A las puertas del último trimestre del año y con la política y la economía local más enrarecidas, cabe formular y tratar de responder dos inquietudes de primera magnitud: ¿Por qué el riesgo país de Argentina, que pasó de 400 a 750 puntos en menos de 60 días, es hoy 4, 5 o 6 veces mayor al de los países vecinos?
El Gobierno, más allá de sus convicciones y declaraciones, ¿está en condiciones de flexibilizar el plan económico para reactivar y llegar a las elecciones del año próximo con mayores posibilidades de triunfo?
La Argentina de Javier Milei anota récord de exportaciones y mantiene un superávit fiscal como nunca tuvo el país en su historia. Logró establecer una inmejorable relación con la administración Trump en EE.UU., el FMI y el establishment financiero local e internacional.
Va camino a ser una potencia en materia de producción primaria de energía, minería y alimentos, con un volumen impresionante de proyectos de inversión comprometidos para los próximos 10 años. Se impuso finalmente y en forma categórica en las elecciones de mitad de mandato, mientras que la oposición no logra unificarse y tampoco capta todo el malestar que el ajuste económico genera en la sociedad.

Con todos esos activos logrados, qué es lo que explica, entonces, que el riesgo país no pare de subir y las valuaciones de las empresas argentinas que cotizan en los mercados no terminan de despegar en forma relevante.
Es cierto, en parte, el argumento oficial, colocando el problema en el momento mundial que ayuda poco por los conflictos bélicos que llevaron el petróleo arriba de 100 dólares, el aumento de los precios de los combustibles en la inflación global y la suba de las tasas en EE.UU. Pero está claro que la Argentina sufre bastante más que el resto las consecuencias de esa dramática realidad internacional.
Hay algo más que golpea a la Argentina. Claramente, juega la mala reputación y la historia repetida a lo largo de décadas que condena al país, con permanentes cambios brutales en las reglas de juego según quién gane las elecciones y llegue al poder.
Todavía nunca ocurrió lo que sí se dio en Uruguay, Chile, Brasil, Paraguay o Perú, por mencionar solo casos cercanos y no alejarse a los países desarrollados: la certeza de haber confirmado que, cuando cambió el signo político y las figuras que gobiernan, el que llega respeta los equilibrios básicos de la economía y no hace volar todo por los aires de lo realizado por el que se va. Sobre todo a la hora de honrar compromisos asumidos, respetar la vigencia de los contratos, la libertad de mercados y la propiedad privada.
De allí que aquí juega más que en otras latitudes el riesgo electoral. El recuerdo del dramático final de la experiencia Macri en agosto de 2019 sigue siendo imborrable en la memoria de los inversores.
El derrumbe de los mercados con el triunfo de Alberto Fernández y Cristina aquel lunes posterior a las PASO fue el mayor en la historia de la Argentina. El miedo a que regrese el pasado intervencionista estará presente hasta verificar los resultados el año próximo. Y eso incluye un temor por el presente, no solo por el pasado.
Solo se explica la ansiedad ante la posibilidad de que regrese lo que representa el kirchnerismo en los problemas del actual plan económico que impactan en amplios sectores del padrón electoral. Hasta el propio Presidente ya reconoce que los resultados son peores a lo esperado.

