En la víspera de la final del Mundial, las principales figuras del fútbol se reunieron en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York, que funcionó como base de la FIFA durante las cinco semanas que duró el torneo. Mientras una lluvia torrencial caía sobre la ciudad, comenzaron a circular rumores de que Gianni Infantino, presidente del organismo rector del fútbol mundial, estaba a punto de anunciar una medida de gran impacto.
Al final, el anuncio nunca llegó y la atención se trasladó rápidamente al partido entre España y Argentina, que Infantino siguió desde un palco junto al presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Pero diez días después, el Financial Times reveló qué era lo que Infantino planeaba comunicar: un proyecto para crear una nueva empresa que concentrara los activos comerciales de la FIFA y vender una participación a inversores privados. La iniciativa fue presentada como una oportunidad para inyectar miles de millones de dólares al fútbol y distribuir esos recursos entre las federaciones nacionales para impulsar el desarrollo del deporte.
Según personas familiarizadas con el asunto, la demora en hacer público el plan no se debió a la FIFA, sino a Thrive Eternal, un fondo de inversión controlado por Joshua Kushner, inversor tecnológico y hermano de Jared Kushner, yerno de Trump. Como principal inversor de la operación, Joshua Kushner consideró que la documentación aún necesitaba ajustes antes de ser presentada.
La reacción posterior pareció darle la razón. La apuesta de alto riesgo desató una fuerte ola de rechazo dentro y fuera del mundo del fútbol, con dirigentes políticos de Estados Unidos y Europa condenando la iniciativa. Ahora, tanto la viabilidad del proyecto como el futuro de Infantino al frente de la FIFA, que apenas unos días antes parecía asegurado, quedaron bajo un manto de incertidumbre.
El debate también obligó a quienes forman parte de la industria del fútbol a enfrentar una pregunta que lleva años latente: ¿hasta qué punto puede extenderse la influencia del capital privado en el deporte más popular del mundo? Para muchos, se ha cruzado un límite.
“El Mundial no puede ser tratado como un producto de inversión”, afirmó la UEFA, el organismo que administra el fútbol europeo. “Es uno de los mayores legados deportivos del fútbol. Fue construido a lo largo de generaciones por jugadores, selecciones nacionales e hinchas de todos los continentes. Ninguna parte de ese legado debería quedar en manos de inversores privados”.
El plan que desató semejante rechazo no nació en los pasillos de la sede de la FIFA en Zúrich, sino durante la conferencia anual de Allen & Co. celebrada el año pasado en Sun Valley, Estados Unidos.
Fue allí, en ese exclusivo encuentro por invitación, donde Joshua Kushner y Greg Maffei comenzaron a debatir la idea. Maffei, expresidente ejecutivo de Liberty Media, propietaria de la Fórmula 1, conoce a Kushner desde hace años.
“Creo que él (Kushner) se acercó a mí y me dijo: ‘Mirá, venimos pensando esto con la FIFA y conocemos tu experiencia con la Fórmula 1’”, recordó Maffei, quien había conocido a Infantino cuando el presidente de la FIFA asistió a un Gran Premio. “Nos apartamos hacia un rincón, bajo unos árboles, porque allí puede hacer mucho calor. Conversamos durante un buen rato sobre la visión de lo que esto podía llegar a ser”.
Aunque Thrive Capital está centrado en inversiones tecnológicas, también cuenta con un fondo dedicado a activos considerados “a prueba de la inteligencia artificial”. En abril, Kushner anunció el lanzamiento de Thrive Eternal con la compra de una participación en el equipo de béisbol San Francisco Giants, aunque en paralelo preparaba discretamente una operación mucho más ambiciosa.
Durante casi un año, Kushner trabajó en secreto en el proyecto, que lo pondría al frente de un consorcio de inversores dispuesto a adquirir el 20% de una nueva sociedad valuada en u$s20.000 millones. Thrive declinó hacer comentarios sobre esta historia.
La idea de separar el negocio comercial de la FIFA e incorporar capital externo no es nueva. En 2018, dos años después de que Infantino asumiera la presidencia, el organismo evaluó un plan respaldado por SoftBank para recaudar u$s25.000 millones con el objetivo de crear nuevos torneos globales. La iniciativa finalmente fracasó por la fuerte oposición que encontró.

Desde entonces, sin embargo, el principal torneo del fútbol mundial se volvió mucho más rentable. Durante el Mundial de 2026, disputado en Estados Unidos, Canadá y México, Infantino aseguró a las federaciones miembro que los ingresos del ciclo de cuatro años superarían los u$s15.000 millones, por encima de la proyección inicial de u$s13.000 millones y casi el doble de lo recaudado con el Mundial de Qatar 2022.
Ese torneo también funcionó como un laboratorio para nuevas fuentes de ingresos. La FIFA introdujo pausas de hidratación de tres minutos durante los partidos, que las cadenas de televisión aprovecharon para vender publicidad adicional por cientos de millones de dólares.
La final del Mundial también incorporó un espectáculo de medio tiempo que extendió el descanso tradicional de 15 a 30 minutos, en un claro guiño al Super Bowl de la NFL y a sus lucrativos espacios publicitarios. Además, se vendieron ubicaciones VIP al borde del campo por u$s1 millón, mientras que las entradas generales también registraron fuertes aumentos de precio.
Para los aliados de Infantino, todos estos cambios demostraron que el Mundial estaba subexplotado desde el punto de vista comercial y que todavía podía generar ingresos mucho mayores si las autoridades del fútbol aprovechaban esa oportunidad.
“Infantino entiende que el dinero es lo que mueve todo”, afirmó un importante inversor del sector deportivo. “Es una persona formidable”.
Esta semana, Infantino sostuvo que su propuesta permitiría liberar un “valor comercial que hasta ahora no había sido capturado”, recursos que podrían destinarse a mejorar las canchas, fortalecer las selecciones nacionales y fomentar que más niños practiquen fútbol. Si el proyecto es aprobado en la votación prevista para el 19 de septiembre, cada asociación miembro, desde la pequeña isla atlántica de Montserrat hasta países como India y China, que adhiera al plan recibiría inmediatamente u$s20 millones y vería más que duplicarse sus pagos anuales, de u$s2 millones a u$s5 millones.
Los aliados de Infantino creen que la iniciativa cuenta con respaldo entre las federaciones miembro. Esta semana, la Asociación de Fútbol de Indonesia dijo a Sky News que apoyaba el proyecto.
“Muy poco del creciente valor comercial del fútbol llega a las partes del deporte que más lo necesitan”, sostuvo Infantino. “Es una oportunidad de oro para acelerar el desarrollo del fútbol en todo el mundo”.

