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Gustavo Petro y Javier Milei tienen tres cosas en común. Ambos son economistas, expresan sus opiniones de manera vehemente y eligieron como tribuna predilecta las redes sociales, sobre todo X. Hasta ahí llegan las coincidencias. Todo lo demás son diferencias, y muchas.

El presidente colombiano, que no puede aspirar a la reelección porque la Constitución se lo impide, pone a prueba en las elecciones de este domingo un legado que es, en muchos sentidos, la antítesis de lo que Milei viene haciendo en la Argentina desde hace dos años y medio. Petro decidió convertirse en la némesis de Milei en la escena pública global, confrontando de manera virulenta con el presidente argentino y con todo lo que éste representa.

La obsesión viene de lejos. Petro comparó varias veces a Milei con Adolf Hitler y la última fue hace apenas diez días, cuando ambos volvieron a quedar en bandos opuestos frente a la crisis boliviana. Para el colombiano, los bloqueos que asedian a Rodrigo Paz son una insurrección popular contra un gobierno ilegítimo; para Milei, un intento de golpe promovido por extremistas de izquierda contra un presidente que lleva apenas seis meses tratando de enderezar el desastre heredado de Evo Morales y Luis Arce.

Cuando la Argentina ofreció un Hércules para abastecer a La Paz, Petro llegó a decir que esa colaboración se parecía al apoyo de Hitler a Franco. No fue un exabrupto aislado. Petro arrastra además un prontuario de comentarios antisemitas, rompió relaciones con Israel y expulsó a sus diplomáticos. Cuesta encontrar hoy dos presidentes más opuestos que Petro y Milei en lo que respecta a su posición frente al estado judío.

Esas diferencias llevaron a Colombia y Argentina al borde de la ruptura en 2024, luego de que Milei lo llamara “terrorista asesino” en una entrevista. Pero la diplomacia profesional hizo su trabajo y evitó lo peor.

Colombia, que bajo Álvaro Uribe y el Plan Colombia había sido el gran aliado de Washington en la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla, giró con Petro hacia la llamada paz total. En los hechos, eso significó un repliegue del Estado sin acuerdos concretos. La consecuencia fue un avance notable de los grupos armados.

Según la Defensoría del Pueblo, las zonas de disputa activa pasaron de 7 al inicio de su gobierno a 13. La presencia territorial del Clan del Golfo subió de 253 a 392 municipios, la del ELN de 189 a 230 y la de las disidencias de las FARC de 230 a 299. Al mismo tiempo, los integrantes de esos grupos crecieron 23% hasta superar los 27.000. Y la producción de cocaína saltó de 1.700 a más de 2.600 toneladas.

Nada de esto parece una consecuencia no buscada. Juan Fernando Petro, hermano del presidente, contó que durante la campaña hubo negociaciones con grupos criminales que controlan territorios y, por lo tanto, votos. Y esa sombra aparece otra vez en esta elección.

El Ejército sostiene que hay indicios de acreditación forzada de votantes por parte de organizaciones armadas en zonas bajo su influencia. En un país de voto optativo, eso puede ser decisivo. Todos los reportes apuntan a que esos aparatos empujan el voto a favor del candidato del presidente, Iván Cepeda.

EFE/ Carlos Ortega

La mirada de Washington

La elección del domingo será decisiva para el ajedrez político americano. Estados Unidos viene endureciendo su estrategia hemisférica contra el narcotráfico, con ataques sostenidos en el Caribe y cada vez más en el Pacífico, a la altura justamente de Colombia. Ya coopera de forma directa con Ecuador, donde Trump tiene a un aliado incondicional como Daniel Noboa.

Eso generó un conflicto creciente entre Petro y Noboa, al punto de romper relaciones diplomáticas y aplicar aranceles recíprocos del 50%. Incluso hubo denuncias colombianas de ataques ecuatorianos sobre su territorio. En ese marco, un triunfo de Cepeda implicaría un freno al corrimiento que se viene verificando en América Latina, donde ocho de las últimas diez elecciones presidenciales fueron ganadas por candidatos de centroderecha o derecha.

La oposición entre los dos principales candidatos no podría ser mayor. Cepeda es hijo de militantes comunistas, se crió en Cuba y en Checoslovaquia y sigue siendo, en el fondo, un marxista clásico, aunque reciclado como defensor de derechos humanos. Su foco fueron siempre los abusos estatales en la lucha contra guerrillas y narcos, y se mostró cercano a los grupos armados y a los procesos de diálogo con ellos.

Cepeda propone un capitalismo social con más intervención del Estado, más impuestos, menos lugar para la ganancia privada, una reforma agraria y un enfoque no militar del conflicto. Sería, sin dudas, un presidente con enormes dificultades para trabajar con Trump.

Del otro lado está Abelardo de la Espriella, que encarna la respuesta al avance de la izquierda. Abogado penalista y empresario sin carrera política previa, se hizo popular en redes y en televisión como un extravagante estandarte del orden, la autoridad y la mano dura. Obtuvo la ciudadanía estadounidense y tiene vínculos estrechos con el Partido Republicano de Florida, al punto de que varios dirigentes de ese estado ya llaman abiertamente a votar por él.

Una encuesta señala a Cepeda y De la Espriella como los principales contendientes en la carrera presidencial de 2026.
Una encuesta señala a Cepeda y De la Espriella como los principales contendientes en la carrera presidencial de 2026.Montaje EC - Archivo y Redes Sociales

De la Espriella propone terminar con la paz total, no negociar con criminales, construir diez mega cárceles al estilo Bukele, erradicar la coca incluso con fumigación aérea, fortalecer la cooperación con Estados Unidos, achicar el estado, fusionar ministerios y bajar gasto e impuestos. Es, básicamente, todo lo contrario de Petro. También, por supuesto, es una figura polémica, con negocios opacos y clientes problemáticos en su pasado. Pero hoy encarna con claridad la opción de ruptura.

Las encuestas marcan una paridad absoluta en casi todos los escenarios de segunda vuelta, que parece inevitable el próximo 21 de junio. Trump, que hasta ahora se mantuvo al margen, difícilmente pueda seguir haciéndolo mucho más.

Como ya hizo en Honduras y en las elecciones de medio término en la Argentina, cuesta creer que no vaya a intervenir fuerte si percibe que en Colombia se juega una pieza central de la estrategia hemisférica de Estados Unidos. Porque del resultado de esta elección puede depender buena parte del rumbo de América Latina en los próximos años.