En esta noticia

Por estos días se cumplió un aniversario más de un regreso largamente demorado. Un 20 de octubre, pero de 1906, llegaron a Buenos Aires los restos de Juan Gregorio de Las Heras, integrante del Ejército de los Andes que había muerto en el exilio chileno cuatro décadas antes.

En la historia argentina, su nombre no tiene el lugar ni el reconocimiento de San Martín, Belgrano o del propio O’Higgins. Sin embargo, en la madrugada del 20 de marzo de 1818, este militar sostuvo con su temple lo que parecía perdido: la continuidad de la campaña libertadora en Chile.

Esta es la historia de un soldado metódico que no buscó la gloria y la encontró en una retirada y -huelga decirlo- también la de un hombre al que su tierra tardó en reclamar.

Un porteño en las guerras de la independencia

Las Heras nació en Buenos Aires en 1780. Hijo de una familia de comerciantes, su vocación militar apareció temprano, con las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, cuando tomó las armas junto a los vecinos que defendieron la ciudad.

La Revolución de Mayo lo encontró ya enrolado en la causa criolla. Pasó luego a Chile y participó en la defensa de Rancagua, en 1814. Aquella derrota patriota lo obligó a cruzar la cordillera hacia Mendoza, donde lo esperaba el hombre que le daría un destino.

En Cuyo, José de San Martín armaba en secreto el Ejército de los Andes. Las Heras se incorporó a sus filas y se ganó rápidamente su confianza. Era un oficial sobrio, disciplinado y eficaz, de los que no hacen ruido y cumplen. Esas cualidades resultarían decisivas.

En el cruce de los Andes de 1817, tuvo a su cargo una de las columnas que atravesaron la cordillera por Uspallata. La victoria de Chacabuco abrió las puertas de Santiago. Pero la guerra estaba lejos de terminar, y el año siguiente traería la prueba más dura.

Plano de la batalla de Cancha Rayada
Plano de la batalla de Cancha RayadaMuseo Histórico Nacional

La sorpresa de Cancha Rayada y una decisión que cambió la historia

En marzo de 1818, el ejército patriota acampaba cerca de Talca, en el sur chileno. Los realistas, reforzados desde el Perú, buscaban una batalla decisiva. San Martín esperaba un ataque nocturno, y por eso ordenó cambiar de posición a las tropas. Hacia el anochecer del 19 de marzo, la maniobra aún estaba en marcha.

Fue entonces cuando los realistas cayeron sobre el campamento. En la oscuridad, entre órdenes cruzadas y tropas en movimiento, los más de 8000 hombres de las huestes patriotas se desorganizaron en pocos minutos. Las bajas no fueron enormes, pero la dispersión sí. Cundió el pánico, y muchos hombres huyeron sin saber hacia dónde.

La división de la derecha había cambiado de posición a las ocho de la noche. Su jefe, Hilarión de la Quintana, había ido al cuartel general a recibir órdenes y nunca regresó al mando de sus tropas. Quedaron así miles de soldados sin comandante, en medio de una noche confusa y de rumores de desastre.

Los jefes de la división, reunidos en una junta de guerra, tomaron una decisión rápida. Se pusieron bajo las órdenes de Las Heras, el oficial de mayor ascendiente entre ellos. No hubo debate largo ni gesto teatral. Había que decidir, y había que hacerlo ya.

Las Heras contaba con unos 3500 hombres, pero la situación era precaria. No tenía caballería y su artillería carecía de municiones. En cambio, conservaba cinco batallones de infantería intactos, con cincuenta tiros por soldado. Era poco, pero bastaba para no rendirse sin pelear.

Efigie de Las Heras en el Panteón de los Próceres en Lima.
Efigie de Las Heras en el Panteón de los Próceres en Lima.Wikipedia

Con sangre fría, formó una columna en masa y dejó un batallón de cazadores cubriendo la retaguardia. A las 00:45 emprendió la marcha por el camino de Talca a Santiago y cruzó el río Lircay. Marchaba de noche, con la incertidumbre de no saber dónde estaba el enemigo ni qué había pasado con San Martín.

La marcha fue dura. Según relata Bartolomé Mitre en su “Historia de San Martín”, durante días los soldados apenas recibieron una ración mínima de carne, y la fatiga mermó a la tropa. Unos 500 hombres se dispersaron en la noche, pero el resto avanzó con orden. Las Heras no dejó atrás ni los cañones ni los animales ni las municiones.

El 28 de marzo, la columna llegó al campamento de Maipú. Traía más de 3500 hombres, animales, artillería y municiones, en un estado que contrastaba con el caos de la jornada anterior. Aquella presencia organizada y visible tuvo un valor militar, pero también uno psicológico.

