Las visitas de la realeza británica a Estados Unidos han funcionado como momentos de unión no solo entre jefes de Estado, sino entre sus países: basta recordar al rey Jorge VI comiendo hot dogs en 1939 con el presidente Franklin D. Roosevelt, o a la reina Isabel II bailando con el presidente Gerald Ford. La visita del rey Carlos III esta semana, oficialmente para conmemorar el 250.º aniversario de la independencia estadounidense, apunta más a renovar los lazos con Estados Unidos y los estadounidenses que con el presidente Donald Trump. Sin embargo, el contexto convierte a esta en una de las visitas más delicadas que ha enfrentado un monarca británico.
Las relaciones entre el Reino Unido y Estados Unidos atraviesan su punto más bajo desde la crisis de Suez de 1956. La negativa de Sir Keir Starmer a respaldar la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán llevó a Trump a denigrar a las fuerzas armadas británicas y a menospreciar al primer ministro. Según se informó, un memorando del Pentágono llegó a plantear la posibilidad de revisar la posición estadounidense sobre las reclamaciones británicas respecto a las islas Malvinas, como represalia. Las tensiones ya venían acumulándose desde que Starmer se sumó a las críticas a las ambiciones del presidente sobre Groenlandia.
Para el Palacio de Buckingham, también existían otros factores disuasorios. Trump ha señalado sus aspiraciones sobre Canadá, país del que Carlos III es también rey. El hermano del monarca, Andrew Mountbatten-Windsor, está siendo investigado por sus vínculos con Jeffrey Epstein. Y el intento de asesinato contra Trump ocurrido este fin de semana generó interrogantes sobre la seguridad.
A pesar de las posibles dificultades, el rey estuvo en lo correcto al seguir adelante con la visita. Incluso posponerla podría haber sido interpretado como una falta de respeto por parte de los estadounidenses. Continuar con el viaje real —que incluye un discurso ante las dos cámaras del Congreso y una cena de Estado en la Casa Blanca— envía un mensaje claro: independientemente de las disputas por Irán, la relación subsiste.
Aun suponiendo que se logre evitar un berrinche de Trump, quizás esté fuera del alcance diplomático de la corona hacer mucho para reparar la relación cotidiana entre el primer ministro británico y un presidente volátil. Pero el rey ha sabido encontrar en el pasado maneras sutiles de aprovechar la fascinación de Trump por la monarquía para señalar su desacuerdo con el presidente e incluso quizás influir en él, especialmente en lo relativo a Ucrania.
El monarca interrumpió su agenda dominical en Sandringham para reunirse con Volodimir Zelensky apenas 48 horas después de la humillación que el presidente ucraniano sufrió en la Casa Blanca, en febrero pasado. Cuando recibió a Trump en el castillo de Windsor en septiembre, la enfática advertencia del rey sobre la “tiranía” en Europa y su llamado a mantenerse unidos con Ucrania para “asegurar la paz” fueron reconocidos por Zelensky como factores que influyeron en un posterior cambio de tono por parte de Trump.

Pero sea cual fuere el resultado de la visita, este es el momento para que el Reino Unido comience a recalibrar sus vínculos. La cooperación militar, de inteligencia y de seguridad sigue siendo profunda. Sin embargo, el ascenso de China y otras economías asiáticas implica que cualquier presidente estadounidense —aunque de manera menos destructiva— mirará más allá del Reino Unido y Europa, y presionará al continente para que asuma mayor responsabilidad en su propia defensa. Pese a la historia y cultura compartidas con Estados Unidos, el lugar del Reino Unido en el mundo no es el que ocupaba en el apogeo de la relación “especial”.
Todo esto vuelve más urgente para el gobierno encontrar formas de aumentar el gasto en defensa —para convencer a Estados Unidos de su seriedad y poder sostenerse mejor por sus propios medios. El país debería tomar como modelo a Mark Carney de Canadá y forjar vínculos más estrechos con socios afines, especialmente en Europa y la Anglosfera, para preservar en la mayor medida posible el sistema basado en reglas.
En ese proceso, debería aprovechar al máximo sus recursos de poder blando: la monarquía y el Commonwealth, el Servicio Mundial de la BBC —gravemente desfinanciado—, su sector de educación superior y sus industrias creativas y deportivas. Gran Bretaña desea, con razón, preservar todo lo que pueda de la relación especial. Pero en el duro mundo nuevo del siglo XXI, otras conexiones también van a importar mucho.
















