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Algo remolona, quizás prudente por demás, la política empieza a desengancharse del letargo mundialista. El movimiento todavía es lento. Ni el gobierno de Javier Milei ni la oposición quieren mostrar sus cartas antes de tiempo: leen encuestas, estudian las curvas de la economía y repasan jugadas sobre un tablero que parece estático, aunque por debajo ya comenzó a crujir.
El escenario de 2027 se divide hoy entre convencidos y escépticos. Las proporciones no son iguales en cada espacio y, a veces, tampoco dentro del mismo bando. En la Casa Rosada conviven quienes creen que la reelección se encamina con la sola recuperación de la economía y quienes advierten que, sin una mejora palpable en los sectores más golpeados, el proyecto puede llegar debilitado a la elección.
Las encuestas que circulan dentro del Gobierno no difieren demasiado de las que alimentan la conversación pública. El oficialismo acaricia hoy los 25 puntos, por debajo del tercio consolidado que sostuvo durante los dos primeros turnos electorales de 2023 y que conservó durante los primeros dos años de gestión.
El alivio está enfrente. El peronismo, todavía dividido, transita por una franja similar. En el laboratorio oficialista, esa fragmentación se convierte en una parte central del plan.
Milei es el primero en creer que la actividad económica dejará atrás su recorrido de serrucho para comenzar a dibujar una curva lenta, pero sostenida, hacia arriba. Según esa expectativa, la sensación de bonanza llegaría con el tiempo suficiente para disputar la reelección dentro de un sistema atomizado, sin que ninguna fuerza alcance por sí sola un volumen dominante.
En su entorno miran un espejo peculiar: Néstor Kirchner en 2003. El santacruceño llegó a la Presidencia después de obtener el 22,2% de los votos y terminar segundo, beneficiado luego por la decisión de Carlos Menem de no competir en el balotaje.
La analogía seduce por el porcentaje, aunque tiene límites evidentes. No hubo victoria directa en la primera vuelta ni una competencia convencional en la segunda. En la Casa Rosada conocen esas diferencias, pero el antecedente sirve para sostener una idea: una elección fragmentada puede permitir que un candidato con un piso reducido conquiste el premio mayor.
“Hoy el panorama está complejo. Si no enciende la economía y empieza a mostrar signos de recuperación en los sectores más postergados se va a hacer difícil reelegir”, reconoce un interlocutor del oficialismo que conoce de primera mano el humor de quienes no se consideran entre los ganadores del modelo. No ayudaron los dichos de Adrián Ravier sobre un posible dólar a $1800 a fin de año: el tecnicismo de un cambio retrasado no impacta de igual forma en la interpretación popular.
Milei, sin embargo, no parece dispuesto a alterar el rumbo. Tampoco su equipo económico. “Están dispuestos a morir con las botas puestas”, grafica el mismo funcionario frente a las advertencias desatendidas.

La metáfora tiene una resonancia reciente. El propio Presidente la utilizó una semana atrás para homenajear a la Selección y a Lionel Messi después de la derrota frente a España en la final del Mundial. La imagen busca transmitir coraje y determinación, aunque la película homónima sobre el general Custer no ofrece precisamente un desenlace feliz.
Tampoco lo tuvo el Mundial para la Argentina. Y el ejemplo de Kirchner, observado de cerca, tampoco encaja completamente en la épica de una victoria obtenida con poco más del 20%. Hasta allí llegan las analogías cinematográficas y literarias.
La estrategia electoral necesita algo más concreto: un acuerdo con los gobernadores sobre el calendario. Quienes trabajan en el plan de reelección hablan de construir un dominó electoral. Algunas provincias deberían votar antes, aunque no demasiado, para instalar un clima favorable. Otras deberían coincidir con la elección nacional para aportar estructura, candidatos y volumen el mismo día.
“Se requiere que algunas provincias adelanten, pero no mucho, para crear un clima favorable. Y en otras será conveniente que coincidan en octubre, para generar volumen y traccionar el día de la elección”, explican desde el campamento libertario.
Todavía falta definir casi todo. Pero hay un límite que los gobernadores ya marcaron: no quieren eliminar definitivamente las PASO. Con suerte y votos prestados, La Libertad Avanza podría aspirar a suspenderlas a nivel nacional, como ocurrió en 2025. La decisión, sin embargo, puede producir un efecto lateral que inquieta a quienes trabajan en la arquitectura electoral del oficialismo: que las provincias sigan el mismo camino.
Y en ningún lugar esa posibilidad genera más contradicciones que en Buenos Aires.
La paradoja de las PASO y la trampa bonaerense
Si las primarias fueran canceladas en la Provincia de Buenos Aires, La Libertad Avanza podría perder la herramienta que necesita para ordenar su propia coalición.
