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David Ben Gurion, padre fundador del Estado de Israel, decía que no podían darse el lujo de perder ninguna guerra, porque eso significaría la desaparición del país. La clave, creía, era librar guerras cortas, evitando al máximo el desgaste.

La perspectiva de una guerra de dos años y ocho meses lo habría horrorizado. Sin embargo, nada de eso se ve hoy en las caras de los israelíes. Lo que se respira en ciudades como Jerusalén y Tel Aviv es vitalidad. Y no es solo una impresión callejera. Está en los números de una economía que vuela.

El índice TA-35 de Tel Aviv acumulaba una suba interanual de alrededor de 58% al 1 de junio de 2026. El TA-125, el índice amplio israelí, había tocado un máximo histórico en mayo y al 4 de junio seguía más de 52% arriba frente a un año atrás. El dólar cotizaba cerca de 2,89 shekels y la moneda israelí se había apreciado más de 17% en 12 meses, hasta niveles cercanos a máximos de tres décadas.

Al mismo tiempo, se proyecta que el PBI crezca 3,3% en 2026 y 5,6% en 2027, mientras la inflación anual está en 1,9%, dentro del rango objetivo oficial de 1% a 3%. Pocas economías en guerra pueden exhibir semejante cuadro.

El sector tecnológico sigue siendo el gran motor: mantiene un peso decisivo en exportaciones, empleo calificado y productividad. Y la guerra, lejos de paralizarlo, refuerza además todo lo vinculado a defensa, ciberseguridad e inteligencia. Las exportaciones de armas alcanzaron en 2025 un récord superior a US$19.000 millones.

Eso no significa que no haya costos. La economía se contrajo 3,3% anualizado en el primer trimestre, en parte porque durante 40 días los israelíes trabajaron en modo intermitente, entrando varias veces por jornada a los refugios mientras Irán disparaba cientos de misiles.

Pero nada detiene el optimismo de la corriente de inversiones. Y eso que todos coinciden en que la guerra no terminará.

Raz Zimmt, director del programa de investigación sobre Irán en el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS), cree que el escenario más probable es que Irán salga de un eventual acuerdo con Trump manteniendo capacidades misilísticas y económicas, y lo más importante, con todo lo necesario para reanudar el programa nuclear.

De modo que es cuestión de tiempo que Israel deba pensar en otra guerra.

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El parto

Una de las claves de esa avidez inversora a pesar de las adversidades parece ser cultural. En Israel, los desafíos existenciales suelen convertirse en motores de innovación. Gerardo Tyszberowicz, CEO de TÄCHLES Technologies, lo explica a partir de una idea muy israelí: la palabra hebrea para crisis, mashbér, tiene una raíz bíblica asociada al parto, al momento crítico del nacimiento. Es decir: una crisis es también el alumbramiento de algo nuevo.

Esa lógica ayuda a entender por qué, en un país acostumbrado a vivir bajo amenaza, la guerra no paraliza del todo la vida económica, sino que muchas veces acelera procesos de adaptación, inversión y creatividad.

Nada de esto implica que la guerra no esté dejando cicatrices. Hay fatiga en las familias que tienen hijos reservistas en combate desde hace demasiado tiempo. Y hay sectores enteros que sufren de manera brutal, sobre todo el turismo. Las llegadas de turistas cayeron 48,1% interanual en mayo de 2026. En Jerusalén, los taxistas pasan horas esperando pasajeros y los comerciantes de la Ciudad Vieja aceptan niveles de regateo impensables en otros tiempos.

También apareció con más nitidez otro problema: la distancia creciente entre la eficacia militar de Israel y su deterioro en el plano del debate público. Nunca antes el país había tenido una imagen internacional tan golpeada, con tanto sentimiento antiisraelí creciendo incluso en aliados históricos.

Sagiv Asulin, ex oficial de inteligencia, sostiene que eso no es espontáneo, sino parte de una estrategia deliberada impulsada durante años por Irán y Qatar mediante financiamiento a ONGs y espacios académicos que se transformaron en usinas de odio.

Por eso cree que Israel debe empezar a invertir seriamente en este frente, como si fuera otro teatro de operaciones. Para él, la batalla narrativa es tan importante como las de Irán, Líbano o Gaza.

El primer ministro Benjamín Netanyahu prometió "luchar, tanto en la ONU como en todos los demás ámbitos, contra la falsa propaganda" (Fuente: Archivo).
El primer ministro Benjamín Netanyahu prometió "luchar, tanto en la ONU como en todos los demás ámbitos, contra la falsa propaganda" (Fuente: Archivo).Fuente: BloombergKobi Wolf

El factor argentino

En ese contexto se entiende también la popularidad que hoy tiene la Argentina entre muchos israelíes. “¿Sos de Argentina? ¡Milei!”, repiten desde comerciantes hasta soldados. La pasión del Presidente por Israel y por la cultura judía les hace sentir que no están tan solos como a veces parece.

Desde distintas áreas del gobierno israelí se piensa incluso cómo transformar ese entusiasmo político en vínculos económicos más estrechos. El desafío de la futura embajadora Ahuva Spieler, que llegaría en septiembre para reemplazar a Eyal Sela, será precisamente ese: convertir la afinidad política en beneficios económicos concretos.

El problema, claro, es el riesgo argentino. Muchos empresarios israelíes, poco asustadizos ante la guerra, palidecen sin embargo ante la inestabilidad local. Por eso no llegaron todavía demasiadas inversiones.

En algunas oficinas de Jerusalén ya se discute una posible salida: un esquema en el que el propio Estado funcione como garante para animar a los inversores a entrar en un mercado con tanto potencial como incertidumbre.