
La miniserie “Cautiva” es un furor en el mundo del streaming pero no todos conocen la historia real que la inspiró. Se remonta a un caso que salió a la luz en 2016 y que tuvo como escenario el monasterio del Carmelo de Nogoyá, en Entre Ríos.
Allí, Silvia Albarenque pasó alrededor de 15 años como religiosa y, según su propio testimonio, atravesó un régimen marcado por restricciones, aislamiento y distintas formas de castigo.
Silvia había llegado al convento después de dejar sus estudios de Psicología y atravesar un período de incertidumbre personal. Lo que esperaba que fuera una búsqueda de contención y un nuevo camino terminó transformándose, de acuerdo con su relato, en una experiencia dominada por la obediencia, las prohibiciones y el alejamiento de su entorno familiar.
Los castigos que sufrió dentro del convento
Silvia describió castigos macabros como el uso de una mordaza con frecuencia. Según contó, la superiora Luisa Toledo utilizaba un tubo de vitaminas con perforaciones, que quedaba colocado en su boca y sujeto detrás de la cabeza con un elástico. El tiempo que debía llevarlo puesto variaba según la gravedad que se atribuyera a la falta cometida.

El régimen también incluía períodos de encierro y limitaciones relacionadas con la alimentación. Silvia relató que podía permanecer recluida en su celda durante varios días, con las puertas y ventanas cerradas y sin iluminación artificial. En determinadas ocasiones, aseguró que solamente disponía de una botella de agua y un pan, mientras quedaba apartada de las actividades habituales del resto de las religiosas.
Aislamiento y restricciones para una vida fuera del monasterio
El aislamiento alcanzaba también los espacios de convivencia. Durante los castigos, Silvia no podía participar de los recreos, compartir las comidas ni realizar tareas comunitarias. En algunas oportunidades debía entrar al comedor cuando las demás ya habían terminado y quedaba excluida de actividades como cocinar, trabajar en la huerta o colaborar con otras religiosas. También afirmó que llegó a ser responsabilizada por comportamientos atribuidos a otras hermanas.
Con el paso de los años, la posibilidad de abandonar el monasterio se convirtió en una de sus principales preocupaciones. Silvia quería volver a tener contacto con su familia y, según relató, pensó en recurrir al entonces arzobispo de Paraná, Alberto Puiggari. Sin embargo, sostuvo que Toledo le impedía disponer de lápiz y papel y que la estructura de autoridad religiosa dificultaba sus intentos de salir.
El episodio extremo y el regreso a la vida cotidiana
La situación alcanzó un momento crítico cuando Silvia intentó quitarse la vida golpeándose reiteradamente la cabeza contra el piso. Según su testimonio, la respuesta que recibió fue otro castigo: la utilización de un cilicio entre las piernas. Finalmente, consiguió abandonar el convento después de aproximadamente 15 años, aunque el regreso a la vida cotidiana estuvo acompañado por dificultades derivadas de su prolongado aislamiento.

El caso había sido investigado periodísticamente por Daniel Enz en 2016 y derivó en una investigación judicial que involucró a Luisa Esther Toledo, Silvia Albarenque y Roxana Peña. Años después, Silvia retomó sus estudios y en 2022 se graduó como docente de Literatura. Su experiencia se convirtió en uno de los puntos de partida de la miniserie.
















