La democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás, solía decirles Winston Churchill a sus interlocutores para ejemplificar las dificultades que enfrenta un sistema político que exige consensos mínimos para avanzar en la gestión de gobierno, aún cuando muchas veces eso significa hacer concesiones indeseables o con espacios que se alejan mucho del bien público que debe buscar toda sociedad civilizada.

En ese contexto puede enmarcarse el omnipresente discurso mediático de las últimas semanas sobre la falta de empatía del Gobierno frente a la morosidad de la deuda: en algunos casos parece producto de una auténtica desinformación sobre el tema, pero en otros claramente surgen como consecuencia de una gran especulación política en medio de una campaña presidencial inusitadamente adelantada.

El sistema financiero es lo suficientemente complejo como para permitirnos opinar sin conocer lo suficiente sobre su funcionamiento. Ya lo decía la One hace décadas para disciplinar a los periodistas de la farándula que pretendían juzgar su vida con cierta impunidad: “El decorado se calla”, en clara alusión a que frente a la falta de información es mejor permanecer en silencio: el ejercicio periodístico no habilita a poder opinar hasta de lo que no sabemos; como tampoco un pediatra está preparado para hacer una cirugía ó un actuario para firmar un balance.

Imagen generada con IA
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FACTOS:

La mora bancaria está bajando sin intervención pública y los bancos (principales interesados) estiman que del 16% en el pico de marzo podría pasar al 8% antes de fin de año; y siempre hablamos de estadísticas de familias, porque para las empresas grandes o pymes, las cifras son mucho más bajas aún.

En la mora no bancaria, las estadísticas son mucho más altas, pero con montos mucho menores y una segmentación que vale la pena señalar: cerca del 40% corresponde a una franja etaria menor a los 30 años que se endeudaron para viajar y lo hicieron con insuficiente conciencia y una casi nula educación financiera, producto de décadas en la que esa materia era percibida como algo pecaminoso o cuanto menos innecesaria. Así estamos.

No quiero con esto desconocer la responsabilidad de las Fintech y los departamentos comerciales/crediticios de cadenas de supermercados y electrodomésticos que financiaron sus ventas al 300% de TNA, que sumados los impuestos y gastos (y la capitalización compuesta) termina frecuentemente en más del doble.

Acá vale la pena mencionar que “el decorado” no les reclama a los mismos gobernadores que le exigen al Gobierno intervenir, que empiecen ellos eliminando el usurero efecto del impuesto a los ingresos brutos; es justo sin embargo reconocer en este esfuerzo la iniciativa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que sí decidió ceder ese ingreso fiscal para quienes aceptasen un acuerdo de refinanciación con los bancos: punto para Jorge Macri.

Cualquier otra intervención por parte de la autoridad regulatoria, exigiendo “precios máximos” para las tasas de interés ó subsidiando a los deudores que no pueden pagar sus compromisos, tendría efectos nefastos sobre la recuperación de la herramienta crediticia a largo plazo en un país que necesita imperiosamente todo lo contrario.

Mientras que la economía a crédito representaba un 5% en la gestión gubernamental anterior y llegó a trepar a casi el triple durante este gobierno, en Brasil o Chile oscila entre el 75 y el 95% respectivamente. Un catch up acelerado por parte de Argentina podría permitirnos crecer a tasas chinas durante los próximos cinco años por lo menos.

Imagen ilustrativa (El Cronista)

No puede ser la mora una excusa para demorar ese proceso. La irregularidad en los pagos de deudas de individuos se ha triplicado en todas las regiones de América, producto del fuerte aumento de combustible y el impacto de las tecnologías sobre el empleo. No se trata de una experiencia “exclusiva” de las pampas criollas ni del conurbano.

Cuando el Estado comenzó a generar superávit financiero (a sólo un mes de asumir el presidente Milei) y dejó de aspirar todos los fondos frescos disponibles en la plaza, los bancos debieron salir a buscar clientes nuevos en segmentos que hasta entonces no solían tener acceso a la financiación y lo hicieron con una pericia bastante limitada.

En ese contexto, deberán hacerse responsables por sus errores, así como también deberán hacerlo las personas que se endeudaron sin entender los riesgos que asumían; con dolor y dificultad deberán aprender cómo evitar caer en trampas financieras en el futuro.

Concluir que la gente se endeuda para comer es no sólo carente de sustento sino y sobre todo muy poco probable (excluyendo las compras de conveniencia con tarjeta en los supermercados). El 10% de la pirámide social con problemas de seguridad alimentaria no tiene ninguna capacidad de acceder ni a los bancos ni a las billeteras virtuales.

Hay, por supuesto, muchas personas de clase baja o clase media baja que pidieron un préstamo para solucionar otras carencias; es el resultado de que aún varios sectores sociales reciben bajos ingresos como consecuencia de la todavía baja competitividad estructural de nuestra economía.

Sobre este punto el conjunto del progresismo suele pedir una devaluación para mejorar esa falta de productividad, desconociendo cómo funciona una economía bimonetaria. Lo repiten como un mantra que tranquilamente podrían interpretar los famosos jinetes del apocalipsis (¿ignorando?) los efectos de esa devaluación sobre los precios internos relativos.

Los ingresos reales mejoran con una condición necesaria y otra suficiente. La primera es que la inflación vaya a la baja; de lo contrario la carrera nominal siempre la termina ganando el gobierno saqueador de turno. La segunda es que la economía crezca; para lo cual se necesitan inversiones y crédito.

Las inversiones tardan. Quieren ver si realmente los argentinos aprendimos o vamos a seguir votando al populismo y pidiéndole al Estado que nos solucione siempre los problemas que no podemos gestionar.

El crédito viene galopando: la monetización en dólares que veremos hasta fin de año por los nuevos créditos en dólares para las pymes, la ley de Inocencia Fiscal II y el uso de una parte del FGS en plazos fijos a largo plazo va a generar una fuerte reacción en la construcción y en los créditos hipotecarios como no la hemos visto desde los tiempos de la convertibilidad.

Sólo hay que saber esperar a que las brevas maduren y aprender a tolerar que el decorado no se calle.