Está cada vez más claro que el plan no logra contener del todo a la inflación y la actividad sigue estancada o cayendo en las actividades que más influyen en el ánimo de las mayorías, caso la industria, el comercio y la construcción. Son cada vez mayores las objeciones de los economistas promercado a la política monetaria y cambiaria.
No se logró en este primer mandato del Presidente ni la reforma impositiva ni la previsional. Y, por cierto, revisando todas las encuestas, no está tan claro que se haya terminado en la sociedad argentina la característica de la memoria corta, la simpatía por el facilismo y la demagogia. Está cada vez más opinada la afirmación que asegura estar ganada la batalla cultural a favor del Gobierno.
No se logran cohesionar aún los acuerdos políticos para garantizar candidaturas unificadas entre quienes proponen mantener las reglas de libertad de mercado para la economía, pagar las deudas y respetar los contratos.
Si la reelección de Javier Milei estuviera asegurada, no habría espacio para los desafíos políticos que hoy presenta para el oficialismo la figura de Patricia Bullrich.
Si el mileísmo sigue encerrado en sí mismo, rechazando los acuerdos con quienes representan el antiperonismo, tal vez Patricia termine siendo la candidata de lo que alguna vez fue Cambiemos.
Aparece otro problema. No solo que no se observa voluntad del Gobierno para introducir cambios en el plan económico que puedan llevar alivio a los sectores más castigados. Cuando el Presidente declara que está dispuesto a morir con las botas puestas y que no va a cambiar sus ideas ortodoxas en pos de ganar las elecciones, es cierto que lo hace convencido que esa es la mejor estrategia para lograr la reelección.
Pero también es cierto que el actual modelo, como fue ejecutado, tampoco da margen para una flexibilización significativa. Tal vez ya no sea solo que no se quiere cambiar. El punto es si se puede a esta altura.

Después de tres años de atrasar el tipo de cambio, mantener el cepo para las empresas, pisar salarios y jubilaciones y desactivar la obra pública, un golpe de campana resultaría incierto. Aumentar jubilaciones y salarios estatales, bajar impuestos y postergar los aumentos de tarifas derivaría en un aumento de la desconfianza por el déficit fiscal que todo ello generaría en el corto plazo.
Liberar el tipo de cambio y aumentar reservas emitiendo para comprar dólares derivaría en una expansión explosiva, con consecuencias inflacionarias inmediatas. Con el actual escenario mundial y el riesgo país en 600 o 700 puntos, tampoco se puede reactivar la obra pública sin tener que financiarla desde el Estado con emisión.
Además del mundo, los problemas de la economía cotidiana y la incertidumbre electoral, hay computar en el riesgo país que existe también en la Argentina un grado de debilidad institucional importante que impide lograr acuerdos políticos y consensos para asegurar que las reformas económicas y políticas que alientan la llegada de inversiones vayan a perdurar en el tiempo.
Los que llegan al Gobierno, también a lo largo de la historia, no se quieren ir. Intentan controlar a los jueces. Y, en todos los casos, sin excepción, desde Juan Manuel de Rosas a la familia Kirchner, los mandatarios que lograron la reelección intentaron luego forzar la Constitución y las leyes para eternizarse en el cargo y garantizarse impunidad. En general, los atentados contra el orden constitucional y las libertades públicas, de expresión o de comercio, se verificaron en los segundos mandatos.
De allí que, en estos días, cuando se lo observa al Presidente tan agresivo e intolerante con quienes contradicen su relato o cuando desde la Casa Rosada se intentó, por ahora sin éxito, aprobar una ley que lleve a la cárcel a quienes cuestionan al Gobierno con el argumento de defender la soberanía, cabe preguntarse cómo seguirá esta deriva autoritaria de la radicalización oficial en caso de lograr el año que viene la reelección.
Aparecen, entonces, dos problemas que también contribuyen al riesgo país de Argentina. El drama de que Javier Milei no logre la reelección y, a la vez, el drama de que sí la consiga. Ya hemos visto a las dos figuras más destacadas del equipo económico en esa línea. Luis Caputo reclamó este año una ley para perseguir a los periodistas que, a su juicio, mienten sobre su gestión.
Su íntimo colaborador y hoy titular del Palacio San Martín, el atildado Pablo Quirno, directamente mandó detener a una periodista en los pasillos de Cancillería para cerrarle el paso y evitar que estuviera presente en una conferencia de prensa. Tanto el Presidente como sus colaboradores repiten que se trata de modales, apenas insultos y agravios.
Todo inofensivo, nunca como en el pasado activar la persecución utilizando los organismos de poder estatal sobre la vida de las personas, como la agencia de recaudación o de inteligencia. Es cierto. Pero también es cierto que esos graves abusos de poder en la historia siempre se verificaron en los segundos mandatos de quienes lograron ser reelectos. El vamos por todo y las venganzas aparecen después de volver a ganar.

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