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Argentina es el país más racista del mundo. Argentina tiene comprados a los árbitros porque Gianni Infantino favorece a Lionel Messi. Argentina tuvo que entregar la final del Mundial porque la FIFA no quería otro bicampeón. Lo hizo para evitar una sanción por la bandera de Malvinas. Cedió porque el FBI tenía acorralado al presidente de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, dentro del vestuario.

Esas y otras versiones, algunas contradictorias entre sí, alimentaron durante el Mundial una ola de contenidos hostiles contra la Argentina. Desde el reposteo del actor Samuel L. Jackson hasta las disculpas de Rosalía por haber viralizado una publicación antiargentina —a pocos días de sus shows en el Movistar Arena—, las redes sociales potenciaron un tsunami de acusaciones, datos falsos y teorías conspirativas que, como toda mentira, tienen cierto anclaje en la realidad.

La conversación comenzó alrededor del fútbol, pero rápidamente desbordó ese terreno. El resultado fue una narrativa más amplia en la que la Argentina dejó de aparecer únicamente como un rival deportivo para convertirse en una suerte de villano global al que podían atribuirse fraudes, discriminaciones, arreglos arbitrales y conspiraciones institucionales.

Una acusación que ya había circulado

No es la primera vez que se activa una campaña de este tipo contra el país. Tampoco es nueva la acusación de que la Argentina sería una sociedad especialmente racista.

En diciembre de 2025 se viralizó una publicación que aseguraba que el país había sido elegido como “el más racista del mundo”. El mensaje citaba supuestas bases de datos que, al ser cotejadas, mostraban resultados diferentes.

Un episodio similar se había producido en diciembre de 2022, antes de la final del Mundial de Qatar. Erika Denise Edwards, académica de la Universidad de Texas, publicó en The Washington Post un artículo titulado “Por qué no hay jugadores negros en la Selección argentina“, en donde desarrolló diversos ”mitos” concebidos en nuestro país sobre la desaparición de la población negra desde el siglo 19.

“En realidad, Argentina ha sido el hogar de muchas personas negras durante siglos, no solo de la población esclavizada y sus descendientes, sino también de inmigrantes. Los caboverdianos comenzaron a emigrar a Argentina en el siglo XIX con sus pasaportes portugueses y luego ingresaron al país en mayor número durante las décadas de 1930 y 1940, en busca de empleo como marineros y estibadores”, sostenía.

Responsabilizaba a la política poblacional de “líderes argentinos blancos como Domingo Faustino Sarmiento” por acuñar “una narrativa diferente para borrar la presencia negra, ya que equiparaban la modernidad con la blancura”.

Los referentes de aquella generación, habiendo abolido la esclavitud, “se centraron en la modernización, mirando hacia Europa como la cuna de la civilización y el progreso. Creían que, para situarse al nivel de Alemania, Francia e Inglaterra, Argentina debía desplazar a su población negra, tanto física como culturalmente”.

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El título, las premisas y un provocador posteo en redes de su autora favorecieron la interpretación acerca de un país en el que el racismo era sistemático. Y el artículo —con algunas imprecisiones estadísticas— abrió un intenso debate en torno a la evolución histórica de la población afrodescendiente y los procesos migratorios en la Argentina.

Las diferencias entre el contenido de la nota y la interpretación cada vez más superficial que se impuso en las redes constituye uno de los mecanismos habituales de la desinformación: una captura, un título o una frase fuera de contexto adquieren mayor alcance que el documento original.

Los algoritmos que premian la indignación

Según datos de la FIFA citados durante la competencia, se registraron unos 53 millones de publicaciones relacionadas con los protagonistas del Mundial. De ese total, cerca de siete millones —poco más del 10%— fueron, en realidad, consideradas abusivas o dañinas.

Aunque representaron una minoría, son las que generan al final más ecos e interacciones, en un círculo que retroalimentan los algoritmos. Una parte importante de esos contenidos estuvo vinculada con la campaña contra la Argentina.

Argentina generó 23,7 millones de posteos en X en la última semana, un 49% más que España, que es el campeón del mundo y tuvo 15,9 millones”, detalló Agustín Giménez, empresario especializado en tecnología e inteligencia artificial aplicada. “Inglaterra quedó en 9,3 millones y Francia en 6,9 millones: ningún semifinalista se le acercó. Gran parte de ese volumen fue hostilidad organizada”, agregó.

Según Giménez, el hashtag “VAR-gentina”, instalado después del partido de octavos de final contra Egipto, la teoría de un Mundial arreglado y las capturas que denunciaban una supuesta campaña paga de influencers —nunca verificada de manera independiente— contribuyeron a consolidar esa corriente.

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A ese entramado se sumó ESPN al calificar al equipo argentino como una “disgrace”, mientras el diario Marca afirmó que España había “salvado el fútbol” y The Telegraph tituló el resultado del enfrentamiento final con una fórmula deliberadamente provocadora: “Football 1, Criminals 0”.

En apenas dos semanas, la conversación digital sobre la Argentina dejó de girar principalmente alrededor del rendimiento deportivo. En su lugar, comenzó a orbitar sobre acusaciones de violencia, racismo, corrupción y manipulación de resultados construidas o amplificadas a partir de informaciones no verificadas.