El distrito elige gobernador en una sola vuelta y por mayoría simple. No existe un balotaje que permita reunificar a distintas fuerzas después de una primera instancia competitiva. Sin PASO, violetas, amarillos y radicales deberían llegar a la elección con una fórmula y listas acordadas de antemano o correr el riesgo de dividirse frente al peronismo.
La paradoja es evidente. La suspensión de las primarias, presentada en el plano nacional como una simplificación electoral, podría volverse contra los intereses libertarios en el principal distrito del país.
Todos miran a Diego Santilli como la figura capaz de cohesionar esa constelación. El jefe de Gabinete reúne antecedentes en el PRO, vínculo con sectores libertarios y capacidad de conversación con una parte del radicalismo. Pero esa condición no alcanza todavía para convertir a los tres espacios en un frente homogéneo.
El “Colo” mantiene contactos con referentes de la UCR, desde el senador Maxi Abad hasta dirigentes vinculados al Foro de Intendentes radicales. El problema no está únicamente en las conducciones partidarias. En muchos municipios, libertarios y radicales sostienen diferencias que vuelven difícil imaginar una convivencia acordada en una mesa provincial.
La PASO podría forzar una síntesis. Cada sector conservaría su identidad, competiría dentro de una misma alianza y luego quedaría obligado a acompañar al ganador. Sin primarias, toda la negociación debería resolverse antes de llegar a las urnas. Y sin segunda vuelta provincial, tampoco habría margen para una reunificación posterior.

En el escenario ideal para quienes sueñan con una candidatura de Santilli, la Provincia desdobla su calendario para aislarse de un eventual clima adverso a nivel nacional, especialmente si la economía no muestra la recuperación que espera Milei. Después, las PASO ordenarían una competencia entre libertarios, PRO y radicales que no consiguieron confluir en 2023. El ganador de esa interna enfrentaría al peronismo en la elección general con una oferta unificada.
La posibilidad de separar los comicios también encuentra un argumento operativo. La Justicia electoral bonaerense viene advirtiendo sobre las dificultades de celebrar una elección concurrente con dos sistemas diferentes: Boleta Única Papel para los cargos nacionales y boletas partidarias tradicionales para las categorías provinciales.
Ese diagnóstico puede darle al gobierno bonaerense una justificación técnica para separar las fechas, aunque la decisión tendría consecuencias políticas sobre todos los actores.
Santilli necesita anticiparse. Su traslado desde el Ministerio del Interior a la Jefatura de Gabinete demoró las bajadas al territorio que su equipo había comenzado a diagramar. La agenda nacional, la relación con los gobernadores y las negociaciones legislativas consumieron parte del tiempo que debía dedicar al armado bonaerense.
En el PRO, además, cualquier convergencia dependerá de la capacidad de Cristian Ritondo para ordenar la fuerza provincial. El jefe del bloque de diputados nacionales conserva el control de una parte significativa del aparato amarillo, pero el vínculo con Mauricio Macri se habría quebrado por completo, según reconocen dirigentes cercanos a ambos.
Esa ruptura incorpora otra variable. Santilli puede negociar con Ritondo la estructura bonaerense, pero Macri todavía conserva identidad, dirigentes y poder simbólico dentro del PRO. Una convergencia electoral que ignore al expresidente puede cerrar acuerdos en las conducciones y, al mismo tiempo, dejar heridas abiertas en el territorio.

La ingeniería partidaria tampoco resuelve el problema económico. “Decime que van a inyectar algo de plata en el bolsillo de acá al año próximo”, le rogó, en confianza, un empresario relacionado con la construcción en el corazón productivo bonaerense a un integrante del equipo económico nacional hace unos días.
La respuesta fue un movimiento negativo de cabeza.
Lejos de la Cordillera, en algunos sectores se acumulan pagos demorados a proveedores, retiros voluntarios y despidos. El empresario resumió su percepción sin vueltas: “Yo no la veo”.
La frase sintetiza uno de los mayores riesgos del plan libertario. La reelección está construida sobre la expectativa de una mejora que todavía no todos perciben. Milei cree que llegará. Parte de su entorno también. Pero en la Provincia, donde se concentran buena parte de los sectores industriales, comerciales y populares que definen una elección nacional, la recuperación deberá verse antes de poder capitalizarse.
Si no aparece, el oficialismo dependerá todavía más de la división peronista y de la capacidad de Santilli para reunir una coalición que hoy no está constituida.
La trampa es doble. Sin PASO, puede dividirse el antiperonismo. Con PASO, el Gobierno debería aceptar una herramienta electoral que pretende suspender en el plano nacional. Y si la Provincia desdobla, la candidatura bonaerense deberá defenderse sin quedar pegada al arrastre presidencial que La Libertad Avanza necesita en otros distritos.
