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Criptomonedas: advierten por el impacto que genera en el calentamiento global

El consumo de electricidad para su funcionamiento es tan gigantesco, que solo el bitcoin demanda anualmente la misma cantidad de energía que toda la Argentina.

En nuestro país, el calentamiento global no es uno de los temas de mayor preocupación entre sus habitantes, a pesar de los incendios en Córdoba y la Patagonia, o las sequías e inundaciones que se vienen sucediendo en distintos puntos del país.

Sin embargo, una inversión de moda como la de las criptomonedas, que podría transformar el universo financiero en profundidad si se sostiene la tendencia de usarlas como reserva de valor (en lugar de las alternativas tradicionales), está íntimamente ligada al cambio climático.

Y eso también afecta a la Argentina, como sostiene la teoría del caos, en la que el aleteo de una mariposa (léase bitcoin) puede generar grandes cambios en otras partes del mundo, incluida nuestra periférica nación, que va recuperando aquel lugar de "última estación" que tenía en la época del imperio español en América.

El bitcoin, que es la divisa virtual más famosa de este universo de criptomonedas y que, en el último año, vio su precio multiplicarse por diez (pasó de valer u$s 5800 a u$s 58.000, en parte gracias al boom que provocó la inversión de Elon Musk de u$s 1500 millones), es un gran consumidor de energía, al igual que las demás monedas que funcionan bajo la tecnología blockchain.

Pero su impacto en el calentamiento global también crece a través de los "Non fungible tokens" (NFT), que son como los viejos fichines, pero en versión digital, y que representan un activo, como por ejemplo un cuadro, un video, etcétera. Estos tokens son muy valorados por los coleccionistas, son negociados y su valor varía en el tiempo.

¿Cuánta energía eléctrica demanda en un año la red de bitcoin para funcionar, sin considerar a las demás criptomonedas? Alrededor de 129 TWh (terawatts-hora), un nivel similar a lo que consume la economía argentina en el mismo lapso de tiempo, de acuerdo con el Centro de la Universidad de Cambridge para las Finanzas Alternativas (CCAF). Si el bitcoin fuera un país, sería el 30° mayor consumidor de electricidad en el mundo.

El tema es que, a mayor demanda de las divisas virtuales (porque sus precios no paran de crecer), mayor es el consumo eléctrico para funcionar. Y esto tiene un impacto indudable en el cambio climático. Como afirmó Bill Gates, "el bitcoin no es algo bueno para el medio ambiente".

Es que este consumo depende directamente de la estructura en que se basan estas monedas. En todo el mundo, miles de computadoras se dedican a "minar" las criptomonedas y verifican las transacciones en la red. Porque por más que estas divisas sean virtuales, el sistema que las alimenta es real y requiere de muchísima energía para que todas estas computadoras funcionen en el mundo.

Justamente, el 61% de esta energía que alimenta el sistema proviene de fuentes no renovables (petróleo, gas, carbón y energía nuclear), según el CCAF. Además, un artículo del New York Times indicó que un 66% de esta actividad se desarrolla en regiones de China con alta producción de carbón.

CRECIENTE PREOCUPACIÓN

"El desafío medioambiental se convirtió en una creciente preocupación en el sector del blockchain en general, sobre todo con la aparición de los NFT", afirmó Joseph Pallant, fundador de la fundación Blockchain for Climate. "Es una gran cosa que se calcule la huella de carbono de estos instrumentos", agregó, recordando que se trata de una tecnología muy contaminante.

En ese sentido, cuando se mide la huella de carbono del bitcoin, ésta es similar a la que produce toda la economía de Irlanda, equivalente a 39 megatoneladas de CO2 lanzadas en la atmósfera. Un estudio de la Universidad de Hawái advierte que, si el uso de las criptomonedas se generaliza, la temperatura de la Tierra podría aumentar más de dos grados en menos de 30 años.

El tema es que todavía nadie sabe a ciencia cierta si las criptomonedas llegaron para quedarse y revolucionar todo el sistema financiero (en ese caso deberían migrar su demanda a energías limpias), o si terminarán estallando en una gigantesca burbuja especulativa y sus requerimientos energéticos se amesetarán en niveles más tolerables para el medio ambiente.

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