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La historia de Hernán es la de una transformación profunda y una vuelta de página definitiva. Criado en la Capital Federal y radicado durante gran parte de su vida en la localidad bonaerense de Merlo, hoy contempla la inmensidad de las sierras cordobesas desde un refugio levantado con sus propias manos.

Atravesar una etapa oscura marcada por el consumo de sustancias, el alcoholismo y la pérdida del trabajo fue el detonante para iniciar una búsqueda de sanación que lo llevó directamente al valle de Traslasierra.

Un grave accidente doméstico, en el que una pileta de cemento le aplastó un pie, terminó de acelerar la necesidad de un cambio de rumbo.

Convencido de que debía alejarse del entorno urbano para reconstruir su salud física y emocional, decidió mudarse a Córdoba, un territorio que, según reconoce en una entrevista con Crónicas del cambio (YouTube), se convirtió en su principal espacio de recuperación personal.

El hallazgo en Paraje Rodeo de Piedra: “Sentí una expansión en el corazón”

En su nueva vida en las sierras, Hernán comenzó a incursionar en el ámbito de la bioconstrucción y en la realización de artesanías con cristales.

Su llegada al terreno donde hoy reside se dio a través de una serie de casualidades afortunadas: un amigo lo convocó para hacer una “changa” de trabajo en la zona y, al día siguiente, otro conocido le avisó sobre la venta de una parcela en el Paraje Rodeo de Piedra, al pie del cerro Champaquí.

Al ingresar por primera vez a esa hectárea de tierra rodeada de vegetación nativa, sintió una fuerte certeza interior de que había encontrado su lugar en el mundo para asentarse y cuidar el entorno.

A partir de ese momento, comenzó a proyectar la edificación de su hogar bajo premisas estrictamente sustentables y de bajo impacto ambiental.

Una vivienda “a lo criollo”: cuatro años de bioconstrucción con materiales reciclados

El desarrollo de su casa abarca cuatro años de trabajo consciente, artesanal y basado mayormente en el reciclaje. La estructura, de 4x4 metros, fue levantada con una técnica “a lo criollo”, utilizando un entramado de palets, cañas, paja, barro y botellas plásticas rellenas con bolsas de residuos para conformar los muros.

Los únicos materiales comprados fueron el machimbre y las chapas para la cubierta del techo, adquiridos gracias a la ayuda económica de un amigo.

Para afianzar la edificación, una red de alambres sostiene las cañas, las piedras y las botellas, mientras que el revestimiento se realizó con una mezcla tradicional de barro, paja y bosta.

La vivienda cuenta con una pequeña ventana orientada hacia el este para recibir la brisa de la sierra y una salamandra construida a partir de los restos de una antigua cama de hierro para afrontar el frío de la montaña.

Más allá del aspecto técnico, Hernán asume el proceso sin apuros, comparando su propia paciencia con la del Champaquí frente al paso del tiempo, las lluvias y la nieve. Para él, levantar cada pared no representa únicamente un refugio físico, sino una parte activa de su proceso de sanación.