Los datos económicos de la última semana vuelven a dibujar el mismo mapa que viene caracterizando a esta etapa, el de una economía partida en dos. Por un lado, un sector externo pujante que acumula récords y se consolida como el gran sostén de la macroeconomía. Por el otro, un mercado interno que sigue sin levantar cabeza, con la confianza de las familias en retroceso y un consumo que no logra recuperarse. Entender esa dualidad es la clave para leer con precisión el momento que atraviesa el país.

La estrella de la semana fue, sin dudas, el resultado del comercio exterior. En junio, el intercambio de bienes arrojó un superávit de 2.194 millones de dólares, producto de exportaciones por 9.055 millones e importaciones por 6.861 millones. Lo más destacable es la dinámica de las ventas al exterior, que treparon un 24,5% en la comparación interanual. Y ese crecimiento no se explica solo por mejores precios, ya que si bien los valores aportaron 19,5 puntos, las cantidades efectivamente despachadas sumaron 6,8 puntos adicionales, lo que confirma que el país está exportando más volumen y no simplemente cobrando más caro por lo mismo. La mejora fue además generalizada, con casi todos los rubros creciendo a un ritmo cercano al 31%, con la única excepción de los productos primarios, que avanzaron de manera más moderada.

Del lado de las importaciones, el panorama muestra matices que vale la pena leer con atención. Las compras al exterior aumentaron un 7,3% interanual, pero esa suba respondió enteramente a los precios, que crecieron un 11,6%, mientras que las cantidades efectivamente ingresadas se contrajeron un 3,8%. Al mirar el interior de ese resultado, se observa que la mitad de los rubros creció y la otra mitad se redujo. Entre los que más avanzaron aparecen los combustibles y lubricantes, con un salto muy pronunciado, mientras que entre los que cayeron se destacan los vehículos, las piezas y accesorios y los bienes de capital, es decir, buena parte de los insumos ligados a la inversión productiva. Esa retracción de las cantidades importadas es, en el fondo, otro reflejo de la debilidad de la actividad interna.

El dato acumulado es el que mejor dimensiona la magnitud del cambio. En la primera mitad del año, el superávit comercial alcanzó los 13.923 millones de dólares, una cifra que contrasta de manera notable con los 2.762 millones registrados en el mismo período de 2025. En otras palabras, el saldo positivo del comercio de bienes se multiplicó por cinco en apenas doce meses, un salto que explica buena parte de la capacidad del Banco Central para acumular reservas y de la relativa calma que exhibe el frente cambiario.

El contraste con el frente interno, sin embargo, no podría ser más marcado. El indicador que mide la confianza de los consumidores retrocedió en julio hasta los 40,7 puntos, con una caída del 4,8% respecto de junio y del 12,3% en la comparación con un año atrás. El deterioro fue generalizado en todas las regiones, aunque golpeó con más fuerza en el Gran Buenos Aires y en la Ciudad de Buenos Aires. El Interior del país sigue siendo la zona donde la confianza se mantiene más alta, pero incluso allí se registró una baja. Al desagregar el índice, todos sus componentes empeoraron frente al mes anterior, con la evaluación sobre la marcha de la macroeconomía como el más castigado.

Esa desconfianza tiene su correlato en los números del consumo masivo, que ofrecen una fotografía despareja según el canal. Las ventas en los supermercados crecieron apenas un 0,9% mensual en mayo, pero en la comparación interanual cayeron un 0,7% y acumulan un retroceso del 2,8% en lo que va del año. Los autoservicios mayoristas mostraron una dinámica similar, con una leve suba mensual pero una caída tanto interanual como acumulada. La excepción fueron los centros de compras, que crecieron con fuerza en las dos mediciones, aunque en el acumulado del año todavía se ubican por debajo del nivel de 2025. El panorama general es el de un consumo que, en el mejor de los casos, se estabiliza, pero que no logra traccionar la recuperación.

La mirada de los propios empresarios refuerza ese diagnóstico. El indicador de confianza empresarial de la industria manufacturera se ubicó en junio en un terreno claramente negativo, y aunque mejoró levemente respecto de mayo, sigue reflejando pesimismo. Casi el 70% de los industriales consultados cree que su producción no variará en el trimestre que viene, y entre quienes anticipan cambios predominan los que esperan una caída sobre los que prevén una mejora. El factor que más señalan como limitante para producir más es, precisamente, la insuficiencia de la demanda interna, mencionada por más de la mitad de los encuestados. En el rubro de los supermercados y mayoristas, en cambio, el clima empresarial se mostró bastante más favorable, en línea con lo que viene ocurriendo en los últimos meses.

En el frente de las reservas, la semana dejó una nota positiva. El Banco Central cerró el viernes con 49.183 millones de dólares de reservas brutas, lo que implicó un incremento de 393 millones respecto de la semana anterior. La cifra mantiene a las reservas en niveles elevados en términos históricos recientes y confirma que la estrategia de acumulación de divisas, apuntalada por el vigor del comercio exterior, sigue dando resultados.

La semana deja, en definitiva, un cuadro de claroscuros que sintetiza el desafío central de la política económica. El sector externo funciona como un motor potente y confiable, capaz de generar las divisas que el país necesita para ordenar sus cuentas y recomponer reservas. Pero ese dinamismo todavía no se derrama sobre el mercado interno, donde las familias siguen cautelosas, el consumo no repunta y la industria acusa el impacto de una demanda débil. La gran apuesta del programa es que, con el tiempo, la fortaleza exportadora termine contagiando al resto de la economía. Que esa transmisión se concrete, y a qué velocidad, es la pregunta que seguirá ordenando el análisis en los próximos meses.