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Desatada tras el triunfo frente a Egipto en octavos, la campaña contra la Argentina parte de razones políticas que poco tienen que ver con nuestro país. En el centro está la crisis de identidad nacional que padecen las potencias occidentales, derivada del fin de la bonanza de posguerra, la pérdida de influencia global y los problemas de una inmigración masiva de culturas diferentes.

La derecha populista propone reafirmar una identidad basada en una lengua, una religión y un pasado glorioso, como hacen China y Rusia. En el otro extremo, una izquierda emparentada con el movimiento woke considera que la identidad nacional surge de un orden clasista, racista, xenófobo y patriarcal que debe ser desarmado.

La discusión quedó expuesta en la Cámara de Representantes de Estados Unidos. La demócrata Jasmine Crockett interpeló al historiador David Blight, de Yale, sobre las reformas de Trump al Museo Nacional de Historia para eliminar contenidos woke. Le preguntó por qué, durante la final, tantas personas apoyaron a España. Blight respondió que tenía el mejor equipo. Ella retrucó que la explicación estaba en la historia racista argentina.

La afirmación carece de todo rigor. España fue un imperio esclavista. En la Argentina, la esclavitud existió cuando era colonia española y la libertad de vientres fue decretada en 1813, tres años antes de la independencia. Pero el rigor histórico no importa. Lo único que vale para la política son los símbolos y la Argentina es un chivo expiatorio perfecto.

Sin ser una potencia occidental, representa mucho de lo que esta izquierda rechaza: una Selección masculina de “hombres blancos”, con jugadores que exhiben su fe católica y con hinchas que defienden con vehemencia su identidad nacional. La Selección es, probablemente, el símbolo más poderoso de unidad para los argentinos.

Zlatan Ibrahimović, sobre la final del Mundial 2026: “Paredes puede alegrarse de que no hubiera ningún jugador como yo en el campo. Si hubiera estado allí, le habría dado un cabezazo”
Zlatan Ibrahimović, sobre la final del Mundial 2026: “Paredes puede alegrarse de que no hubiera ningún jugador como yo en el campo. Si hubiera estado allí, le habría dado un cabezazo”Reuters

Egipto: el comienzo

La campaña comenzó después del partido contra Egipto. Hossam Hassan, su entrenador, había celebrado la victoria previa sobre Australia con la bandera palestina. Después de quedar eliminado, sostuvo que el Mundial estaba amañado. La supuesta prueba era el famoso gol anulado. Poco importó que la decisión estuviera justificada. Estas campañas necesitan verosimilitud, no veracidad.

El relato era perfecto: un equipo blanco y cristiano, de uno de los países más alineados con Israel, había eliminado con un fallo discutido a una selección árabe y musulmana dirigida por un defensor de la causa palestina. Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York y exponente de esta nueva izquierda, afirmó al día siguiente, en una inauguración ajena al Mundial, que a Egipto le habían robado el partido.

Mamdani llegó al poder reivindicándose como socialista, prometiendo servicios gratuitos y nuevos impuestos a los más ricos. También impulsa candidatos de extrema izquierda en las internas demócratas. Eso explica que Trump presente la campaña republicana como una batalla contra el comunismo.

El Mundial fue un éxito extraordinario en Estados Unidos y durante semanas el principal tema de conversación: una plataforma ideal para una batalla cultural.

La campaña tiene fuerte anclaje en las universidades, especialmente en facultades de humanidades, donde estudios sociales se convirtieron en usinas de consignas políticas presentadas como conocimiento científico. En 2022, Erica Denise Edwards, profesora de la Universidad de Texas en El Paso, publicó en The Washington Post: “¿Por qué Argentina no tiene más jugadores negros en el Mundial?”.

Su tesis era que la herencia africana había sido borrada mediante blanqueamiento simbólico, reclasificación racial y ocultamiento estadístico. Estos estudios consideran al mestizaje una forma de ocultamiento, no el resultado de una sociedad abierta e integradora.

Argentina se enfrenta a Egipto por octavos de final. Foto: EFE.
Argentina se enfrenta a Egipto por octavos de final. Foto: EFE.

Un mal ejemplo

La Argentina no creó guetos de afrodescendientes, judíos, españoles, italianos ni de las comunidades que hacia 1914 representaban casi el 30% de la población. El sistema educativo logró que sus hijos, sin importar idioma, religión o color de piel, hablaran español y se sintieran argentinos.

Es un caso que incomoda porque, pese a sus problemas económicos y su historia de violencia política, se destaca por el bajo nivel de conflictos raciales, étnicos y religiosos, y por la convivencia en la diversidad. Para movimientos que construyen poder transformando diferencias sociales en conflictos, la integración representa un problema. Sin enfrentamientos permanentes, esas campañas pierden su razón de ser.

Para demonizar a la Argentina también fue necesario ensalzar a sus rivales. Poco importó que en Egipto los cristianos representen alrededor del 10% de la población y exista una regla tácita que impide su llegada a una selección integrada exclusivamente por musulmanes. Tampoco que Egipto e Irán protestaran porque Seattle presentó su partido como el partido del orgullo, algo inaceptable para dos regímenes que persiguen la homosexualidad.

Los pecados de los grupos no occidentales son omitidos. Para el movimiento woke, los oprimidos conservan siempre el papel de víctimas.

España, en cambio, fue presentada como ejemplo de integración por Lamine Yamal y Nico Williams. Poco importa que su sociedad sea decididamente menos integradora que la argentina. Lo importante es el símbolo.

Lo bueno es que este abuso de la Argentina y su Selección va a disminuir porque nunca se trató de nuestro país. Durante casi 40 días, el Mundial fue el tema excluyente de conversación. Eso creó una oportunidad, que algunos aprovecharon. Ahora deberán buscar nuevos chivos expiatorios.