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Lula emprendió días atrás una campaña contra la corriente. Ganar las elecciones del 4 de octubre no sólo lo convertiría en el primero en la historia de Brasil en llegar a cuatro mandatos constitucionales. También en el primero de la región en romperle el invicto a Trump: desde que volvió a la Casa Blanca, las siete presidenciales latinoamericanas terminaron en triunfos de candidatos de su preferencia.
La apuesta más fuerte fue en Colombia, país clave para Estados Unidos. Su apoyo fue un empujón para la victoria de Abelardo de la Espriella ante el postulante de Petro. Brasil sería el premio gordo: es la mayor potencia de América Latina y el socio preferencial de China en la región. Por eso, Trump trabaja desde el año pasado para horadar a Lula y potenciar a Flavio Bolsonaro, hijo de su amigo Jair.
El 30 de julio de 2025 impuso un arancel del 50% a buena parte de las importaciones brasileñas, alegando persecución contra Bolsonaro padre. La guerra comercial entró en tregua tras la reunión del 26 de octubre en Kuala Lumpur. El 20 de noviembre, Trump bajó al 10% los aranceles sobre diversos productos agrícolas. El 7 de mayo pareció firmarse la paz en la Casa Blanca.
Pero Trump recibió a Flávio Bolsonaro en el Salón Oval el 26 de mayo. Lula se enfureció. Estados Unidos impuso en julio un nuevo arancel del 25%. Marco Rubio dijo que Lula no negociaba de buena fe y había “puesto a su ego por delante de los intereses del pueblo brasileño”.
El viernes pasado se abrió otra ventana. Tras una llamada, acordaron una reunión virtual para el próximo lunes. En Itamaraty hay optimismo cauteloso.
En ese juego se metió Milei el mes pasado. Tiene sentido: es el máximo exponente de la derecha latinoamericana que busca alinear a la región con Trump. Viajó a San Pablo para la convención en la que Flávio lanzó su candidatura. Sus descalificativos fueron el puntapié del inédito quiebre diplomático por el que Brasil comunicó el 4 de agosto que la relación sería rebajada a nivel de encargado de negocios.
Lula sabe que el escenario internacional le juega en contra. Su discurso es hoy mucho más nacionalista que de izquierda. Es más: el 17 de junio se lo escuchó decirle a Kristalina Georgieva en la Cumbre del G7 que nunca fue de izquierda. Así puede presentar los ataques en su contra como ataques contra Brasil. Una encuesta de Quaest encontró que 42% decía que el conflicto con Estados Unidos lo inclinaba hacia Lula y sólo 27% hacia Flávio.

Economía a favor
El mundo puede no ser tan amigable como en sus primeros años, pero la economía le permite dar buenas noticias. El PIB creció 1,1% el primer trimestre respecto del último de 2025 y 1,8% interanual. Entre 2023 y 2025 promedió 3% anual, frente a 1,3% en los cuatro años de Bolsonaro.
Los números pueden engañar. A Bolsonaro le tocó la pandemia y el actual ciclo de crecimiento empezó al final de su gobierno. Pero es un análisis fino que no pesa mucho en el votante medio. Sí puede jugar que el ritmo se desacelera: pasó de 3,4% en 2024 a 2% acumulado en los últimos 12 meses.
Pero hay otros datos que apuntalan al gobierno. La inflación, que Bolsonaro dejó en 5,79%, está hoy en 4,44% anual. La desocupación bajó de 7,9% en diciembre de 2022 a 5,4%, el nivel más bajo en décadas.
El final feliz lo ofrece el salario real, probablemente el indicador que mejor correlaciona con el voto. El promedio de la Encuesta Nacional de Hogares creció 13% en términos reales en lo que va de esta presidencia: de R$ 3.310 a R$ 3.738.
Algunos economistas dudan de la sostenibilidad del proceso, porque uno de sus catalizadores fue el aumento del gasto público. Bolsonaro entregó un superávit primario de 1,25% del PIB y un déficit total de 4,57%. Lula llevó el resultado primario a un déficit de 2,29% en su primer año. En los últimos 12 meses lo recortó a 1,19%, pero el déficit total bordea 10% del PIB. La deuda bruta pasó de 71,7% a 81,9%. Nada de esto resta votos, está claro.

El caso Lulinha
Lo que sí inquieta a Lula es el avance de causas de corrupción que le llegan muy cerca. Hasta hace semanas, el mayor escándalo era la estafa a jubilados a través del Instituto Nacional del Seguro Social (INSS). Ahora la cosa se puso más personal.
El caso estalló en abril de 2025 con la Operación “Sem Desconto” de la Policía Federal. Entidades que ofrecían servicios a jubilados y pensionados cobraban cuotas mediante descuentos sobre el haber del INSS. Pero millones sufrieron descuentos sin haberse adherido ni recibido contraprestación. La estafa supera los u$s 1.200 millones.
La investigación puso la lupa sobre Antônio Carlos Camilo Antunes, “Careca do INSS”, intermediario entre las asociaciones que cobraban cuotas y funcionarios que gestionaban los descuentos. La PF descubrió relaciones con el entorno de Fábio Luís Lula da Silva, Lulinha, hijo mayor de Lula. Careca le pagó un viaje en avión privado a Portugal en noviembre de 2024 para reunirse con empresas vinculadas al cannabis medicinal.
Biólogo de formación, Lulinha se dedica desde hace dos décadas a una opaca actividad empresarial. El antecedente más famoso es Gamecorp. En 2004-2005, Telemar invirtió R$5 millones para entrar en esta compañía de videojuegos de la que era socio. La operación fue investigada ante la sospecha de que el aporte buscaba ganar llegada al Presidente.
Hoy Lulinha es objeto de tres pesquisas por tráfico de influencias. La más comprometedora es World Cannabis, proyecto que pretendía comercializar medicamentos en Brasil. La PF investiga si, junto con la lobista Roberta Luchsinger, usó sus contactos para conseguir acuerdos con el Ministerio de Salud. El contrato nunca se concretó, pero si se prueban las gestiones podría ser condenado.
Lula dejó en claro este domingo que el tema le preocupa. En una entrevista de Record tomó distancia de su hijo. “Él tiene que probar su inocencia”, afirmó. “Y si cometió una irregularidad debería ser investigado, juzgado y eventualmente castigado”.
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