La Argentina tiene la oportunidad de capitalizar, gracias al heroico esfuerzo del seleccionado argentino, una experiencia hasta ahora inédita: haber llegado de manera consecutiva a dos finales del Mundial de Fútbol.
El país entero se apropió de la ilusión de conseguir el máximo resultado posible de ese proceso. Alcanzar el bicampeonato, tener dos copas seguidas levantadas por Lionel Messi, se convirtió en el premio soñado. Pero por sobre todas las cosas, la garra que le pusieron el capitán, el técnico y los jugadores que salieron a la cancha, lo convirtieron en un sueño posible.

Pero el fútbol es fútbol. Los goles que tanto anhelaba la Argentina no se dieron, España mostró sus fortalezas y luego de conseguir la mínima diferencia posible, se llevó el título a Madrid.
La sociedad aguardó hasta el último minuto que un milagro le devolviera a la Selección alguna chance de hacer historia. Pero eso no ocurrió.
Millones de fans esperaban repetir el multitudinario festejo que sobrevino tras el triunfo en Qatar. Pero en una nación futbolera, los subcampeonatos no se festejan.
El propio Messi -que el domingo no ocultó su llanto ante la hinchada que lo alentó en New Jersey- lo sintió así. “El dolor es muy grande y va a costar que cierre esta herida”, dijo en sus redes sociales antes de subir al avión que lo traería de regreso a Rosario.
Entre el sueño de ser bicampeones o la posibilidad de ser finalistas en todos los torneos (como ya sucedió también en 2014), hay una diferencia que vale la pena rescatar: los procesos también juegan.
Messi ya no estará en el próximo Mundial, pero para que el sueño se mantenga, el trabajo serio y constante de la Selección no debe interrumpirse. Ese es el ejemplo que deja este equipo. Y sobre todo su capitán, que pasó dos tercios de su vida buscando superarse.
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