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Dentro de quince días y en plena escalada política alrededor de Malvinas, Javier Milei llegará a Naciones Unidas con una agenda que ofrece una fotografía bastante precisa del giro que intenta imprimirle a la política exterior argentina. Allí se cruzará con el primer ministro británico, Andy Burnham, con Benjamín Netanyahu y, por supuesto, con Donald Trump, el presidente anfitrión y principal referencia internacional del libertario.
La secuencia tiene algo de paradoja. En 2024, Milei omitió Malvinas en su discurso ante la Asamblea General; un año después recuperó explícitamente el reclamo histórico de soberanía y esta semana terminó de abrazar políticamente una cuestión que ahora mezcla territorio, petróleo, seguridad y alineamientos internacionales. Rockhopper y Navitas, las compañías bajo bandera británica e israelí vinculadas a la explotación offshore en la periferia del archipiélago, quedaron en el centro de esa ofensiva.
Pero el movimiento excede Malvinas. Nada de lo que hace el Gobierno desde diciembre de 2023 resulta completamente ajeno a la relación con Estados Unidos: desde el renovado interés por el Atlántico Sur y el paso interoceánico —visitado en más de una oportunidad por enviados del Comando Sur— hasta las expectativas que algunos alimentan respecto de la posibilidad de preservar para el futuro las reservas de hidrocarburos que guarda esa región.
En un mundo que hace tiempo dejó atrás la ilusión de reglas multilaterales capaces de ordenar por sí mismas las relaciones entre países, el discurso de Milei comienza a exhibir una curiosa familiaridad con ciertos trazos gruesos del realismo periférico que Carlos Escudé formuló para la Argentina de los años ’90.
El tiempo histórico es otro y las diferencias son enormes, pero aquella teoría partía de una premisa deliberadamente incómoda: las naciones periféricas, sin poder suficiente para modificar por sí mismas el sistema internacional, debían evitar confrontaciones cuyo costo terminara pagando su propia población.
Qué hay detrás de la alianza entre Milei y Trump: el realismo detrás del alineamiento
Escudé entendía que desafiar a la potencia hegemónica podía provocar costos económicos y políticos difíciles de justificar para países en desarrollo, mientras que un alineamiento pragmático con el hegemónico del mundo occidental podía abrir oportunidades y generar previsibilidad. Su planteo era más complejo que una subordinación automática: implicaba redefinir la autonomía en función del bienestar concreto que cada política podía producir.
Aquella teoría había nacido en el mundo del “fin de la historia”, cuando Estados Unidos aparecía como la única superpotencia en pie, Rusia intentaba reconstruirse tras el colapso del sueño soviético y China todavía estaba muy lejos de convertirse en el rival sistémico que es hoy. El propio Escudé volvería años después sobre sus postulados para concluir que confrontar ideológicamente con Beijing también podía representar un costo inaceptable y que el alineamiento occidental debía convivir con pragmatismo comercial.
Esa tensión reaparece ahora dentro del universo libertario. Milei construyó parte de su identidad internacional alrededor de una pertenencia explícita a Occidente, pero su Gobierno nunca rompió el vínculo económico con China. Y aunque concedió algunos guiños a Washington para limitar las oportunidades de empresas chinas en determinadas infraestructuras sensibles, tampoco desarrolló una estrategia de ruptura con Beijing. No resulta conveniente.

El último ejemplo quedó expuesto en Neuquén. El embajador estadounidense Peter Lamelas entró en conflicto con la cooperativa CALF por la posibilidad de desarrollar un data center con participación de Huawei, un proyecto que adquirió otra sensibilidad por la proximidad con Vaca Muerta. Cancillería recibió formalmente los planteos, pero no intervino, mientras la representación estadounidense y la cooperativa abrieron posteriormente canales directos para intentar encauzar una controversia que todavía está lejos de quedar cerrada y hasta podría recrudecer en el mediano plazo.
En esa misma lógica debe leerse el discurso presidencial de esta semana. Los redactores de Milei introdujeron explícitamente la noción de los “aliados”, celebraron las señales provenientes de Washington y pusieron en contraste público las posibilidades estratégicas de la Argentina frente a la inestabilidad que atraviesa el Reino Unido. “La prosperidad es condición necesaria para la seguridad. Y la seguridad es condición necesaria para la supervivencia”, afirmó el Presidente.
Dentro del Gobierno admiten que existe un nivel elevado de coordinación formal e informal con Washington. Allí describen a Estados Unidos como el “principal aliado estratégico” y sostienen que la Argentina tiene una relevancia particular para la Casa Blanca dentro del Cono Sur, una percepción sobre la que se construyó un discurso que combina dos elementos no siempre fáciles de conciliar: una chispa nacionalista alrededor de Malvinas y una visión internacionalista acerca del lugar que podría ocupar el país.
El senador libertario por Tierra del Fuego e historiador Agustín Coto condensó esa construcción en una frase celebrada por el sector identificado con Santiago Caputo. “No hay tal cosa como un Destino Manifiesto, eso no existe. Lo que existe es la voluntad manifiesta”, escribió, antes de remarcar el carácter bicontinental de la Argentina y proyectar su historia política mucho más allá del Cabo de Hornos, hasta el propio Polo Sur.
La pregunta incómoda aparece inmediatamente después: ¿hasta dónde puede llegar esa convergencia? ¿Está realmente dispuesto Estados Unidos a tensionar su histórica alianza con el Reino Unido para asegurarse una mayor proyección sobre el Atlántico Sur en línea con la lógica continental Donroe que impulsa Trump? Y si así fuera, aún se desconoce qué peso efectivo tiene la Argentina dentro de esa ecuación

