que no estaban siendo nombradas.

En una frase: no alcanza con que exista una demanda; alguien tiene que convertirla en una causa y ofrecer una respuesta creíble. ¿Podrá alguno de los nombres que suenan por fuera de la política tradicional repetir esa secuencia?

A esto se le suma un problema que podríamos denominar “el efecto vacuna”: la sociedad ya vivió la experiencia de votar a un desconocido y de bancarse los costos del experimento. Eso no cierra la puerta a la novedad, pero probablemente eleva el umbral de lo que hace falta para convencer a un electorado que ya sabe, por experiencia propia, que la disrupción oxigena el sistema político, pero también pasa su factura.

El escenario más probable para 2027, entonces, no es la repetición mecánica de 2023, sino una competencia más flexible: dos coaliciones debilitadas, pero todavía dominantes, y un tercio del electorado disponible que puede terminar canalizado por una tercera vía con estructura -un peronismo no kirchnerista combinando con un radicalismo que gobierna, un armado del círculo rojo antikirchnerista- antes que por un outsider en sentido estricto.

El cisne negro, por definición, es aquello que no se anticipa. Pero la historia reciente sugiere que, cuando aparece, lo hace ahí donde el sistema de partidos deja un vacío sin nombre. Por ahora, ese vacío está identificado. Falta ver si hay alguien con vocación y credenciales concretas para ocuparlo.