Santiago entre el pánico y la esperanza

Mientras tanto, en Santiago, la noticia del desastre había provocado un pánico enorme. Circuló incluso el rumor de que San Martín había muerto. La ciudad se preparaba para la evacuación, y muchos vecinos huían hacia Mendoza con lo que podían cargar.

El parte de San Martín llegó recién el día 23. Anunciaba que la división de Las Heras estaba a salvo y que había unos 4000 hombres reunidos. Pocos le creyeron al principio, pero la columna que marchaba hacia Maipú terminó confirmando sus palabras. La causa patriota seguía en pie.

Con sangre fría, Las Heras formó una columna en masa y dejó un batallón de cazadores cubriendo la retaguardia.
Con sangre fría, Las Heras formó una columna en masa y dejó un batallón de cazadores cubriendo la retaguardia.Wikipedia

Para Mitre, la acción decidida de Las Heras permitió salvar al núcleo del ejército, y con él a la independencia americana, que habría sucumbido si los españoles se hubieran apoderado entonces de Chile. No todos piensan igual. El historiador chileno Vicuña Mackenna fue un poco más lejos y, en su obra “La batalla de Maipo” lo consideró el verdadero salvador de Chile.

A la tropa que Las Heras consiguió mantener a salvo, se le sumaron rápidamente las fuerzas que Alvarado y Rondizzoni lograron reunir en cuestión de días, y los dispersos que San Martín y O’Higgins fueron encontrando en San Fernando. Para el 1° de abril, el ejército unido ya sumaba más de 5000 hombres de línea.

El enemigo, además, tenía límites. Según Mitre, las bajas realistas superaron los 200 hombres, y su propia dispersión les impidió aprovechar la victoria de inmediato. Los españoles avanzaron con lentitud, saquearon el bagaje y retrocedieron hacia Talca, preocupados también por la retirada de Las Heras.

Así, su aporte terminó siendo decisivo pues conservó una fuerza ordenada cuando todo se desmoronaba, y esa fuerza fue la base sobre la cual se rehizo el ejército. El 5 de abril, en Maipú, la independencia de Chile quedó sellada.

El 20 de octubre de 1906, sus restos llegaron a Buenos Aires, repatriados con honores militares.
El 20 de octubre de 1906, sus restos llegaron a Buenos Aires, repatriados con honores militares.Archivo General de la Nación

Gobernador, exiliado y olvidado

Tras Maipú, Las Heras acompañó a San Martín en la expedición al Perú. Cuando el Libertador se retiró de la escena, el general regresó al Río de la Plata. Allí lo esperaba la política, un terreno bastante más áspero que el campo de batalla.

En 1824 fue elegido gobernador de Buenos Aires. Su gestión se desarrolló junto al impulso reformista de Bernardino Rivadavia, y en ella se avanzó en la organización institucional de la provincia. Gobernó con moderación hasta que el Congreso creó la presidencia, en 1826, y debió dejar el cargo.

Los años siguientes fueron turbulentos. La guerra civil entre unitarios y federales desarmó el proyecto rivadaviano, y Las Heras, ligado a ese orden, terminó cruzando otra vez la cordillera, ahora como exiliado. Se instaló en Chile, el país que había ayudado a salvar en 1818.

Allí vivió largos años, alejado del poder pero respetado por quienes recordaban su historia. Murió en Santiago de Chile en 1866, a los 86 años, lejos de la ciudad que lo había visto nacer. Su tumba quedó en suelo extranjero, y su nombre fue perdiendo presencia en la memoria porteña.

Interior de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Mausoleo del General San Martín. Urna con los restos del General Las Heras.
Interior de la Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Mausoleo del General San Martín. Urna con los restos del General Las Heras.Wikimedia Commons User:Barcex

El regreso a Buenos Aires

Pasaron cuarenta años hasta que su patria decidió reclamarlo. El 20 de octubre de 1906, sus restos llegaron a Buenos Aires, repatriados con honores militares. La ciudad que lo había visto partir en el exilio lo recibió finalmente como a uno de los suyos.

Hoy descansan en la Catedral Metropolitana, junto al mausoleo de José de San Martín. Soldado y jefe comparten un mismo espacio, como compartieron la cordillera, la guerra y aquella noche de marzo de 1818. Es un gesto de justicia tardía para un hombre que no la reclamó.

La historia de Las Heras recuerda que las gestas no siempre se construyen sobre victorias. A veces se sostienen sobre una retirada bien hecha, en la oscuridad, con pocos recursos y mucha templanza. Ese fue su mérito, y quizás por eso su figura sigue siendo tan poco conocida.