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Armar una cartera diversificada es una de las recomendaciones más repetidas por los especialistas. Sin embargo, decidir qué activos incluir y qué porcentaje destinar a cada uno no siempre es fácil. La elección dependerá, en gran medida, del riesgo que cada inversor esté dispuesto a asumir y del horizonte de inversión que proyecte.

Una forma práctica de ordenar las inversiones consiste en pensar la cartera como una pirámide, donde cada nivel agrupa activos con diferentes características y riesgos. Este esquema permite entender qué función cumple cada inversión dentro del portafolio y ayuda a evitar concentrar todo el capital en activos demasiado conservadores o, por el contrario, asumir un nivel de riesgo excesivo.

La base de la pirámide: los activos para preservar el capital

En el escalón inferior se ubican los instrumentos de menor riesgo, aquellos pensados principalmente para resguardar el dinero y mantener liquidez. Dentro de este grupo aparecen las cuentas de ahorro y los certificados de depósito, que ofrecen una rentabilidad limitada pero presentan una baja volatilidad.

Archivo El Cronista

Estos activos suelen utilizarse para conformar un fondo de emergencia o para objetivos de corto plazo, ya que permiten disponer del dinero con facilidad y reducen la exposición a las fluctuaciones del mercado.

Sin embargo, los especialistas advierten que mantener todo el patrimonio en este tipo de instrumentos durante muchos años puede tener un costo. Si los rendimientos quedan por debajo de la inflación, el poder adquisitivo del dinero tenderá a disminuir con el tiempo.

El tercer nivel: estabilidad con ingresos previsibles

Un escalón por encima aparecen los activos considerados de riesgo bajo, donde predominan las acciones Blue Chips, los bonos del Tesoro de Estados Unidos y los bonos con grado de inversión.

Las acciones Blue Chip corresponden a compañías de gran tamaño, con negocios consolidados y un historial de resultados estables. Aunque también están sujetas a las oscilaciones del mercado, suelen ser menos volátiles que las empresas de menor capitalización.

Por su parte, los bonos representan préstamos que los inversores realizan a gobiernos o empresas a cambio de un rendimiento previamente establecido. En general, cuanto mayor es la calidad crediticia del emisor, menor es el riesgo de incumplimiento, aunque también suele ser más baja la rentabilidad ofrecida.

Esto se debe a que siempre existe la posibilidad de que el emisor atraviese problemas financieros y no pueda devolver el dinero o pagar los intereses comprometidos. Por ese motivo, los bonos con mayor riesgo suelen ofrecer rendimientos más altos para atraer inversores.

El segundo escalón: más potencial de crecimiento, pero también más riesgo

A medida que se asciende en la pirámide aumenta el potencial de rendimiento, aunque también lo hace la incertidumbre. En este nivel se encuentran las acciones de crecimiento, las pequeñas empresas, los fondos de inversión y los bienes raíces.

Las compañías de crecimiento suelen reinvertir buena parte de sus ganancias para expandir sus negocios, por lo que ofrecen mayores posibilidades de apreciación en el largo plazo, aunque también pueden registrar fuertes caídas cuando las expectativas del mercado cambian.

Los fondos de inversión permiten acceder a una cartera diversificada administrada por profesionales, mientras que el mercado inmobiliario constituye otra alternativa para quienes buscan combinar potencial de apreciación con ingresos por alquileres.

La punta de la pirámide: los activos más volátiles

En el nivel superior aparecen las inversiones de mayor riesgo, reservadas generalmente para quienes cuentan con una mayor tolerancia a la volatilidad y aceptan la posibilidad de sufrir pérdidas importantes. Entre ellas se encuentran los futuros, las opciones, las materias primas, los metales preciosos y las criptomonedas.

Las materias primas, como el petróleo, el oro o el cobre, suelen verse afectadas por cambios en la oferta y la demanda mundial, conflictos geopolíticos o decisiones de política económica.

Las criptomonedas, por su parte, se caracterizan por registrar fuertes movimientos de precios en períodos muy cortos, lo que aumenta tanto las posibilidades de obtener elevadas ganancias como de sufrir pérdidas significativas.

Los derivados financieros, como los futuros y las opciones, también forman parte de este grupo debido al efecto del apalancamiento, que puede multiplicar tanto las ganancias como las pérdidas.

¿Cómo distribuir la cartera según el riesgo?

Más allá de la proporción destinada a cada nivel de riesgo, los especialistas recomiendan estructurar la cartera de manera que combine estabilidad con potencial de crecimiento. En ese sentido, el economista y asesor financiero, Nahuel Bernués, sugiere utilizar la estrategia conocida como core-satélite.

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Según explica, entre el 60% y el 70% del portafolio debería destinarse al denominado core, integrado por una diversificación amplia entre renta fija y renta variable, con instrumentos como índices globales y sectores que respondan a distintas dinámicas económicas, como salud, financieras e industriales. “Esa es la parte que sostiene la cartera si la IA se enfría”, resume.

El 30% o 40% restante corresponde al satélite, donde pueden incorporarse inversiones con mayor potencial de crecimiento y también mayor riesgo. Allí, Bernués propone seleccionar empresas puntuales del sector tecnológico, compañías vinculadas a la infraestructura para inteligencia artificial, mercados emergentes o firmas de mediana capitalización.

Para el especialista, la principal ventaja de esta estrategia es que permite diferenciar la parte de la cartera destinada a preservar el patrimonio de aquella orientada a capturar oportunidades de mayor rentabilidad. De esa manera, si un sector deja de liderar el mercado, el impacto sobre el conjunto de las inversiones resulta más acotado.