El fútbol no es ajeno al capital privado. Muchos de los clubes más importantes del mundo pertenecen a multimillonarios, firmas de capital privado o fondos soberanos. Incluso algunas instituciones que siguen siendo propiedad de sus socios, como Real Madrid y Barcelona, mantienen acuerdos de inversión vinculados a otras fuentes de ingresos, como los derechos de televisión. Además, las ligas de España y Francia separaron sus negocios comerciales y vendieron participaciones a fondos de inversión, una estrategia similar a la que ahora intenta implementar la FIFA.
Sin embargo, muchas de esas operaciones se concretaron en momentos de graves dificultades financieras. Tanto las ligas de Francia como la de España recurrieron a capital externo durante la pandemia de Covid-19, cuando los ingresos por venta de entradas cayeron a cero. Más recientemente, el intento de vender una participación en el brazo comercial de la liga alemana desató protestas masivas de los hinchas. Para muchos, el Mundial sigue siendo un patrimonio intocable.
Entre quienes se oponen al proyecto se encuentra la UEFA, inmersa desde hace años en una disputa con la FIFA. Un exfuncionario del organismo la describió como una “guerra permanente”, cada vez más personal entre Infantino y el presidente de la UEFA, Aleksander Čeferin, quien no asistió a la final del Mundial en señal de protesta por la decisión de la FIFA de levantar la sanción contra un jugador estadounidense tras presiones de la Casa Blanca.
Gran parte de las críticas apuntan al proceso con el que se impulsó la propuesta. Muchos cuestionan el plazo de apenas 53 días otorgado para analizarla. Fuera del círculo más cercano a Infantino, casi nadie conocía la iniciativa antes de que se hiciera pública esta semana. Incluso la Concacaf, que administra el fútbol en Norteamérica, Centroamérica y el Caribe, aseguró que se enteró del proyecto a través de los medios de comunicación.
“Era un grupo muy reducido de personas, un equipo de ninjas”, afirmó una persona que participó en la operación.
Ese nivel de secretismo reavivó las preocupaciones de larga data sobre la forma en que el presidente de la FIFA suele impulsar proyectos sin una consulta amplia. “No es la primera vez que los principales actores del fútbol se enfrentan a iniciativas de gran relevancia cuando el rumbo ya parece estar definido”, señaló la Confederación Asiática de Fútbol.
También generó rechazo la cercanía que Infantino ha cultivado con Trump. El año pasado invitó al presidente estadounidense a entregar personalmente el trofeo al campeón del Mundial de Clubes. En diciembre, además, le otorgó un nuevo “Premio de la Paz” de la FIFA y acordó una alianza estratégica con el Board of Peace impulsado por Trump, un organismo destinado a supervisar la reconstrucción de Gaza.

Los críticos de la estrategia de la FIFA se preguntan por qué el organismo considera necesario incorporar inversores privados, especialmente después del enorme éxito comercial del último Mundial.
“La FIFA ya dispone de recursos financieros extraordinarios. La organización cuenta con reservas por miles de millones de dólares y no tiene deuda”, escribió Carlos Cordeiro en la carta con la que renunció el viernes a su cargo como asesor principal de Infantino. “Si las asociaciones miembro consideran que se necesita una mayor inversión para desarrollar el fútbol, la FIFA ya tiene la capacidad financiera para brindar ese apoyo con los recursos que posee actualmente”.
Muchos creen ahora que el proyecto está condenado al fracaso y recuerdan el antecedente de la Superliga Europea, una iniciativa que buscó crear una nueva competición al margen de la estructura tradicional del fútbol de clubes. Aquel plan colapsó en menos de 48 horas tras el rechazo masivo de los aficionados y la amenaza de acciones legales por parte de reguladores y dirigentes políticos.
Quienes se oponen a la propuesta aseguran que no darán marcha atrás. La UEFA afirmó que ninguna de sus 55 asociaciones miembro participará en competiciones organizadas por la FIFA mientras el proyecto siga en pie y hasta recibir garantías vinculantes de que la inversión privada quedará descartada de manera definitiva.
En la Concacaf también crece la pérdida de confianza en el liderazgo de Infantino, mientras que la Confederación Asiática de Fútbol sostuvo que este episodio debe convertirse en un “catalizador para fortalecer la reforma institucional” dentro de la FIFA.
Algunos ya anticipan que Infantino enfrentará un desafío serio en las elecciones presidenciales del próximo año, mientras que otros analizan impulsar una moción de censura en su contra. El primer ministro británico, Andy Burnham, pidió el viernes que dejara el cargo.
Pese a ello, Infantino mantiene su postura. Está convencido de que las asociaciones miembro respaldan tanto su liderazgo como su proyecto. Uno de sus aliados describió el enfrentamiento actual como una “lucha a muerte” y resumió la posición del dirigente con una frase: “No va a ceder”.