De las cuentas pequeñas a los grandes medios

En el fenómeno también interviene el denominado sesgo de confirmación. Las plataformas priorizan en el perfil de cada usuario aquellos contenidos que coinciden con sus preferencias, prejuicios o interpretaciones previas.

Por regla, las campañas de desinformación suelen apoyarse en algún fragmento reconocible de la realidad, que luego es deformado o exagerado hasta encajar en una narrativa más amplia. Cuando ese contenido confirma lo que un usuario ya cree, aumenta la posibilidad de que lo comparta, lo comente o lo utilice para atacar al grupo contrario.

La sociedad argentina es tan racista que ni siquiera se da cuenta de su racismo. Las personas creen que no hay racismo porque no hay leyes segregacionistas como hubo en Sudáfrica o Estados Unidos, pero acá afecta a personas y comunidades afrodescendientes y de pueblos indígenas según estudios académicos e informes de misiones de Naciones Unidas”, sostuvo en 2021 el doctor en Ciencias Sociales e investigador del Conicet Daniel Mato, en una entrevista con Télam.

Señalaba ya entonces que “la Constitución tiene vigente el artículo 25 que dice que ‘el Gobierno federal fomentará la inmigración europea’ y ningún actor político capaz de promover una enmienda constitucional haya movido un dedo”. A su entender, “la discriminación es lo más visible, pero otras acciones condenan a ciertos pobladores a condiciones desventajosas, inequitativas, que fueron y son naturalizadas por otros sectores sociales”.

Por supuesto, existe un abismo entre la persistencia de ciertos conceptos y la calificación de un país como parte de un engranaje donde el racismo es la norma. Pero la validación por parte de figuras públicas, influencers o cuentas con millones de seguidores —deliberada o accidental— hace el resto del trabajo y multiplica el alcance del mensaje original. En muchos casos, las rectificaciones posteriores -cuando existen- no alcanzan la misma circulación que la publicación falsa. El daño permanece.

Lo que muestra el caso es cómo opera la propaganda en la era del odio digital: los algoritmos premian la indignación, una narrativa nacida en cuentas chicas se organiza alrededor de un hashtag y los medios tradicionales terminan amplificando lo que el feed ya validó”, analizó Giménez. “El villano no se elige, se fabrica, y los millones de posteos son la medida de lo eficiente que se volvió esa maquinaria”, completó.

Otro estudio difundido por la consultora Ad Hoc, basado en su monitoreo de redes sociales, detectó que los picos de conversación negativa contra la Argentina coincidieron con las distintas fases del Mundial. La hostilidad aumentaba antes y después de cada partido y alcanzó su punto máximo alrededor de la semifinal contra Inglaterra. Esa sincronización muestra que la viralización no evolucionó de manera lineal, sino que se intensificó en los momentos de mayor atención global.

Ad Hoc

Los libertarios se suben a la ola anti-Argentina

En medio de esa escalada, algunos dirigentes políticos aprovecharon la agenda para impulsar discursos restrictivos sobre la inmigración. El diputado libertario Agustín Romo difundió un proyecto de su autoría para cobrarles la atención sanitaria y la educación universitaria en establecimientos provinciales a los extranjeros no residentes.

En la misma línea, el subsecretario de Políticas Universitarias, Alejandro Álvarez, recordó que continúa vigente el DNU 366/2025, que autoriza a las universidades nacionales a cobrarles aranceles a estudiantes de otros países.

El propio presidente Javier Milei aludió al clima generado en las redes mediante una publicación desafiante en la que reprodujo una frase atribuida al ex primer ministro británico Winston Churchill, aunque la Sociedad Internacional Churchill niega que le pertenezca. “¿Tienes enemigos? Bien. Eso significa que alguna vez en tu vida has defendido algo”, indicó Milei en inglés.

La diputada Lilia Lemoine bajó su propia línea en la discusión. “Nos odia la mitad zurda de cada país del tercer mundo. Sorprendentemente, el más pobre nos ama, Bangladesh”, publicó en X. Luego agregó: “Expresan su odio ahora porque con el gobierno de @JMilei nos encaminamos a ser un país próspero de nuevo. Estamos saliendo adelante. Y eso a la progresía envidiosa y resentida le molesta”.

La utilización política del fenómeno desplazó todavía más la conversación. Lo que había comenzado como una sucesión de críticas deportivas terminó mezclándose con debates sobre inmigración, acceso a servicios públicos, identidad nacional y la posición internacional del Gobierno.

El caso expone una dinámica que excede al fútbol y a la propia Argentina. Una acusación puede nacer en una cuenta pequeña, agruparse alrededor de una etiqueta, recibir la validación de personalidades y terminar amplificada por medios tradicionales que reaccionan ante una conversación previamente legitimada por los algoritmos.

En ese circuito, la indignación es más rentable que la precisión. La desinformación viaja más rápido que su desmentida y la figura del enemigo se construye con fragmentos, prejuicios y acusaciones que no necesitan ser compatibles entre sí.

El Mundial terminó, pero la batalla por el relato continuó en las redes. Y allí, más que el resultado de un partido, lo que estuvo en juego fue la capacidad de una maquinaria digital para fabricar a escala global un nuevo villano.