Mientras los israelíes acudían en masa a votar en una elección que muchos consideraban la más trascendental de su historia, Benjamin Netanyahu recurrió a su manual probado y comprobado: asustar a su base de derecha para movilizarla.

En un intento por convocar a sus seguidores, el primer ministro acusó a los partidos que representan a los árabes israelíes de intentar “robar” la elección, al tiempo que advirtió que el Estado judío estaba “al borde de la ruina”.

“Pueden perderlo todo. Un gobierno de la izquierda y los árabes va a destruir todo lo que hay acá”, dijo Netanyahu a una radio local mientras los israelíes votaban el martes por la tarde.

Haya sido o no el factor decisivo, sus seguidores se movilizaron en cantidad suficiente para propinarle un duro golpe a la oposición sionista, aunque no la victoria contundente que buscaban Netanyahu y su coalición de extrema derecha.

Con el 86% de los votos escrutados, Israel enfrenta un período de estancamiento político, pero uno en el que el veterano sobreviviente de la política volvió a desafiar a sus escépticos y mantuvo abiertas sus chances de seguir en el poder.

La coalición de Netanyahu, integrada por partidos ultraortodoxos, de derecha y ultranacionalistas, se encamina a obtener unas 53 bancas en la Knéset, y su partido, el Likud, sería el más grande del parlamento de 120 miembros.

La coalición perdió apoyo desde la elección anterior y está lejos de una mayoría absoluta. Netanyahu todavía enfrenta obstáculos importantes para volver al poder, pero logró su objetivo principal —evitar una derrota categórica—, ya que se prevé que su coalición obtenga cinco bancas más que el bloque opositor sionista de cuatro partidos.

Una vez que se anuncien los resultados definitivos, el presidente israelí, Isaac Herzog, decidirá qué líder tendrá el primer intento de formar gobierno.

Netanyahu seguirá como primer ministro interino mientras los políticos negocian, posiblemente durante meses, la formación de una coalición de gobierno.

Es un golpe demoledor para los muchos israelíes liberales que veían la elección como una batalla por el alma de la nación. Temen que otros cuatro años del gobierno más de extrema derecha de la historia de Israel corran el riesgo de erosionar la identidad y los valores sobre los que se fundó el Estado.

Si bien pocos estaban dispuestos a dar por terminado a Netanyahu antes de la elección, las condiciones parecían favorables para una oposición poco cohesionada, unida por un deseo desesperado de derrocarlo.

La popularidad del polarizante primer ministro se había desplomado después de que su gobierno intentara imponer a la fuerza reformas judiciales que muchos israelíes veían como un ataque directo a uno de los pilares de la democracia del país. Luego, estuvo al frente de la peor falla de seguridad de Israel, cuando Hamas lanzó su ataque del 7 de octubre de 2023.

Su país está profundamente polarizado y aislado a nivel internacional, ya que la implacable guerra de represalia de Israel en Gaza y la violencia desenfrenada de los colonos en la Cisjordania ocupada provocaron condenas e inusuales sanciones por parte de aliados occidentales tradicionales.

Puertas adentro, activistas de la sociedad civil se movilizaron en gran número, montaron “salas de guerra” y alentaron a los israelíes en el exterior a volver para votar, algo que hicieron por decenas de miles.

Pero los resultados sugieren que una proporción considerable del electorado, en un país que dio un fuerte giro a la derecha, todavía cree en las advertencias del primer ministro de que es el único líder en el que se puede confiar en materia de seguridad.

Netanyahu seguirá como primer ministro interino mientras los políticos negocian, posiblemente durante meses, la formación de una coalición de gobierno.
Netanyahu seguirá como primer ministro interino mientras los políticos negocian, posiblemente durante meses, la formación de una coalición de gobierno.EFE

Y Netanyahu es un maestro en aprovechar los miedos de los judíos israelíes.

Dos días antes de la votación del martes, publicó una imagen generada con IA de una nube nuclear sobre Tel Aviv, junto con extractos de un artículo de un analista israelí de derecha que advertía que los israelíes se arriesgaban a un “segundo Holocausto” si no votaban por Netanyahu. Por otro lado, recibió una reprimenda del banco central por decir que estaba evaluando el uso de criptomonedas para eludir posibles sanciones contra Israel.

Además, antes de la elección había instado al presidente de EE.UU., Donald Trump, a lanzar una nueva e intensa fase de la guerra entre EE.UU. e Israel contra Irán.

Aun así, el bloque opositor sí tiene un posible camino al gobierno: aliarse con los partidos árabes. Estos representan a los palestinos con ciudadanía israelí, que constituyen alrededor de una quinta parte de la población y soportaron cuatro años de odio, acoso e intimidación bajo la gestión de Netanyahu.

Como resultado, acudieron a votar en cantidades récord, y los dos partidos árabes obtuvieron en conjunto hasta 19 bancas.

Mucho dependerá de Gadi Eisenkot, un hosco exjefe militar que lidera Yashar, un partido de centro que obtuvo la mayor cantidad de bancas dentro de la alianza opositora, pero que se mostró reacio a cooperar con los partidos árabes.

Para tener éxito, este relativo neófito en la política, de 66 años, tendría que buscar el apoyo de esos partidos y, al mismo tiempo, convencer a sus aliados opositores de derecha —entre ellos Naftali Bennett y Avigdor Lieberman, que rechazaron cualquier movimiento de ese tipo durante toda la campaña— de la necesidad de cooperar con los partidos árabes.

Hay un precedente reciente, pero los analistas israelíes siguen siendo escépticos.

La última vez que la oposición logró unirse para derrotar a Netanyahu, en 2021, el factor clave fue la histórica decisión de Bennett y Yair Lapid de incluir a Mansour Abbas, líder de Ra’am, un partido islamista, en su coalición de gobierno. Fue la primera vez que un partido árabe formó parte formalmente de un gobierno israelí.

Sin embargo, esa coalición se derrumbó en menos de un año, mientras lidiaba con una mayoría ínfima y los constantes ataques de Netanyahu y sus aliados. Desde entonces, el clima político hacia los palestinos con ciudadanía israelí se volvió todavía más tóxico.

Y Netanyahu —un despiadado estratega político que pasó años superando con astucia y manipulando a sus adversarios, y que todavía está siendo juzgado por corrupción— va a pelear hasta el final. Seguramente ya esté maquinando para atraer a miembros de la alianza opositora a su lado.

Otro escenario posible es que Eisenkot quede bajo presión de Herzog y de Trump —que respaldó públicamente a Netanyahu— para formar un gobierno de unidad con el primer ministro.

Pero la última vez que eso ocurrió, en 2020, Netanyahu forzó el colapso de la coalición a menos de un año de iniciado su mandato, justo antes de que tuviera que ceder un cargo de primer ministro rotativo.

Otro desenlace posible es un empate imposible de destrabar. Israel tiene antecedentes en esto. Atravesó una serie de elecciones sin resultados concluyentes durante la última década, ya que las votaciones se convirtieron, en la práctica, en referendos sobre el polarizante gobierno de Netanyahu. Pero nunca en un momento tan crítico de su historia, ni con tanto en juego.