Además del desgaste de las dos grandes fuerzas que organizaron la competencia política la década anterior, el ascenso de Javier Milei al poder en 2023 se explica, fundamentalmente, por el efecto corrosivo que el descalabro inflacionario había generado en la opinión pública. Con un aumento de precios interanual superior al 200%, la hipótesis a través de la cual La Libertad Avanza estructuró su gobierno fue sencilla: si lograba derrotar la inflación, el resto de los problemas encontraría un cauce de resolución. Ordenar la economía sería, desde este prisma, ordenar el humor social.
Durante los dos primeros años de gobierno, esa hipótesis se verificó correcta. La sociedad argentina, históricamente refractaria a ajustarse el cinturón, toleró la corrección del gasto público, el achique del Estado y la caída del consumo planteado por el oficialismo bajo el supuesto de que ese sacrificio traería un beneficio superior (la caída de la inflación y el ordenamiento relativo de los principales parámetros económicos). El triunfo legislativo de LLA en octubre de 2025 confirmó ese pacto tácito entre Milei y la sociedad. Con el 41% de los votos a nivel nacional, el electorado validó el camino trazado por los libertarios.
La última medición nacional de Opina Argentina muestra, sin embargo, que esa relación entre desinflación y humor social comienza a debilitarse. En julio, la aprobación de la gestión cayó cinco puntos porcentuales y descendió del 36% al 31%, interrumpiendo dos meses consecutivos de recuperación. Paralelamente, la desaprobación volvió a crecer hasta alcanzar el 63%.
Lo interesante no es solo la magnitud de la caída, sino el contexto en el que ese declive ocurre. Desde el pico de inflación del 3,4% mensual registrado en marzo, el índice de precios descendió al 1,9% en junio. La inflación sigue siendo alta para un país normal, pero es decididamente baja para la historia argentina reciente. Además, el tipo de cambio se mantiene estable y está lejos de ser una fuente cotidiana de incertidumbre. El riesgo país continúa bajando; la balanza comercial es superavitaria; y el Banco Central extiende su racha compradora de divisas.

Todos esos indicadores ofrecen señales de una macroeconomía más ordenada. Y, sin embargo, la sociedad parece haber dejado de recompensar al Gobierno por ese esfuerzo normalizador.
No solo cae la percepción del Gobierno nacional. También retroceden las áreas particulares de gestión, sobre todo las que más incidencia tienen en la vida diaria. En julio, la valoración de la política económica se retrae ocho puntos respecto del mes anterior y la política de seguridad pierde seis puntos. El resto de las áreas también exhibe un deterioro generalizado. De nuestro estudio se desprende que la sociedad empieza a evaluar con más interés las dimensiones más concretas de la experiencia cotidiana.
Este comportamiento sugiere que la discusión pública está entrando en una segunda etapa. Durante el primer año y medio de gobierno predominó una lógica de emergencia. La sociedad parecía preguntarse una sola cosa: si el programa económico lograría evitar una nueva crisis.
Hoy esa pregunta comienza a modificarse. Una vez alcanzada cierta estabilidad, aparecen otras demandas: empleo, ingresos, consumo, seguridad, funcionamiento de los servicios públicos y perspectivas de movilidad social. En otras palabras, la estabilización deja de ser una promesa y pasa a convertirse en un piso desde el cual los ciudadanos empiezan a exigir resultados más amplios y, sobre todo, más tangibles.
Si los primeros dos años de gobierno la paciencia estratégica fue la actitud social mayoritaria, ahora el humor parece estar más signado por la ansiedad. ¿De qué sirve el ordenamiento de la macroeconomía si las tarifas se vuelven impagables? ¿Por qué la baja del riesgo país coexiste con una dinámica creciente de la morosidad de los hogares argentinos?
Esta tensión entre la macro y la micro comienza a cristalizarse en los sondeos de opinión. Y se manifiesta no solo en una menor reputación del Gobierno, sino también en lo apremiante que se volvió el día a día de los argentinos. De acuerdo al último estudio de Opina, uno de cada dos encuestados tomó deudas para pagar gastos cotidianos y el 65% tuvo que usar ahorros para llegar a fin de mes.
Este panorama no implica, desde ya, que el Gobierno haya perdido irremediablemente su capital político. La encuesta también ofrece una evidencia importante: los votantes oficialistas mantienen una elevada cohesión. Incluso frente a iniciativas controvertidas, como el proyecto para suspender el funcionamiento de áreas del Estado cuando agotan su presupuesto, cerca de seis de cada diez votantes de La Libertad Avanza y de Juntos por el Cambio respaldan la propuesta, aunque la mayoría de la sociedad la rechaza.

Es decir, el núcleo electoral del Presidente permanece relativamente sólido. El problema aparece fuera de ese núcleo. Los sectores independientes -aquellos que acompañaron al oficialismo por expectativas materiales más que por identidad- parecen comenzar a preguntarse cuándo la estabilidad macroeconómica empezará a traducirse en mejoras perceptibles en su vida cotidiana. Se trata del segmento de electores que está más allá de la lógica polarizadora de la política argentina, que se mueve hacia uno u otro polo de elección a elección y que suele definir la suerte de cada ciclo electoral.
Toda administración atraviesa un momento en el que el éxito de ayer deja de ser suficiente para explicar el presente. El Gobierno de Javier Milei podría estar entrando precisamente en esa etapa. La sociedad ya le pagó a LLA por la estabilización. Ahora espera ser partícipe de los beneficios de esa estabilización, y no una mera espectadora.
La política argentina suele oscilar entre dos demandas permanentes: estabilidad y bienestar. Durante décadas, la sociedad estuvo dispuesta a tolerar desequilibrios macro a cambio de mejoras materiales. Cuando esos desequilibrios terminaron devorándose la experiencia de bienestar, Milei encarnó la promesa opuesta: la de resignar bienestar para reimplantar el orden.
La novedad del ciclo de opinión pública que se está abriendo es que estas dos demandas empiezan a coexistir. Los argentinos parecen decirle al Gobierno algo diferente de lo que decían hace un año: estabilizar era necesario, pero ya no es suficiente. La forma en la que el oficialismo responda a esta mutación del humor social condicionará, en buena medida, su fortaleza política de cara al 2027.
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