Flávio Bolsonaro está a un paso de protagonizar un notable regreso familiar después de que la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil lo convirtiera en amplio favorito para ganar a fines de este mes.
Hace poco más de un año, su padre, Jair Bolsonaro, expresidente y líder del movimiento populista de extrema derecha de Brasil, fue encarcelado por planear un golpe para revertir su derrota electoral de 2022 frente al veterano dirigente de izquierda Luiz Inácio Lula da Silva.
Pero pese a una campaña plagada de escándalos y a una pelea pública dentro de la familia, Flávio Bolsonaro desafió a las encuestas y quedó primero en la primera vuelta, lo que lo deja en la mejor posición para ganar el balotaje contra Lula el 25 de octubre.
Bolsonaro, senador por Río de Janeiro, obtuvo el 47% de los votos y Lula, el 45,2%.
Impulsado por una ola política en la región que favoreció a los candidatos de derecha y castigó a los oficialismos, Bolsonaro, de 45 años, declaró el domingo por la noche que era “el fin de la era” del Partido de los Trabajadores de Lula.
Si Bolsonaro hijo resulta victorioso el 25 de octubre, el país más grande de América latina quedará en manos de un aliado del presidente de EE.UU., Donald Trump, en momentos en que Washington busca ejercer mayor influencia en la región.
También podría abrir la posibilidad de una grave crisis institucional, ya que Bolsonaro se comprometió a intentar liberar a su padre de lo que sus aliados denuncian como persecución política. Jair Bolsonaro fue condenado por la Corte Suprema a 27 años de prisión por planear un golpe.
Los analistas sostuvieron que el buen desempeño de Bolsonaro, pese a una campaña tambaleante, se debe más al hartazgo con su rival que a sus propias cualidades.
Murilo Medeiros, politólogo de Brasilia, afirmó que el inesperado repunte de Bolsonaro en el tramo final fue impulsado por el voto útil y el deseo de cambio.
“No fue una ola a favor de Flávio. Fue, sobre todo, una ola anti-Lula: un rechazo al statu quo y un deseo de alternancia en el poder”, agregó.
El dirigente de izquierda, que busca un cuarto mandato no consecutivo, es una figura polémica para muchos brasileños tras haber sido encarcelado por corrupción (las condenas fueron anuladas posteriormente).
Los analistas señalan que no puede descartarse una remontada de Lula, sobre todo si surgieran nuevas revelaciones sobre un escándalo bancario que sacude la elección desde hace meses.
Sin embargo, consideran que Bolsonaro tiene un camino más despejado hacia la victoria, ya que los tres candidatos que le siguieron en la primera vuelta, que en conjunto reunieron el 7,3% de los votos, van del centro a la derecha, por lo que es más probable que sus votantes se vuelquen hacia él. En cambio, no hubo otros candidatos serios de izquierda o centroizquierda, lo que le deja a Lula pocos simpatizantes naturales.
La plataforma de Bolsonaro combina promesas favorables a las empresas, valores tradicionales y mano dura contra el delito. Abrazando el ferviente nacionalismo cristiano de su padre, propuso la castración química para los delincuentes sexuales varones y que la responsabilidad penal se reconozca a partir de los 16 años.
Mario Marconini, director gerente de la consultora de riesgo Teneo, afirma que esto conectó con las costumbres conservadoras del país sudamericano. “Lo que realmente se impuso esta vez tiene mucho que ver con la pureza, los valores, la autoridad, las normas sociales, y no necesariamente con el liberalismo económico”, dijo.
Abogado de formación y político electo desde los 21 años, el mayor de los hijos de Bolsonaro buscó presentarse como el miembro más moderado de la familia. Entre sus colegas del Congreso, durante mucho tiempo se lo consideró un operador de perfil bajo y abierto a la negociación.
Esto contrasta con su vehemente padre y con su combativo hermano Eduardo, exlegislador que hoy vive en Texas y que fue condenado en ausencia por buscar la injerencia de EE.UU. en el juicio por el golpe contra Jair.
Aunque se beneficia de la popularidad que su padre conserva en un sector del electorado, Bolsonaro no logró generar el mismo entusiasmo.

“Flávio es un candidato pésimo. No tiene carisma”, dijo Filipe Campante, profesor de Economía de la Universidad Johns Hopkins. “La única razón por la que está en esta posición es porque su papá lo eligió como su avatar... Pero Lula tiene 80 años y no ofrece realmente una gran visión de futuro”.
La campaña de Bolsonaro fue de crisis en crisis. El heredero conservador quedó envuelto en un enorme escándalo de corrupción que sacude al país, luego de que se supiera que obtuvo millones de dólares de un presunto estafador para financiar una película sobre su padre. La investigación continúa y él niega cualquier irregularidad.
Después, un viaje para ver a Trump en Washington le salió mal cuando, días más tarde, se anunciaron nuevos aranceles contra Brasil, lo que derivó en acusaciones de traición por parte de los seguidores de Lula. Una pelea muy pública con su madrastra (una figura popular entre las mujeres evangélicas y hoy senadora electa) amenazó con provocar una seria fractura interna en el movimiento.
Probablemente como reflejo, en buena medida, de la reputación divisiva de su padre, Bolsonaro hijo tiene altos índices de rechazo entre los votantes, iguales a los de Lula.
Las debilidades de Bolsonaro quedaron en evidencia en sus dificultades para tender puentes con las élites empresariales de Brasil, descontentas con las políticas económicas más estatistas de Lula y con las subas de impuestos.
Marcelo Kayath, extitular de Credit Suisse en Brasil, que viene actuando como intermediario con el sector financiero, afirma que esto cambió en las últimas semanas. Bolsonaro mantuvo una serie de reuniones y cenas con destacados referentes del mundo empresarial.
“No lo conocían y tenían una impresión equivocada. Pensaban que era otro político populista”, dijo Kayath. “Quiere simplificarles la vida a las empresas y aportar previsibilidad”.
Si bien Bolsonaro prometió recortar el gasto público y la deuda de Brasil, Kayath señaló que está comprometido con los programas sociales. “Hay que recortar costos para que los programas sociales sean más sostenibles”, agregó.
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