

Mientras gran parte del debate occidental sobre la inteligencia artificial continúa concentrándose en la competencia entre empresas como OpenAI, Google, Meta o Anthropic, en Shanghái acaba de producirse un acontecimiento de enorme trascendencia geopolítica que probablemente marcará la próxima década. China no sólo presentó nuevos avances tecnológicos durante la World Artificial Intelligence Conference (WAIC) 2026: lanzó una propuesta para construir una nueva arquitectura internacional destinada a gobernar la inteligencia artificial.
La creación de la World Artificial Intelligence Cooperation Organization (WAICO), con sede en Shanghái, constituye el intento más ambicioso realizado hasta ahora para institucionalizar la cooperación global en materia de inteligencia artificial. Decenas de países respaldaron la iniciativa, que nace con el objetivo de coordinar estándares, infraestructura, investigación, formación de recursos humanos y mecanismos de gobernanza para esta nueva revolución tecnológica.
La relevancia política del acontecimiento quedó reflejada no sólo en la presencia del presidente Xi Jinping, quien pronunció el discurso inaugural, sino también en la participación del Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, un hecho que otorgó al encuentro una dimensión claramente multilateral y reforzó la idea de que la gobernanza de la inteligencia artificial se ha convertido en uno de los grandes desafíos globales del siglo XXI.
La discusión ya no gira únicamente alrededor de quién desarrollará los modelos más avanzados. La verdadera disputa consiste en definir quién establecerá las reglas de funcionamiento de la economía basada en inteligencia artificial.
De la infraestructura física a la infraestructura del conocimiento
Durante la última década China impulsó la Iniciativa de la Franja y la Ruta para desarrollar infraestructura física: puertos, ferrocarriles, centrales energéticas, corredores logísticos y conectividad. Hoy propone avanzar hacia una nueva etapa: la construcción de la infraestructura de la economía del conocimiento.
El Plan de Acción para el Desarrollo Cooperativo de la Inteligencia Artificial, presentado junto con la creación de WAICO, refleja esa visión estratégica. El documento propone compartir datos de alta calidad, democratizar el acceso a la capacidad de cómputo, construir un ecosistema internacional de código abierto, desarrollar estándares comunes, formar talento científico, coordinar mecanismos de seguridad y promover una inteligencia artificial orientada al bienestar humano.
Sus ocho ejes estratégicos abarcan el suministro internacional de datos de calidad; la inclusión de la computación inteligente para los países en desarrollo; la creación de un ecosistema global de código abierto; la aplicación de la inteligencia artificial al desarrollo económico y social; la formación conjunta de recursos humanos; la construcción de estándares internacionales; la cooperación en materia de seguridad; y la promoción de una inteligencia artificial concebida como un bien para la humanidad.

Detrás de estas iniciativas existe una concepción mucho más profunda: los cuatro factores estratégicos de la nueva economía —datos, capacidad de procesamiento, algoritmos y talento— no deberían convertirse en monopolios tecnológicos, sino en bienes cuya cooperación permita reducir las brechas entre países desarrollados y emergentes.
No es casual que uno de los anuncios más relevantes haya sido la decisión de facilitar servicios de computación inteligente para países en desarrollo. En una economía donde la capacidad de procesamiento comienza a ser tan importante como la electricidad lo fue durante la segunda revolución industrial, el acceso a infraestructura informática puede convertirse en un nuevo factor de desarrollo.
Un liderazgo tecnológico con vocación institucional
Occidente suele interpretar la competencia tecnológica exclusivamente como una carrera empresarial. China parece pensarla de otra manera.
No se trata únicamente de desarrollar modelos más potentes, sino de construir instituciones capaces de ordenar su utilización internacional.
Así como el siglo XX dio origen al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial, a la Organización Mundial del Comercio o al Organismo Internacional de Energía Atómica, el siglo XXI comienza a demandar nuevas instituciones capaces de gobernar tecnologías cuyo impacto atravesará la producción, la ciencia, la educación, la defensa, las finanzas y prácticamente todas las actividades humanas.
WAICO aspira precisamente a ocupar ese espacio.
Esta proyección institucional encuentra además un correlato en los avances tecnológicos que China viene mostrando durante el último año. Primero fue DeepSeek, cuyo modelo de código abierto sorprendió a la industria al alcanzar prestaciones comparables a las de los principales desarrollos occidentales con costos significativamente menores. Ahora, la irrupción de Kimi K3, desarrollado por la empresa Moonshot AI, volvió a poner en alerta a Silicon Valley al posicionarse entre los modelos abiertos más avanzados del mundo y demostrar que la frontera de la innovación ya no constituye un patrimonio exclusivo de las grandes compañías estadounidenses.
Más allá del desempeño de una empresa en particular, estos avances reflejan la consolidación de un ecosistema de innovación construido durante años mediante una combinación de planificación estratégica, inversión sostenida en investigación y desarrollo, formación masiva de recursos humanos, infraestructura digital y un creciente dinamismo del sector privado. Lejos de reemplazar al mercado, el Estado chino ha buscado orientar el desarrollo de sectores considerados estratégicos, articulando universidades, centros de investigación y empresas para acelerar la innovación tecnológica.
No resulta casual, entonces, que la inteligencia artificial haya sido incorporada como uno de los pilares del XV Plan Quinquenal (2026-2030) ni que la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma haya presentado en Shanghái un ambicioso Plan de Acción para el Desarrollo Cooperativo de la Inteligencia Artificial. El documento establece ocho grandes líneas de trabajo: intercambio internacional de datos de calidad; democratización del acceso a la capacidad de cómputo; desarrollo de un ecosistema global de código abierto; aplicación de la IA al desarrollo productivo; formación conjunta de talento; construcción de estándares internacionales; cooperación en materia de seguridad; y una gobernanza basada en el principio de una inteligencia artificial orientada al bien común. Más que un programa tecnológico, constituye una hoja de ruta para construir una nueva infraestructura del conocimiento a escala global.
