Opinión

De preguntar si pueden llegar, a si puede durar

Una vez un experimentado dirigente me dijo que en política uno transita la escena entre alcanzar lo ideal y hacer lo posible. El problema -me aclara- es que no es uno sino la realidad la que impone qué es lo ideal y qué es lo posible en cada momento. En este marco, uno podría decir que al Gobierno se le ha venido degradando lo ideal (cada vez aspira a un objetivo más modesto), y lo posible amenaza con perforar el límite de lo mínimo necesario ya que por momentos se dudó de si este ciclo podía llegar a cumplir el mandato.

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En su deambular declinante entre lo ideal y lo posible, el Gobierno ha estado administrando una sábana corta al tener que atender dos flujos de demandas contradictorios: las acuciantes demandas sociales que reclaman más gasto social, mejora del ingreso, más obra pública, etc.; y las urgentes demandas macroeconómicas que reclaman corregir los desequilibrios de la economía (fiscal, monetario, cambiario, etc).

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La pandemia agudizó esta tensión (achicó la sábana corta), porque agigantó las demandas sociales y obligó al gobierno a desequilibrar más la macro (gastó de más). Con el agravante que lo primero fue insuficiente y lo segundo fue gravoso para la economía, dejando al gobierno en un nuevo punto de inicio aún más desafiante que el del comienzo.

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El acuerdo alcanzado con el FMI fue un segundo intento de este gobierno de mostrar voluntad de corregir los desequilibrios económicos (el primero fue en octubre de 2020 cuando el dólar se fue a $200). Ese segundo intento surgió frente a la amenaza de default con el organismo, pero la decisión de tener un programa que corrija los desequilibrios no tuvo el aval de una pieza importante de la coalición: Cristina Kirchner. Ello produjo que ese sector político conspirara deliberadamente contra ese programa, provocando finalmente la renuncia de Martín Guzmán responsable, junto con el presidente, de la osadía de acordar con el Fondo sin el aval de Cristina.

Con el desembarco de Sergio Massa en economía, ocurre el tercer giro ortodoxo del Gobierno y un nuevo intento de corregir los desequilibrios económicos. Todos estos intentos coincidieron con picos en la brecha cambiaria, prueba de que el gobierno es sensible al susto. Pero este último se da en un contexto aún más delicado desde lo político, económico y social que los anteriores. ¿Puede este intento producir un resultado distinto a los dos anteriores?

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Hay una primera diferencia entre este intento y los dos anteriores y es que esta vez habría legitimidad política. El primer intento, el de Guzmán en octubre de 2020, fue obturado cuando Cristina Kirchner pidió alinear precios, salarios, tarifas y jubilaciones en diciembre de 2020, preanunciando el programa económico para el año electoral. El segundo intento, el del primer semestre de este año, también fue obturado por la vicepresidenta socavando sistemáticamente la autoridad de Guzmán para cumplir con el programa con el FMI. Este tercer intento pareciera tener el aval de Cristina, quien se sacó una foto con Massa antes de asumir, sabiendo lo que se iba a hacer. Pero es necesario usar el condicional para hacer referencia a ese aval, porque probablemente sea un apoyo "crítico": si sale bien Cristina bancará, pero si sale mal seguramente no demorará en salir a cuestionar las decisiones.

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La decisión de Cristina Kirchner de avalar lo que Massa está haciendo, es consecuencia del susto que generó en la coalición gobernante la inestabilidad financiera, pero también es consecuencia de que se esfumaron los márgenes para no hacer nada. Ello no quita que el aval haya sido con condiciones: para hacer lo que hay que hacer, el acuerdo político es que hay que hacerlo sin saltos bruscos en el tipo de cambio que generen recesión y más inflación.

Esta particularidad nos lleva a focalizarnos en los dos planos que presentan dificultades para creer que este tercer giro ortodoxo pueda cumplir con su objetivo final de corregir los desequilibrios de la economía: el plano político y el plano social. Dos planos que ofrecen poco margen de acción y muchos riesgos por delante.

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En el plano político, hay que ser cautos para tener certezas de que esta vez la cosa andará, porque para ello es necesario que la coalición finalmente funcione. Ya dijimos que el apoyo de Cristina Kirchner al programa de ajuste sin devaluación será crítico (seguirá apoyando si sale bien), algo parecido podría ocurrir de parte de los otros damnificados por el programa si sale mal: los gobernadores. Además, Massa no es el líder de esta coalición, y su legitimidad política estará condicionada por los resultados que consiga. Por ello, el aval político del que cuenta el ministro no debiera dar lugar a expectativas desmesuradas. Su legitimidad política dependerá de los resultados que muestre.

Pero el plano más delicado es el social. Producir la corrección de los desequilibrios requerirá "medidas dolorosas" como dijo Kristalina Giorgieva. El aumento de tarifas es una de esas medidas dolorosas. La duda es si habrá tolerancia social a esas medidas. Esta es una respuesta que ni Massa ni la coalición gobernante se pueden responder. Solo les queda comprobarlo en la implementación de las decisiones. Pero sí pueden tener en claro que la variable socialmente riesgosa será la inflación. Si tenemos un escenario socialmente disruptivo será por el modo en que el aumento de los precios pueda ir deteriorando el poder adquisitivo y la calidad de vida, sobre todo de sectores vulnerables.

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En definitiva, podríamos decir que el gobierno sigue parado en el mismo punto de inicio, pero ahora los márgenes de acción y el tiempo se le han achicado. Siempre se trató de ordenar la macro y atender las demandas sociales, pero ahora deberá hacerlo evitando la disrupción cambiaria o la disrupción social. Lo positivo, es que hace un mes nos preguntábamos si este ciclo llegaba a 2023, hoy nos preguntamos si este cambio de rumbo puede durar hasta 2023. Una preocupación un poco menos preocupante que la anterior. 

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