La medicina ha entendido, hace ya mucho tiempo, que tanto o más importante que saber identificar el problema del paciente (diagnóstico) o que saber indicar un tratamiento adecuado (prescripción terapéutica), es construir un vínculo de confianza con quien se tiene enfrente. Un médico puede dominar la ciencia a la perfección, pero es la calidad del vínculo entre el médico y el paciente lo que transforma un acto clínico en un verdadero y exitoso tratamiento.
Si entendemos al vínculo entre un gobernante y sus gobernados padecientes como un vínculo médico, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que estamos en un momento en el que el paciente está malhumorado.
La gran mayoría de las encuestas muestran a una mayoría nítida de la sociedad desaprobando el desempeño del gobierno, con mucho más imagen negativa que positiva del presidente, con una percepción crítica del presente y teniendo más pesimismo sobre el futuro que optimismo.
Frente a un paciente malhumorado y desconfiado, las recomendaciones de la medicina son indubitables. En primer lugar, no personalizarlo ni ponerse a la defensiva. El mal humor y la desconfianza casi siempre expresan miedo, frustración, no necesariamente un ataque al médico. En segundo lugar, reconocerle lo que siente. El paciente necesita primero sentirse escuchado antes de poder escuchar.

En tercer lugar, explicar con claridad y expectativas realistas, sin tecnicismos, qué se espera del tratamiento, en cuánto tiempo, qué es normal y qué no. Y finalmente, sostener el vínculo aunque persista el desacuerdo. Aun si el paciente no se convence del todo, dejar la puerta abierta al desacuerdo, preservar la relación permite retomar más adelante.
En definitiva, la respuesta más eficaz no suele ser insistir con más argumentos clínicos, sino restablecer la confianza a través de la escucha y la empatía. La adherencia se recupera reparando el vínculo, no ganando la discusión.
Independientemente de la discusión acerca de si el diagnóstico y el tratamiento son los correctos, cuando uno mira la relación médico-paciente que se observa en esta coyuntura, parece estar viendo una colección de errores de parte del Dr. Javier Milei.
Como sucede en el caso de la morosidad, por ejemplo, con el equipo médico discutiendo con el paciente, enojándose con los cuestionamientos al tratamiento, tomando el asunto personal, asignando la responsabilidad del problema emergente a factores ajenos, y desentendiéndose de la necesidad de colaborar con sus soluciones.
Estos resultados y esta actitud del equipo médico invitan a pensar si podrá lograr su continuidad el año próximo. El enojo o mal humor que uno observa en el presente hacen pensar que difícilmente este oficialismo pueda ganar un balotaje en estas condiciones, incluso sabiendo que aún hay enojos con el pasado.
Siempre el malestar del presente es más vívido y cercano que los del pasado. Es un malestar que se siente en el bolsillo hoy, no es un relato, y ello lo hace ganar en disponibilidad cognitiva.
Además, a esta altura la atribución de responsabilidad es más nítida. El que gobierna se va haciendo cada vez más dueño del presente, no puede tercerizar la culpa indefinidamente. El argumento de “la herencia” tiene fecha de vencimiento, así como la paciencia, que se va erosionando. Las expectativas caducan si las promesas no se cumplen, y el gobierno está atravesando una etapa de promesas incumplidas (pedo de buzo, los mejores 18 meses, inflación con 0, etc.).

Esta trayectoria de creciente estancamiento (se crecía más en 2024, que en 2025 y 2026) puede alimentar la narrativa del “ya probamos” y los resultados no llegan. Y ello habilita el “les dimos la oportunidad y no funcionó”. La dinámica no permite ver con nitidez que cada vez estamos mejor, o que cada vez estamos menos peor, al menos en materia de ingresos y empleo, que son las dos variables que más impactan en la vida de la gente.
Todos estos argumentos podrían llevarnos a pensar que con los enojos del presente no se puede ganar. Ello es así hasta que uno advierte que todavía existen enojos del pasado, y ahí Milei conserva una ventaja estratégica: una suerte de buffer que amortigua la frustración y le concede un margen adicional de paciencia a quienes esperan el cambio.
Aquel que puede estar enojado con el presente podría hacer un análisis contrafáctico que reversiona su enojo actual: “veníamos peor”. Ello reactiva la aversión a la pérdida, y volver a lo malo conocido podría percibirse como una pérdida, no como alternativa. Sobre todo porque la herida inflacionaria es una que demora mucho en cicatrizar, en Argentina el recuerdo de la inflación descontrolada es una de las anclas más duraderas de la memoria política.
Además, los responsables del enojo del pasado parecen no haber tratado las heridas convenientemente. Hay un pasivo no saldado de la oposición, en no haber hecho ni duelo de los errores ni renovación de sus representantes. Esto ayuda a sentir que el pasado sigue “vivo” y disponible como amenaza.
Esa falta de renovación invierte el sesgo de statu quo, que normalmente el statu quo condiciona al que gobierna. Acá, como el oficialismo del pasado no se renovó, el oficialismo del presente puede pretender seguir siendo el agente de cambio y la oposición ser el viejo statu quo. El gobierno puede aspirar a representar “el cambio” pese a ser incumbente.
En síntesis, vemos cierto nivel de enojo con el presente que podría predisponer un resultado de cara a 2027. Pero persiste cierto nivel de enojo con el pasado que reequilibra las cargas y vuelve incierto ese proceso electoral. Lo único cierto es que, de seguir las cosas como van, la batalla electoral será por imponer el encuadre ganador: convertir la elección en un referéndum sobre el pasado (¿querés que vuelvan?), o sobre el presente (¿querés que sigan?).
Porque mientras predomine la frustración y no la satisfacción en la sociedad, no ganará el que junte más simpatías, sino el que logre acumular la menor cantidad de antipatías.

Por Lucas Romero
Politólogo. Director Synopsis Consultores.
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