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El precio que paga un consumidor por una heladera, un lavarropas, un kilo de carne o un kilo de pan contiene costos que difícilmente pueda identificar cuando llega a la caja. Entre ellos hay una cantidad importante de impuestos que fueron apareciendo durante diferentes momentos de la producción y comercialización.
Distintos estudios sectoriales permiten ponerle números a esa carga.
En general, se afirma que la presión tributaria Argentina se encuentra -en promedio- en 27,6. Ese número sólo es superado en Sudamérica por Brasil, con el 33,7.
Pero ese número subestima la carga real que soporta el sector formal de la economía, en la que se debe contar aquello que absorbe sobre la informalidad. Si se tomara eso en cuenta, los “formales” soportan más del 42%, por encima del promedio de países de la OCDE.
En el caso de un lavarropas, los impuestos representan alrededor del 43% del precio final, mientras que en una heladera alcanzan el 42%. Para alimentos básicos, otros relevamientos estiman una incidencia del 29% en carne, 26% en leche y 24% en pan.
Los porcentajes no forman un ranking directamente comparable: provienen de estudios realizados en distintos momentos y con metodologías diferentes.
Pero permiten dimensionar una característica del denominado costo argentino, una parte relevante de los impuestos que termina soportando el consumidor se incorporó al producto mucho antes de que éste llegara a sus manos.
La discusión gana relevancia en un escenario en el que el tipo de cambio real se apreció.
Un reciente informe elaborado por una entidad financiera al que accedió El Cronista plantea que recuperar competitividad exclusivamente mediante una corrección cambiaria podría volver a acelerar la inflación y advierte que el dólar no es el único factor que determina la capacidad de competir de una empresa argentina.
Cuánto son impuestos en una heladera y un lavarropas
Uno de los estudios de competitividad recopilados en un documento difundido por una entidad bancaria argentina permite observar la composición del precio final de distintos electrodomésticos.
La carga tributaria representa 43% en un lavarropas, una cocina y un termotanque y 42% en una heladera.
La comparación internacional resulta todavía más ilustrativa. Bajo una misma metodología, la incidencia tributaria sobre un lavarropas alcanza 43% en Argentina, 40% en Brasil y 26% en México. Para una heladera, los porcentajes son 42%, 38% y 25%, respectivamente.
Esto no significa que una heladera argentina necesariamente cueste 17% más que una mexicana: los impuestos son solamente uno de los componentes del precio, junto con salarios, insumos, logística, energía, productividad, márgenes y otros costos.
Pero sí muestra que una empresa argentina parte con una carga tributaria diferente al momento de formar su precio.
La comparación se inserta en un problema más amplio. Según datos de Argendata recopilados en el mismo análisis, la presión tributaria agregada de Argentina alcanza 27,6%, frente a un promedio de 21,7% en América Latina y el Caribe.
El indicador tampoco debe confundirse con la incidencia sobre el precio de un producto: mide la recaudación de todos los niveles del Estado en relación con la economía.

Los impuestos que están adentro del pan, la leche y la carne
El fenómeno también aparece en productos básicos. Un relevamiento de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA), correspondiente a mayo de 2025 y recuperado por el informe, calculó que los impuestos representan aproximadamente 29% del precio de la carne, 26% de la leche y 24% del pan.
La carga tampoco corresponde exclusivamente al Estado nacional.
En el caso de la carne, el relevamiento atribuye 74% de la carga tributaria total a impuestos nacionales, 18,3% a provinciales y 6,7% a municipales.
En el pan, la distribución es 76,3%, 19,6% y 2,8%, respectivamente; mientras que en la leche alcanza 79,9%, 15,6% y 4,2%.
Esos porcentajes expresan cómo se distribuyen los impuestos cobrados, no qué proporción del precio se queda cada nivel del Estado.
Como ejemplo, se puede poner cuánto es lo que suma cada paso al precio de la carne: los impuestos, como se dijo, suman el 25%, sólo superado por la “cría” que aporta el 28% del costo, el 24% es para el feedlot, el 21 para la carnicería y el 2% para el frigorífico.
Por qué el consumidor no ve todos los impuestos que paga
Una de las razones es que no todos funcionan como el IVA.
Ingresos Brutos (IIBB), por ejemplo, es un impuesto provincial que grava la facturación y puede aparecer sucesivamente cuando un producto pasa por distintos eslabones de una cadena.
“Al incorporarse a la economía, pega en todas las fases —producción, mayorista, minorista— acumulando costos. Cada eslabón le carga su margen sobre ese impuesto acumulado”, explicó a El Cronista el tributarista Mariano Ghirardotti.
Es lo que se conoce como efecto cascada o piramidación.
Marcelo Rodríguez, tributarista y CEO de MR Consultores, estimó que, dependiendo de las características de una cadena y de las alícuotas involucradas, la incidencia acumulada de IIBB puede rondar entre 15% y 20% del precio final.
El problema es diferente al de un impuesto aplicado una sola vez al consumidor final. Una parte del tributo queda incorporada dentro de los costos de las empresas que intervienen antes.
El análisis de Argendata señala justamente que la particularidad argentina dentro de los impuestos indirectos no se explica solamente por el IVA —presente en prácticamente todos los sistemas tributarios— sino también por tributos menos habituales internacionalmente, como Ingresos Brutos, el impuesto al Cheque y los derechos de exportación.
Si bajan los impuestos, ¿bajarían una heladera o un kilo de carne?
Ahí termina buena parte del consenso. Reducir una carga tributaria no garantiza que el precio final disminuya automáticamente en la misma proporción.
Ghirardotti considera que las actuales condiciones de competencia aumentan las posibilidades de traslado. “Hoy la gente no paga cualquier precio y las empresas compiten. Si le bajás un 1% o 2% a la empresa para que sea más competitiva, lo va a trasladar para bajar el precio”, sostuvo.
Rodríguez introduce otro efecto posible. Un impuesto indirecto normalmente tiende a trasladarse al consumidor, pero cuando la demanda no permite aumentar precios, parte de esa carga termina siendo absorbida por la rentabilidad empresaria. Una reducción podría entonces traducirse en menores precios, recuperación de márgenes o una combinación de ambos.
Sebastián Domínguez es más cauteloso: “No se puede asegurar que baje el precio final; depende de lo que el consumidor esté dispuesto a validar”, explicó a El Cronista.
Como antecedente recordó experiencias de reducción del IVA en las que la diferencia no terminó reflejándose íntegramente en los precios.
Por eso, tampoco puede hacerse una resta lineal. Que alrededor del 43% del precio de un lavarropas corresponda a carga tributaria no significa que eliminar diez puntos de impuestos abarataría automáticamente el producto en diez puntos.
La discusión sobre el costo oculto va por otro lado. Si el margen para recuperar competitividad mediante el dólar es limitado por su impacto inflacionario, cuánto cuesta producir y qué impuestos se utilizan para recaudar vuelven a convertirse en una parte central de la ecuación.
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