

Mi hija tiene dos años y piensa que una moneda es de chocolate. Su interpretación tiene bastante lógica: casi nunca me ve utilizar una. Cuando compramos algo, no observa un intercambio. Ve que acerco el teléfono o una tarjeta y nos vamos. Para ella, como para tantos niños, el dinero no se entrega, no disminuye y aparentemente tampoco se termina.
En ese contexto, muchos padres se preguntan por qué sus hijos “no valoran el dinero”. Pero el valor no se aprende solamente escuchando cuánto cuesta ganarlo. Se construye al observar decisiones, participar de ellas, esperar, elegir y comprobar que comprar algo implica renunciar a otra cosa.
La digitalización volvió más difícil ese aprendizaje. El consumo continúa siendo visible, pero su costo se volvió abstracto. Pagar con efectivo suele generar mayor incomodidad que hacerlo con una tarjeta o una billetera virtual: vemos cómo los billetes se van y cuánto queda. En cambio, la tecnología reduce la saliencia del pago y elimina pequeñas fricciones que antes introducían una pausa entre el deseo y la compra.
Esa pausa importa especialmente durante la adolescencia, cuando la recompensa inmediata tiene un peso considerable y todavía se están desarrollando capacidades como la planificación, el control de impulsos y la evaluación de consecuencias futuras. Pero frente a ese riesgo, la respuesta no debería ser reemplazar la falta de límites por el control absoluto.
El caso de Tini Stoessel permite pensar este otro extremo. Según información periodística, después de haber sido representada durante quince años por su padre, la artista habría solicitado una auditoría para conocer la estructura patrimonial y societaria relacionada con su carrera. La cantante no confirmó públicamente el conflicto y varias cifras difundidas carecen de documentación pública. No corresponde juzgar el vínculo familiar. Sin embargo, el caso abre una pregunta relevante: ¿qué ocurre cuando una persona produce dinero desde la adolescencia, pero otro decide cómo se administra?

Los padres deben establecer límites. El problema aparece cuando el límite no enseña, sino que sustituye permanentemente la capacidad de decidir. Administrar el dinero de un hijo menor puede ser una forma necesaria de protección; mantenerlo apartado de toda información y decisión puede impedir el desarrollo de su autonomía financiera.
Desde la psicología, crecer supone una transferencia gradual de control. Primero, el adulto decide por el niño. Después, decide con él. Finalmente, lo acompaña mientras comienza a decidir por sí mismo. Si esa transición no ocurre, el hijo puede llegar a la adultez con recursos económicos, pero sin experiencia para administrarlos.
En el polo contrario, entregar una tarjeta, una billetera virtual o acceso irrestricto a compras digitales tampoco equivale a educar. La libertad sin acompañamiento expone; el control absoluto incapacita. Ambos extremos dificultan el desarrollo de una salud financiera saludable porque evitan que niños y adolescentes practiquen algo esencial: tomar decisiones dentro de límites adecuados a su edad.

La educación financiera familiar necesita un tercer camino: la autonomía acompañada. Esto implica asignar presupuestos, explicar los movimientos digitales, definir qué puede decidir cada hijo, revisar juntos los gastos y permitir errores de bajo costo. También supone aumentar progresivamente el margen de libertad a medida que demuestra mayor comprensión y responsabilidad.
La meta no es criar hijos obedientes frente al dinero ni consumidores sin restricciones. Es formar personas capaces de comprender qué tienen, quién decide, cuáles son sus límites.
En la era del dinero invisible, educar financieramente significa volver visible cada decisión. Y poner límites no debería significar conservar el control para siempre, sino enseñar, poco a poco, a vivir sin necesitarlo.