En su intervención inaugural, Xi Jinping sostuvo que la inteligencia artificial debe convertirse en un bien público internacional y advirtió contra la utilización de la seguridad nacional como argumento para restringir el desarrollo tecnológico de otros países. También anunció programas de cooperación, formación de miles de especialistas, construcción de centros internacionales de inteligencia artificial y mecanismos de asistencia tecnológica dirigidos especialmente al Sur Global.
Del WAIC a la OCS y los BRICS: una nueva arquitectura para el Sur Global
La creación de WAICO no constituye un hecho aislado, sino el inicio de un proceso político e institucional que continuará desarrollándose en los próximos meses.
A fines de agosto, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) celebrará su cumbre de jefes de Estado en Kirguistán. Allí, la inteligencia artificial ocupará un lugar destacado dentro de la agenda sobre cooperación tecnológica, economía digital y desarrollo regional. La OCS, que reúne a algunas de las principales economías y potencias demográficas de Eurasia, se ha consolidado como uno de los espacios de coordinación política más importantes del Sur Global y busca transformar la cooperación tecnológica en un nuevo motor del desarrollo compartido.
Pocas semanas después, en septiembre, la India será sede de la Cumbre de los BRICS ampliados, donde la inteligencia artificial también tendrá un lugar central en los debates estratégicos. La ampliación del bloque —que hoy representa cerca de la mitad de la población mundial y una proporción creciente del producto bruto global— ha incorporado entre sus prioridades la construcción de capacidades propias en tecnologías emergentes, la gobernanza digital y la cooperación científica. El objetivo es evitar que la próxima revolución tecnológica reproduzca las mismas asimetrías que caracterizaron a las anteriores revoluciones industriales.
En ese sentido, la discusión sobre la inteligencia artificial trasciende el ámbito tecnológico. Lo que está en juego es si esta nueva fuerza productiva contribuirá a profundizar la concentración del conocimiento, la riqueza y el poder en un reducido número de actores, o si podrá convertirse en una herramienta para impulsar un desarrollo más equilibrado e inclusivo.
La novedad histórica es que, por primera vez, los principales actores de esta revolución ya no son únicamente los Estados, sino grandes corporaciones tecnológicas cuyo poder económico, capacidad de innovación e influencia política rivalizan —e incluso en algunos casos superan— a los de numerosos países. Empresas que controlan modelos fundacionales, centros de datos, infraestructura de cómputo y enormes volúmenes de información poseen hoy una capacidad de incidencia sin precedentes sobre la economía, la seguridad y la vida cotidiana.
Precisamente por ello, la regulación internacional y la cooperación tecnológica dejan de ser una opción para convertirse en una necesidad estratégica. Si la inteligencia artificial queda concentrada en un puñado de empresas y economías avanzadas, es probable que se profundicen las tradicionales relaciones de dependencia entre centro y periferia. Si, por el contrario, se construyen mecanismos de cooperación, transferencia de capacidades, acceso compartido a infraestructura y reglas multilaterales, los países emergentes tendrán una oportunidad histórica para acortar brechas de desarrollo que durante décadas parecieron inmodificables.
El comienzo de una nueva era
Más allá de las diferencias entre modelos políticos y económicos, el mensaje que surge de Shanghái es claro: la inteligencia artificial ya no es solamente una competencia entre empresas tecnológicas. Se ha convertido en el principal escenario donde se definirá la distribución del poder, del conocimiento y de las oportunidades de desarrollo durante el siglo XXI.
Por eso, la verdadera pregunta ya no es quién construirá el modelo más avanzado de inteligencia artificial. La pregunta decisiva es quién escribirá las reglas del nuevo orden tecnológico mundial. Y todo indica que esa discusión ya comenzó en Shanghái y continuará en Kirguistán durante la Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái y, pocas semanas después, en la Cumbre de los BRICS ampliados que se celebrará en la India. Allí, buena parte del Sur Global buscará consolidar una agenda común para que la revolución tecnológica más importante de nuestra época no reproduzca las desigualdades del pasado, sino que se convierta en una herramienta para democratizar el acceso al conocimiento, fortalecer la soberanía tecnológica y abrir una nueva etapa de desarrollo compartido.
Cada revolución tecnológica reorganizó el sistema internacional. La máquina de vapor dio origen a la Revolución Industrial; la electricidad transformó la producción en masa; Internet redefinió la economía del conocimiento. La inteligencia artificial promete producir una transformación aún más profunda. La diferencia es que, esta vez, la disputa no se libra únicamente por el liderazgo tecnológico, sino también por quién establecerá las instituciones, las normas y los principios que gobernarán esa nueva fuerza productiva.
Quizá dentro de algunos años recordemos a la WAIC 2026 como el equivalente, para la era de la inteligencia artificial, de lo que representó Bretton Woods para el orden económico de la posguerra: el momento en que comenzó a discutirse la arquitectura institucional de una nueva época. Si ese escenario finalmente se consolida o no dependerá de múltiples factores. Lo que ya parece indiscutible es que la gobernanza de la inteligencia artificial ha dejado de ser un asunto exclusivamente tecnológico para convertirse en una cuestión central de la geopolítica mundial. Y en esa discusión, China ha decidido no limitarse a competir por el liderazgo de la innovación: también aspira a participar en la definición de las reglas del siglo XXI.














