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Durante décadas, la Argentina discutió desarrollo sin haber resuelto una condición elemental: la estabilidad. Hablábamos de política industrial, empleo, exportaciones e inversión mientras convivíamos con inflación, déficit fiscal, controles cambiarios y reglas que cambiaban permanentemente. Era, muchas veces, discutir el segundo piso sin haber construido los cimientos.
El programa de Javier Milei empezó por esos cimientos. El orden fiscal, la baja de la inflación, la desregulación, la apertura y la normalización de precios relativos están recomponiendo señales de precios y rentabilidad que durante años estuvieron distorsionadas.
Si la primera etapa consistió en estabilizar, la próxima consiste en convertir esa estabilidad en inversión.
Una economía puede recuperarse durante algunos trimestres utilizando mejor lo que ya tiene. Una fábrica aumenta turnos, reincorpora trabajadores y pone en funcionamiento máquinas que estaban ociosas. El PIB crece sin que necesariamente aumente en la misma proporción el stock de capital.

Eso ayuda a entender una aparente paradoja de la economía argentina. La inversión rebotó con fuerza en 2025 después del desplome del año anterior, pero este año volvió a perder impulso, aun cuando la actividad continuó creciendo. Con una utilización de la capacidad instalada industrial todavía cercana al 60%, muchas empresas pueden producir más antes de necesitar ampliar capacidad.
No debería sorprendernos. Es en buena medida, la secuencia natural de una economía que está saliendo de una crisis.
El verdadero cambio de etapa llegará cuando para crecer haga falta comprar la próxima máquina. Y algunas señales de ese proceso ya están apareciendo.
Energía, minería e infraestructura están atrayendo capital por montos que hace pocos años parecían difíciles de imaginar. Vaca Muerta, el cobre, el litio, el GNL y la infraestructura asociada pueden modificar estructuralmente la capacidad exportadora de la Argentina.
Cuando el riesgo baja, la inversión aparece
El RIGI está jugando un papel importante en ese proceso. Al ofrecer estabilidad fiscal, cambiaria y regulatoria de largo plazo, reduce parte del riesgo extraordinario que históricamente penalizó a los proyectos argentinos. Para inversiones que requieren miles de millones de dólares y tienen horizontes de veinte o treinta años, esa previsibilidad puede definir la decisión.
Y hay algo importante detrás de esos anuncios: cuando el riesgo argentino baja lo suficiente, la inversión aparece.
El desafío es extender progresivamente esa lógica hacia el resto de la economía. Porque fuera de los grandes proyectos, todavía son principalmente las empresas nacionales las que están dando los primeros pasos. Tiene sentido porque el empresario argentino conoce el mercado, tiene activos instalados, proveedores, clientes y equipos, y desarrolló durante décadas una capacidad extraordinaria para operar en contextos volátiles.

El inversor internacional, en cambio, compara permanentemente a la Argentina con otros destinos posibles para su capital. Para él, algunos puntos adicionales de incertidumbre pueden alcanzar para inclinar la decisión hacia otro país.
El éxito final del RIGI no debería medirse solamente por la cantidad de proyectos que consiga atraer. También por cuánto de esa excepcionalidad podamos transformar en las condiciones normales de funcionamiento de la economía.
Porque después de la inversión de miles de millones de dólares debería venir lo que podríamos llamar la inversión de mostrador: la máquina, el camión, el nuevo local, la línea de producción, el software, el depósito.
Miles de decisiones descentralizadas de empresarios que hacen una cuenta relativamente sencilla y llegan a una conclusión: es mejor invertir que esperar.
Un cambio de régimen no se consolida solamente cuando empresas extraordinarias invierten en sectores extraordinarios bajo reglas extraordinarias. Se consolida cuando empresas ordinarias vuelven a invertir bajo reglas ordinarias.
La inversión que necesita la próxima etapa es un capital que se compromete porque existe una oportunidad de negocio y una expectativa razonable de rentabilidad futura. Para ello, la estabilidad macroeconómica es indispensable, pero debe ser acompañada por algo que se construye más lentamente: credibilidad.
Quien compra una máquina no está tomando una decisión sobre los próximos seis meses. Está apostando sobre las reglas que encontrará dentro de cinco o diez años. Quien desarrolla una mina o una infraestructura energética está mirando todavía más lejos.
El inversor debe percibir que las reglas pertenecen cada vez más a la Argentina y cada vez menos al gobierno que circunstancialmente ocupa el poder.

La inversión con rentabilidad pero también con horizonte
Ahí aparece una agenda menos espectacular que los grandes anuncios, pero igualmente determinante: infraestructura, crédito de largo plazo, mercados de capitales, capital humano y una estructura tributaria que deje de penalizar al que produce y trabaja formalmente.
La apertura económica también forma parte de ese proceso. Algunas actividades perderán rentabilidad y otras ganarán oportunidades. Pero el verdadero aumento de productividad ocurre cuando capital, trabajadores y talento pueden trasladarse desde actividades menos productivas hacia otras con mayor potencial.
Por eso la reasignación de recursos será tan importante como la competencia.
Y la Argentina tiene una oportunidad especialmente potente para hacerlo. Energía, minería, agroindustria y economía del conocimiento pueden convertirse en algo mucho mayor que cuatro sectores exportadores. Pueden funcionar como plataformas de inversión capaces de traccionar proveedores, servicios, infraestructura, tecnología y empleo sobre todo el entramado productivo.
Una inversión minera necesita ingeniería, transporte, construcción, software y servicios. Vaca Muerta demanda tubos, equipos, logística, mantenimiento y tecnología. Una agroindustria más competitiva genera oportunidades aguas arriba y aguas abajo.
Ahí es donde los grandes proyectos empiezan a encontrarse con la próxima máquina.
La primera batalla era ordenar la economía y se está avanzando. La próxima es transformar ese orden en horizonte. Y conseguir que después de cada gran anuncio de inversión aparezcan cientos y miles de decisiones más pequeñas: una planta que se amplía, un proveedor que incorpora tecnología, una empresa que contrata trabajadores porque espera producir más y una pyme que invierte en la próxima máquina.
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