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En los últimos años, el petróleo volvió a ocupar un lugar central en la agenda internacional. La guerra entre Estados Unidos e Irán y las tensiones en torno al estrecho de Ormuz pusieron en primer plano la seguridad del abastecimiento energético y volvieron a dejar en evidencia el peso estratégico que tiene el crudo en la economía mundial.
En la Argentina, ese contexto encuentra a Vaca Muerta, que atraviesa un momento de expansión sin precedentes. El desarrollo de la formación no convencional modificó el mapa energético del país, impulsó las exportaciones y convirtió a la Cuenca Neuquina en un polo de atracción para empresas, inversiones y trabajadores.
Los números muestran la magnitud de este crecimiento. En junio, la producción nacional de petróleo alcanzó un récord histórico de 914.900 barriles diarios, un 17,1% más que en el mismo mes de 2025, según el Monitor Oil & Gas elaborado por el ALyC RICSA. De ese total, Vaca Muerta aportó 633.946 barriles diarios, un 33% más interanual, y ya concentra el 70% de todo el petróleo extraído en el país.

Pero detrás de cada barril que sale del país existe una cadena mucho más extensa que la extracción del crudo.
“Vaca Muerta no crece solamente perforando pozos. Necesita ampliar simultáneamente oleoductos, gasoductos, plantas de tratamiento, estaciones compresoras, tanques, terminales portuarias y plantas de licuefacción”, explica Ignacio Rovira, geólogo especializado en recursos naturales.
Sin esa infraestructura, advierte, gran parte del potencial productivo podría quedar literalmente bajo tierra.
Cómo nace un barril de petróleo en Vaca Muerta
A diferencia de los yacimientos convencionales, donde el petróleo puede desplazarse naturalmente hacia el pozo, en Vaca Muerta los hidrocarburos permanecen atrapados en poros microscópicos de una roca con muy baja permeabilidad.
Por esa razón, la extracción requiere de técnicas especiales. El proceso comienza con la perforación de un pozo vertical que desciende varios kilómetros hasta alcanzar la formación. Una vez allí, el pozo se desvía hasta quedar horizontal dentro de la roca y puede extenderse entre dos y cuatro kilómetros.
Durante esta etapa se instalan sucesivas cañerías de acero cementadas que permiten aislar el pozo de otras formaciones geológicas y proteger los acuíferos superficiales.

La siguiente fase es la completación, una de las instancias más importantes del proceso. Es allí donde se realiza la fractura hidráulica. El tramo horizontal se divide en múltiples etapas y se inyecta una mezcla compuesta principalmente por agua y arena, junto con una pequeña proporción de aditivos.
“La presión genera fisuras muy pequeñas en la roca y los granos de arena las mantienen abiertas, creando caminos para que el petróleo y el gas puedan desplazarse desde la roca hacia el pozo”, explica Rovira.
Tras la estimulación, parte de los fluidos utilizados retorna a la superficie y comienza la fase productiva.
La primera parada: separar petróleo, gas y agua
Cuando los hidrocarburos emergen del pozo, no lo hacen de manera pura. La producción inicial suele consistir en una mezcla de petróleo, gas y agua que debe ser tratada antes de continuar su recorrido.
La corriente es conducida hacia baterías o plantas ubicadas dentro del propio yacimiento. Allí se realiza la separación de los distintos fluidos y cada uno recibe el tratamiento correspondiente.

En el caso del petróleo, el crudo se acondiciona para cumplir con las especificaciones de transporte, se mide y se almacena temporalmente antes de ingresar a la red de oleoductos.
Es un paso clave para garantizar que el producto pueda circular de manera segura y eficiente por cientos de kilómetros de infraestructura.
Los kilómetros invisibles: la red que conecta Vaca Muerta con el mundo
Una vez acondicionado, el petróleo abandona el yacimiento y empieza un viaje que puede atravesar varias provincias.
El primer tramo se realiza a través de oleoductos de captación que conectan los pozos con los sistemas troncales de transporte. En esas redes confluyen crudos de distintas empresas, aunque cada productor mantiene un registro comercial preciso del volumen y la calidad entregados.
La vía de evacuación más importante es actualmente el sistema de Oldelval, que conecta la Cuenca Neuquina con Puerto Rosales, en las cercanías de Bahía Blanca.
Desde allí el petróleo puede abastecer refinerías argentinas, ser enviado a otros centros de procesamiento o cargarse en buques para exportación.

