
Hay un fenómeno particular que ocurre cuando la gastronomía de Buenos Aires decide salir de su monólogo incesante: mismas propuestas de platitos, mismos barrios, misma onda. Pero hay proyectos que se animan a otra cosa: no buscan parecerse a un render de Pinterest, sino asentarse en la vida real de un barrio. En la esquina de Estomba 991, donde antes funcionaba RS Esquina, florece Lula. Nació en septiembre de 2025 de la mano de Sacha Hamra y su sobrino, el chef Teo Valentini. La fachada conserva esa pátina porteña irresistible —pintura cascada, grafitis con historia—, pero basta cruzar el umbral para entender la jugada: 28 cubiertos adentro (y un puñado más en la vereda) envueltos en un ambiente que maneja el arte de la penumbra cálida, manteles impecables, velas y una cocina expuesta que funciona como el verdadero corazón del lugar.

La propuesta de Valentini no anduvo con rodeos. Formado en cocinas exigentes y curtido por viajes, su norte es una cocina mediterránea —de fuerte matriz española e italiana— que respeta el producto pero no le tiene miedo al carácter. Aquí no hay tibieza ni búsqueda obsesiva del “equilibrio elegante”: hay sabores intensos, contundentes y desenfadados.

La carta —que muta según el capricho de la temporada y la complicidad con pequeños proveedores— ronda los 18 platos entre raciones, vegetales, frutos de mar y pastas artesanales.
La apertura perfecta: La panera de la casa (pan de sémola propio que es un peligro) escoltada por unos morrones asados con boquerones y ajos confitados que te acomodan el paladar de entrada.
Mar e intensidad: Los crudos del día demuestran la frescura de la pesca, pero el verdadero golpe de efecto está en los chipirones a la lionesa: llegan sobre papas fritas hilo crocantes y el toque punzante de ‘nduja.

El dominio de la masa: Los agnolotti de ricota y dátiles son un hallazgo. La dulzura sutil del dátil abraza la cremosidad de la ricota en un fondo de manteca dorada, avellanas y reggianito.
Para el final, la casa no inventa la rueda y se agradece: un cremoso de chocolate denso, rematado con aceite de oliva, escamas de sal y tahini que equilibra el amargor con gracia.

Lula no es solo un bistró bonito; es el tipo de restaurante al que uno quiere volver porque se come con emoción y los platos tienen memoria. Villa Ortúzar sumó un refugio íntimo donde la técnica no tapa el cariño. Una cocina franca, fresca y con el volumen alto en los sabores.