Un diplomático de extensa trayectoria consultado por El Cronista responde con escepticismo. “Es una psicopateada a Burnham”, sintetiza, antes de plantear la pregunta que, desde su perspectiva, ordena todo el problema: “Para planeamiento a largo plazo, ¿quién es más confiable para la Casa Blanca: nosotros o los brits?”.
Su argumento apunta a las décadas de acumulación entre Washington y Londres. “La densidad de vínculos atlánticos es muy fuerte. Inclusive para Trump”, sostuvo, antes de recordar la cooperación en materia de disuasión nuclear británica y el entramado estratégico que une a ambos países.
“En lo referido a misiles depende de los EE.UU. —que a su vez cuentan con los submarinos británicos balísticos—. Existe además el sistema Five Eyes de escucha electrónica, a través del cual comparten inteligencia EE.UU., Canadá, Australia, Nueva Zelanda y el Reino Unido. ¿Vos te pensás que van a tirar todo por la borda?”, desafió.
Ese es, probablemente, el límite más evidente de cualquier interpretación excesivamente optimista del acercamiento con Washington, incluso para los más convencidos. Una cosa es que los intereses estadounidenses en el Atlántico Sur generen oportunidades para la Argentina y otra muy distinta que la Casa Blanca esté dispuesta a desarmar una arquitectura estratégica construida durante décadas para favorecer el reclamo argentino.
El factor nuclear en la alianza entre Trump y Milei y por qué enciende una alerta en Brasil
Dentro del Gobierno, Pablo Quirno aparece entre los funcionarios más entusiastas con la ofensiva. Desde Cancillería difundió los comunicados de compañías de servicios petroleros como Baker Hughes y Halliburton que acompañaron la nueva directiva oficial y aprovechó su intervención en el encuentro del IAEF en Misiones para responder a quienes reducen el movimiento a una utilización política de la bandera del Mundial o a las declaraciones de Trump.
La velocidad del giro abre interrogantes sobre algunos planes que la propia Cancillería venía trabajando. Hasta esta semana, el Gobierno y el sector privado continuaban con la organización de una gran Argentina Week para mediados de octubre en Londres, y un alto funcionario había llegado a confirmar a este diario, antes de la cadena nacional, que se trabajaba sobre la posibilidad de una misión integrada por gobernadores, miembros del Gabinete y hasta el propio Milei.
Pero los ecos del alineamiento con Estados Unidos no terminan en Londres. La semana pasada, una delegación de diputados y diputadas opositoras que viajó a Brasil se encontró reiteradamente con una preocupación inesperada de sus interlocutores: el nuevo rumbo del programa nuclear argentino, la apertura a la participación privada y el lugar creciente que Washington podría adquirir dentro de ese sector.

La inquietud apareció incluso en conversaciones con dos figuras que originalmente no estaban previstas en la agenda: Celso Amorim, principal asesor de Lula da Silva en política exterior, y el canciller Mauro Vieira. El razonamiento brasileño parte del delicado equilibrio nuclear construido entre ambos países desde el tratado bilateral de 1988, una de las bases que permitió desactivar definitivamente las antiguas hipótesis de conflicto entre los dos vecinos.
“Para ellos es un tema de soberanía”, explicó a El Cronista uno de los protagonistas de las reuniones. “Los pone nerviosos cómo se puede ver comprometida a través de una puerta lateral que se le abrió a Estados Unidos. Es una cuestión de seguridad”, agregó.
En Brasil siguen particularmente de cerca la negociación entre Meitner Energy y el Ministerio de Economía para explorar la posibilidad de una cuarta central nuclear argentina basada en la tecnología ACR-300 de INVAP. También anotaron en su radar la reunión que el secretario de Asuntos Nucleares, Federico Ramos Napoli, mantuvo a fines de agosto con Jarrod Agen, el hombre fuerte de la política nuclear de Trump. Fue en el contexto de una gira de varios días donde también participó de la Nuclear Energy Conference & Expo y se encontró con otras autoridades locales para plantear la inserción argentina a la cadena de valor nuclear estadounidense.
En Buenos Aires relativizan las inquietudes brasileñas y aseguran que la cooperación técnica con ese país no sufrió interrupciones pese a los choques públicos entre Lula y Milei. Tampoco se detuvieron las conversaciones con Meitner, pese a la salida de su presidente, Teófilo Lacroze, y las versiones que colocan ahora al iraní Hamid Ansari, cabeza de la firma radicada en Estados Unidos que se asoció al INVAP, con posibilidades de quedar al frente de la operación en persona.

El mapa que empieza a dibujarse es bastante más complejo que una simple adhesión a Washington o un discurso encendido contra la usurpación británica de las islas. Detrás del debate legítimo sobre una ley de 2011 que puede —y amerita— un aggiornamiento al presente de Vaca Muerta, hay una arquitectura legal conexa que el Gobierno pretende encaminar para satisfacer el alineamiento con Trump y como plataforma para ampliar el peso estratégico argentino.
Ahí aparece quizás el verdadero dilema del nuevo “realismo libertario”. Milei y sus estrategas apuestan a que una relación privilegiada con Estados Unidos aumente el margen de maniobra argentino, pero el riesgo es que ese mismo movimiento termine reduciendo justamente aquello que pretende ampliar.
Entre la voluntad manifiesta y el poder efectivo existe todavía una distancia que ni siquiera una cercanía siempre entre alfileres con Trump puede borrar.
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