También existe una salida hacia el Pacífico. A través del Oleoducto Trasandino, el crudo parte desde Puesto Hernández, cruza la Cordillera de los Andes y llega a la refinería Bío Bío y a la costa chilena.
El mapa logístico sumará próximamente una nueva vía estratégica. Se trata de Vaca Muerta Oil Sur, el proyecto que unirá Allen con Punta Colorada, en Río Negro. La obra permitirá comenzar a despachar petróleo desde diciembre de 2026.
“En la terminal, el crudo se almacenará en grandes tanques y será conducido hasta instalaciones marítimas desde las que se cargarán los buques”, detalla Rovira.
A partir de ese momento, los cargamentos pueden recorrer miles de kilómetros hasta llegar a mercados internacionales, donde finalmente serán procesados para transformarse en combustibles y derivados.
Los oleoductos: la pieza más importante de la cadena
El crecimiento récord de la producción en Vaca Muerta convirtió a la infraestructura en uno de los principales cuellos de botella del sector.
“Los oleoductos cumplen un papel central porque permiten transportar grandes volúmenes de manera continua, segura y con un costo mucho menor que el transporte por carretera”, explica Rovira.

Los camiones pueden utilizarse en etapas iniciales de desarrollo o ante contingencias operativas, pero resultan poco competitivos para movilizar cientos de miles de barriles diarios. Los buques, en cambio, son el eslabón indispensable para conectar la producción argentina con los mercados globales.
De barril a combustible: la transformación final
Una vez que llega a una refinería, el petróleo debe atravesar múltiples procesos industriales para convertirse en productos de consumo masivo.
“Debe pasar por destilación, desulfurización y otras unidades de conversión para transformarse en combustibles terminados”, señala el especialista.
A partir de esas etapas se obtienen naftas, gasoil, combustible para aviación y otros derivados que terminan abasteciendo automóviles, industrias, centrales eléctricas y sistemas de transporte en distintas partes del mundo.
Qué hace especial al petróleo de Vaca Muerta
Aunque muchas veces se habla del “petróleo de Vaca Muerta” como si fuera un único producto, la realidad es más compleja.
“La formación abarca distintas profundidades, temperaturas y grados de madurez de la materia orgánica. Por eso contiene ventanas de petróleo, petróleo volátil, condensado y gas, y la composición puede variar entre áreas e incluso entre pozos”, detalla el geólogo.
Sin embargo, buena parte del petróleo comercializado desde la Cuenca Neuquina integra la corriente conocida como Medanito. Se trata de un petróleo liviano y con bajo contenido de azufre. Según explica Rovira, un análisis comercial representativo lo ubica en torno a los 41 grados API y aproximadamente 0,15% de azufre.

Estas características lo vuelven especialmente atractivo para el mercado. “Los grados API indican la densidad: cuanto mayor es el número, más liviano es el petróleo. El término ‘dulce’ o sweet no se refiere a su sabor, sino a que contiene poco azufre”, aclara.
Su baja viscosidad facilita el transporte por oleoductos y evita algunos de los tratamientos que necesitan los petróleos pesados, como calentamiento intenso o mezcla con diluyentes.
La infraestructura detrás de cada barril
El recorrido de un barril de Vaca Muerta muestra que el desafío energético argentino no consiste solamente en extraer petróleo.
Se necesitan equipos de perforación, cañerías, oleoductos, gasoductos, plantas de tratamiento, estaciones compresoras, tanques, terminales portuarias y plantas de licuefacción. Cada eslabón debe crecer a un ritmo compatible con la producción.
“Vaca Muerta no crece solamente perforando pozos”, resume Rovira.
La misma lógica se aplica al gas, aunque con una cadena diferente. Después de separarlo del petróleo y del agua, debe tratarse para retirar humedad e impurezas y, cuando corresponde, líquidos como propano, butano y gasolina natural. Luego se comprime y se inyecta en los gasoductos.
La infraestructura, en definitiva, puede convertirse en el límite físico del crecimiento. “Sin esa infraestructura, una parte del recurso puede quedar bajo tierra simplemente porque no existe capacidad suficiente para transportarlo hasta el mercado”, advierte el especialista en el detalle del recorrido completo que hace el petróleo de Vaca Muerta.
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