La gestión Milei está rompiendo exitosamente la maldición del tercer año. En los últimos 3 mandatos presidenciales, el tercer año marcó el inicio de crisis que conducirían al cambio de signo político en el poder. En enero de 2014, Axel Kicillof como ministro de Economía devaluó el peso 20%, la inflación se aceleró y la economía cayó en recesión.

Le echó la culpa a una maniobra especulativa de la petrolera Shell, pero el entonces titular del BCRA, Juan Carlos Fábrega, admitió en estos días que fue un ajuste necesario para llegar al final de mandato sin una crisis de divisas mayor.

En abril de 2018, se disparó la corrida cambiaria que sellaría la suerte de la gestión Macri, hundida en la devaluación, la aceleración inflacionaria y la recesión de dos años consecutivos. A propósito, Milei adoptó la tesis de Federico Sturzenegger de que hasta fines de 2017 la economía iba bien, pero los medios de comunicación instalaron “la idea de que iba todo mal” y “eso caló tan hondo que el gobierno perdió el rumbo”.

Sturzenegger, con el aval de Milei, sigue identificando ese supuesto desvío del rumbo en la conferencia de prensa del 28 de diciembre de 2017, en la que Sturzenegger, flanqueado por el entonces ministro de Finanzas, Luis Caputo, Nicolás Dujovne y Marcos Peña, anunciaron el relajamiento de las metas de inflación del BCRA. Curioso, fueron Caputo y Dujovne quienes forzaron la movida que no olvida “el Coloso”, en un intento de aminorar el atraso cambiario y el enorme déficit de cuenta corriente, que la inconsistencia de una política monetaria rígida y una fiscal laxa habían generado. Ya era tarde.

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En julio de 2022, estalló la crisis de la deuda en pesos de la gestión Fernández, con la salida de Martín Guzmán, la breve pasantía de Batakis y la llegada de emergencia de Sergio Massa al Ministerio de Economía, que logró estirar la agonía hasta la derrota electoral de 2023.

Durante el tercer año de gestión, Milei no tiene por delante ninguna crisis cambiaria, ni aceleración inflacionaria. El frente externo luce totalmente estabilizado, el Banco Central ya adquirió u$s 14.000 millones en lo que va del año, sigue comprando reservas, y el riesgo país está anclado alrededor de 500 puntos.

La desinflación, a su vez, retomó su curso y apunta abajo del 2% en los próximos meses. El superávit fiscal primario y el superávit comercial (que alcanzaría este año un récord de u$s 25.000 millones, con precios extraordinarios de la energía, supercosecha y muy buenos precios del campo) son los diques de contención de la estabilidad.

Sin embargo, la economía crece poco y en serrucho, apenas 1,9% el EMAE en el primer semestre, que sería menos de confirmarse una nueva caída en julio. Pero con pocos sectores que crecen mucho (energía, minería, agro, bancos) y sectores con un alto peso en el empleo y el consumo (comercio, industrias construcción) que caen, están estancados o crecen muy poco, y todavía no recuperaron los niveles de 2023.

Según el último sondeo de Aresco, dos tercios de los encuestados evalúan negativamente la situación económica (66% desfavorable, 33% favorable) y las expectativas negativas llegan al 57%. “Hace meses que la economía es percibida establemente mal. Ni mejora la evaluación presente, ni las expectativas”, dice Federico Aurelio.

¿Con qué margen cuenta el Gobierno para modificar esta dinámica, que hoy no garantiza la reelección en primera vuelta en 2027, lo cual aumenta la incertidumbre rumbo al año electoral?

La elevada dolarización de los argentinos le pone un límite al margen de maniobra oficial y es una traba para la recuperación de la economía. Los datos del balance cambiario de julio, publicados por el BCRA, muestran que la compra neta de dólares de los argentinos ascendió a u$s 3100 millones, frente a los u$s 2000 millones promedio desde principios de año.

Banco Central de la República Argentina (Fuente: Archivo).
Banco Central de la República Argentina (Fuente: Archivo).

Un tercio se fueron al colchón, un tercio a pagar gastos con tarjeta en el exterior y un tercio quedaron depositados en el sistema financiero. En agosto (todavía no hay cifras oficiales), las compras netas habrían rondado entre u$s 2500 y u$s 2700 millones. Con ese piso de dolarización, el BCRA en agosto adquirió solo u$s 700 millones, la menor compra del año, para evitar convalidar un tipo de cambio más alto.

Pese a que la liquidación del agro siguió a buen ritmo: según CIARA-CEC, con u$s 2751 millones fue el tercer mejor agosto de venta de las cerealeras de los últimos 25 años, sólo detrás de 2021 y 2022, años de cosechas récord por cantidad y precios.

Con semejante piso de dolarización de los argentinos, contracara de que nunca se terminó de recomponer la confianza, Caputo-Bausili no se animan a meterle pesos a la economía, que se quedó sin combustible.

“El gran pedazo de la economía que no anda necesita más pesos, está trabado: hay pocos pesos (en términos reales) circulando, el crédito está frenado, la mora es alta y los salarios reales y las jubilaciones están bajos”, explica la consultora Macroview. Y agrega: “el BCRA tenía como objetivo 2026 remonetizar la economía comprando dólares y emitiendo pesos. Pero no resultó. Compró muchos dólares pero los pesos que emitió casi no quedaron en el mercado. Fueron absorbidos por sobrecolocaciones del Tesoro y ventas de letras para cobertura cambiaria del BCRA. La cantidad real de pesos es hoy más baja que hace un año y mucho más baja que el promedio de los últimos años”.

Milei está convencido de que la única prioridad es la desinflación, y que si los pesos que emite el Banco Central para comprar dólares quedan circulando en la economía ese proceso se posterga. Bajo esos parámetros, los módicos anuncios destinados a “reactivar” la venta de inmuebles, la construcción o el sector automotor actúan en el margen.

Son aspirinas para aliviar una economía encorsetada. El último ejemplo son los créditos a 5 años del Banco Nación para la compra de autos a tasa UVA más 19% para clientes de la entidad y UVA más 25% para el resto. Semejantes tasas reales son síntoma del problema de fondo: tras la corrida cambiaria del año pasado, el sistema financiero está lejos de normalizarse y difícilmente impulse la recuperación como lo hizo en 2024.

(foto: archivo).
(foto: archivo).

El vice del BCRA, Vladimir Werning, en una exposición reciente en el IAEF, exhibió un gráfico en el que la tasa efectiva anual real de los préstamos personales a las familias llegó casi al 80% en octubre pasado, mes de las elecciones, para luego descender hasta alrededor del 35% en el primer semestre, y volver a subir arriba del 50% en los últimos dos meses. No son tasas reales para reactivar.

Si Caputo-Milei no escuchan los “cantos de sirena” de los que sugieren –como la exnúmero 2 del FMI, Gita Gopinath- comprar más reservas, monetizar y flexibilizar el tipo de cambio, algo es seguro. A medida que avance la dolarización electoral el año próximo, habrá menos margen para inyectar pesos. Si la meta es garantizar la estabilidad, la falta de pesos llegó para quedarse.