El dominó electoral que imaginan en la Casa Rosada puede funcionar si cada provincia ocupa el lugar previsto. Buenos Aires, en cambio, amenaza con mover varias piezas a la vez.
Macri vuelve al mapa y asoma una “traición” al Gobierno desde Washington
De las terceras vías no se esperan definiciones inmediatas. Tampoco de Mauricio Macri, quien regresó a Buenos Aires el lunes, después de la final del Mundial. En su entorno aseguran que las conversaciones políticas nunca se interrumpieron. Pero la posibilidad de una candidatura presidencial en 2027, alimentada más por algunos entusiastas del PRO que por el propio expresidente, entró en una zona de pausa.
Macri no anunció una postulación ni dio señales definitivas. Su equipo, sin embargo, diseña nuevas recorridas por el país. La primera incursión sería por el Noroeste. La Patagonia también figura en los planes, aunque las condiciones climáticas empujan esa visita más adelante. Por ahora, nadie quiere adelantar provincias ni fechas. “Estamos definiendo. Las reuniones y charlas políticas están a la orden del día. Nunca hay recreo”, respondió un hombre de su círculo más estrecho.
La frase contradice, de algún modo, la imagen de quietud que domina la superficie. Macri no se muestra lanzado, pero tampoco se retiró del todo. Su presencia sigue condicionando el reordenamiento del PRO, especialmente en Buenos Aires, donde Ritondo intenta administrar una estructura que debería confluir con Santilli y La Libertad Avanza casi de forma natural.
QUÉ PERSONALIDAD TIENE ESTE EQUIPO! Qué cambios hizo el técnico! En honor a los ingleses se lo voy a decir en inglés… qué huevos tienen!!! GRACIAS, GRACIAS POR TANTO! A disfrutar lo que estamos viviendo!!! 🇦🇷🇦🇷🇦🇷 pic.twitter.com/DnPaXaK8Zd
— Mauricio Macri (@mauriciomacri) July 15, 2026
Mientras los libertarios buscaban montarse sobre la campaña anti-Argentina para redireccionarla contra el kirchnerismo, alguien hizo llegar al entorno del titular de la Fundación FIFA una duda en forma de acusación.
“¿Pudo haber estado él detrás de agitar este clima?”, preguntó. La respuesta fue una carcajada. “A él todo esto no le importa nada”, contestaron, en una versión corregida por decoro.
En los Estados Unidos, Macri había compartido tiempo con Gianni Infantino, presidente de la FIFA. El vínculo no pasó inadvertido para el Gobierno, especialmente después de que Donald Trump mencionara al dirigente del fútbol como una posible opción para la Secretaría General de las Naciones Unidas.
“Lo de Infantino es un bleff”, evaluó un funcionario que mantuvo tiempo atrás un diálogo directo con el equipo del secretario de Estado, Marco Rubio. La respuesta, sin embargo, incluyó una precisión que preocupa a la diplomacia argentina y la Casa Rosada. “Pero hay algo de verdad: Estados Unidos no quiere a Rafael Grossi sino a la costarricense”, añadió.
Grossi había sido postulado por el canciller Pablo Quirno y era la carta de Milei para proyectar a la Argentina libertaria en el escenario multilateral que el propio Gobierno suele cuestionar. La candidatura permitía combinar dos planos: el posicionamiento de un argentino al frente de las Naciones Unidas y la posibilidad de exhibir influencia política sobre una institución central del sistema internacional, pese a las críticas.
Pero los planes de la Casa Blanca parecen haber cambiado. Según la lectura que circula en el Gobierno, la trayectoria y autonomía de Grossi lo vuelven demasiado “librepensador” para el gusto de Washington. Y ahora decantarían su preferencia por Rebeca Grynspan, actual secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo y exvice de Costa Rica.
La objeción se habría profundizado por la escalada en el frente iraní. En la administración estadounidense no habrían quedado conformes con el desempeño del director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica.

La discusión internacional parece lejana del armado electoral bonaerense, pero ambas convergen en una misma dificultad para Milei: la necesidad de alinear actores que conservan intereses propios.
Los gobernadores no quieren pulverizar las PASO. Los radicales bonaerenses no se integran automáticamente a una coalición libertaria. El PRO provincial depende de un Ritondo enfrentado con Macri. Y la Casa Blanca puede acompañar al Presidente argentino sin respaldar a su candidato para las Naciones Unidas.
El oficialismo confía en que la economía ordenará esas tensiones. Si la recuperación llega y mejora la percepción social, la Casa Rosada podrá negociar desde una posición más sólida, administrar la fragmentación opositora y presentar la reelección como continuidad de un proceso.
Si no llega, el plan quedará atado a una serie de equilibrios precarios.
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