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En el mundo de las inversiones, uno de los errores más frecuentes es tomar decisiones impulsivas. El miedo a perderse una suba, el pánico frente a una caída o la esperanza de recuperar una pérdida suelen llevar a muchos inversores a comprar demasiado caro o vender en el peor momento.

Sin embargo, quienes invierten de forma profesional coinciden en que el éxito no depende de adivinar qué hará el mercado, sino de seguir un método previamente definido.

Para el asesor financiero Mauro Cavallo, contar con un proceso claro permite evitar decisiones impulsivas y mantener una estrategia de largo plazo. Según explica, existen tres pasos fundamentales para determinar cuándo conviene entrar y salir de una inversión.

El primer paso: calcular cuánto vale realmente una empresa

Antes de analizar el precio de una acción, Cavallo sostiene que es necesario conocer cuánto vale realmente el negocio detrás de esa empresa. Para eso realiza un análisis fundamental, una metodología que busca determinar si una compañía cotiza por encima o por debajo de su valor.

El primer aspecto que evalúa es el sector al que pertenece la empresa, ya que no enfrentan los mismos desafíos una compañía tecnológica que una industrial o una de consumo masivo.

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Luego incorpora el contexto económico global. Variables como las tasas de interés, el nivel de desempleo o la política monetaria de Estados Unidos pueden influir sobre el desempeño de distintos sectores y, por lo tanto, sobre las valuaciones.

Finalmente, analiza la evolución financiera de la empresa. En este punto pone especial atención sobre sus ingresos y en indicadores como el Price to Earnings Ratio (PER), que compara el precio de la acción con las ganancias por acción, y el Price to Sales, que relaciona el valor bursátil con las ventas de la compañía.

Con toda esa información, calcula el denominado valor intrínseco, es decir, una estimación de cuánto vale realmente la empresa independientemente del precio que muestra el mercado.

Definir el precio de compra y el de venta antes de invertir

Una vez estimado el valor intrínseco, llega un paso que, según Cavallo, muchos inversores pasan por alto: fijar de antemano tanto el precio de entrada como el de salida.

“Un buen precio de entrada suele ser alrededor de un 20% por debajo del valor intrínseco del negocio”, explica el especialista. De esa manera, el inversor incorpora un margen de seguridad frente a posibles errores en la valuación o cambios inesperados del mercado.

Del mismo modo, también recomienda establecer el precio de venta antes de realizar la inversión. La salida puede producirse cuando la acción supera el valor intrínseco estimado o cuando su peso dentro de la cartera crece por encima del porcentaje originalmente definido.

Para el asesor, dejar ambos niveles por escrito antes de comprar ayuda a evitar que las emociones modifiquen el plan cuando el mercado atraviesa momentos de fuerte volatilidad.

Ejecutar el plan sin dejarse llevar por las emociones

El tercer paso consiste, simplemente, en respetar la estrategia. Según Cavallo, la compra debe realizarse únicamente cuando la acción alcanza el precio previamente establecido, sin anticiparse por temor a perder la oportunidad.

Para ilustrar cómo funciona este método, Cavallo recuerda una operación realizada con Google. “El año pasado apliqué exactamente este mismo sistema con Google. Entré cuando cotizaba a u$s 200 y su valor intrínseco estaba en u$s 300. El precio de la acción casi se duplicó, superó ampliamente el valor intrínseco, entonces vendimos para rebalancear la cartera y volver al 10% que le habíamos asignado a ese activo”, revela.

Según el especialista, los clientes que siguieron esa recomendación obtuvieron una rentabilidad superior al 80% en pocos meses.

Las señales que pueden indicar que llegó el momento de vender

Además de alcanzar un precio objetivo, existen otras situaciones en las que se considera conveniente reducir o cerrar una posición.

Los especialistas también sugieren revisar periódicamente cada posición de la cartera. Una buena forma de hacerlo es preguntarse si, al precio actual, volverían a invertir en esa empresa. Si la respuesta es no, mantener la acción puede responder más a la costumbre o al temor de vender con pérdidas que a una decisión racional.

También puede ser momento de vender cuando la razón original por la que se compró la empresa ya se cumplió. Si la acción alcanzó la valuación esperada o la razón que justificaba la inversión ya ocurrió, mantener la posición puede implicar asumir más riesgo sin una expectativa de retorno equivalente.

Otro factor importante es el deterioro de los fundamentos. Si la empresa comienza a mostrar peores resultados, pierde competitividad, cambia negativamente su gestión o el sector atraviesa una crisis estructural, la tesis de inversión puede dejar de ser válida.

Por último, los especialistas destacan la importancia del rebalanceo. Cuando una acción sube mucho y pasa a representar una porción demasiado grande de la cartera, vender parte de la posición permite diversificar y reducir el riesgo de concentración.