Audaz. Intuitivo. Obsesivo. Creativo. Irónico. Difícil. Polémico. Como todo talentoso. Samuel “Chiche” Gelblung fue eso. Y mucho más. Leyenda de la gráfica, celebridad de la televisión, encarnó una forma de hacer periodismo que iba mucho más allá de cubrir una noticia. Muchas veces, la generaba. En todas, la vivía.
Gelblung hizo de la actualidad un insumo que procesaba, refinaba y vendía con distintos packagings: riguroso y preciso, o exagerado y estridente -extremado a la brumosa frontera entre veracidad y falsedad-, según el hecho, el contexto y los protagonistas lo ameritaran.

“Nunca dejes que la realidad se interponga entre vos y una buena nota”, máxima que, si no acuñó, en las redacciones se le atribuye como propia. Como otra, que definía su exigente carácter: “Volvé con la nota. O no vuelvas”.
Gelblung interpretó la realidad. La contó. También la interpeló, con preguntas francas y directas –“out of context”, se diría hoy- cuyo objetivo era descolocar, desarmar la defensa de su entrevistado.
Con esa capacidad única de dialogar con el más poderoso político, sin perder la sensibilidad de enviar un movilero para medir el pulso de la calle en las cuestiones que, intuía, realmente influían en lo que ahora se llama “el metro cuadrado de la gente”.
Fue la fórmula que llevó a la televisión, el medio que lo convirtió en un personaje popular. Debutó con “Memoria” a mediados de los ’90. Ahí forjó el auténtico “estilo Chiche”. Sin dejar de conectar el ocasional tema del presente -hasta el más bizarro o frívolo- con el pasado, y viceversa.
Remarcando, con el clásico gesto de su índice derecho en la sien, la necesidad de recordar, de tener memoria. Algo que nunca pierde relevancia. Y que es vital para que los países no repitan su historia.

Por Juan Manuel Compte
Prosecretario de Redacción
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