

Pocas contradicciones son tan visibles en la política energética mexicana como la que hoy se forma alrededor del gas natural. Mientras el gobierno de Claudia Sheinbaum busca reducir la dependencia del combustible estadounidense, el sector privado acelera inversiones para que México sea la plataforma desde donde ese mismo gas viaje a Asia. Esta situación marca una de las transformaciones más profundas del mapa energético norteamericano.
Esto quedó clara hace unas semanas, cuando la secretaria de Energía, Luz Elena González, admitió que entre 75% y 80% del gas que consume México proviene de Texas. La respuesta oficial fue el Plan de Soberanía Energética en Gas Natural: elevar producción nacional, evaluar alternativas de explotación de lutitas y reducir gradualmente la dependencia externa. La advertencia de Sheinbaum sintetiza el diagnóstico: si México sigue la tendencia actual, dependerá aún más del gas tejano.
Pero los mercados no esperan a que termine el debate político. Mientras México discute cómo producir más gas propio, el negocio global podría dar otro rol al país: convertirse en un puente logístico del gas regional hacia Asia.
Si bien México tiene gas, como diríamos, el horno no está para bollos. Se necesita mucha inversión para ello. El IGU World LNG Report 2026 ofrece una fotografía precisa. México concentra 38.6 millones de toneladas anuales de capacidad de licuefacción en proyectos en etapa de decisión final de inversión, una de las carteras más grandes del mundo. A ello se suman 4.7 millones de toneladas en construcción. Con la suficiente inversión o transferencia tecnológica, México se colocaría entre los actores centrales del comercio global de GNL.
Pero como eso quizá no suceda, a menos que México firme otro acuerdo de entendimiento como el de Pemex y Petrobras de hace unas semanas, lo que queda es usar la base instalada para el milagro logístico gasífero.
El detalle que vuelve extraordinaria esta historia es simple: en este milagro del gas, no se usaría gas mexicano. La materia prima llegararía desde Texas a través de la red de gasoductos transfronterizos. Y lo hará respaldada por cifras que dominan las pantallas de Wall Street: producción estadounidense en torno a 110.4 bcfd, precios de apenas 2.94 dólares por mmBtu pese al pico estival y envíos globales de GNL norteamericano que ya absorben 17.3 bcfd. Con el crudo internacional cerca de 95 dólares por barril por riesgos geopolíticos, mover esa molécula barata vía México se vuelve todavía más atractivo.
Durante décadas, el poder energético se midió por reservas. El negocio del GNL está cambiando esa lógica. El valor ya no reside solo en quien perfora el pozo, sino en quien posee la infraestructura para licuar, embarcar y colocar el gas donde vale más. México no será protagonista por el gas que produce, sino por el gas que mueve.
La geografía explica buena parte. Las restricciones del Canal de Panamá, agravadas por sequías, encarecieron y retrasaron el tránsito hacia Asia. Frente a ese cuello de botella, la costa del Pacífico mexicano adquirió un valor estratégico difícil de igualar: el gas estadounidense puede cruzar por ducto hasta Baja California o Sonora, licuarse en México y navegar directo hacia Japón, Corea del Sur o China sin pasar por Panamá.
No sorprende que consultoras como Wood Mackenzie identifiquen al Pacífico mexicano como uno de los polos con mayor potencial para el comercio global de GNL en la próxima década. La ventaja no nació de una innovación tecnológica ni de una reforma regulatoria, sino de una combinación que pocos países pueden ofrecer: frontera con el mayor productor de gas del mundo y salida natural al Pacífico.
Los hechos ya acompañan la narrativa. Este año, ECA LNG, de Sempra Infrastructure, realizó sus primeros envíos comerciales hacia Asia. Entre los compradores apareció TotalEnergies, que comercializó el primer cargamento producido desde esa terminal. Cabe mencionar que la petrolera francesa también vendió recientemente a Grupo Carso una participación en un bloque petrolero del Golfo de México. No hay relación directa entre ambas operaciones, pero juntas ilustran una tendencia: las grandes energéticas están reorganizando sus portafolios en México conforme el GNL gana peso frente a segmentos tradicionales.
Todo esto obliga a redefinir soberanía energética. México agrega valor en la cadena global del gas, pero lo hace sobre un recurso cuya oferta no controla. Captura ingresos por infraestructura, logística, servicios portuarios, almacenamiento y licuefacción, mientras la molécula sigue siendo, en gran medida, estadounidense. Es otra forma de renta energética: más cercana a un centro logístico que a un país productor.
Ahí está la tensión para la política pública. El gobierno busca disminuir la dependencia del gas tejano mientras permite infraestructura cuya competitividad depende justamente de la abundancia y el bajo costo de ese combustible. No son estrategias incompatibles, pero sí responden a lógicas distintas: una mira a la autosuficiencia; la otra aprovecha la integración con Norteamérica.
La paradoja permanece. Mientras México abastece a Asia y aspira a convertirse en nodo del mercado global de GNL, seguirá dependiendo de Texas para encender buena parte de sus plantas eléctricas. ¿Eso contradice la soberanía energética? Más bien habría que preguntar si, en un mundo donde las cadenas de suministro pesan tanto como los recursos naturales, la soberanía significa otra cosa.

















