Estas dos ciudades australianas quieren destronar a Sídney

Estas dos ciudades australianas quieren destronar a Sídney

Melborune y Brisbane decidieron a salir a competir como destinos por derecho propio: una apostó por la grandiosidad arquitectónica en diálogo con la naturaleza; la otra busca convertirse en el mejor polo gastronómico del hemisferio sur.

Es muy difícil hacerse un lugar al lado de Sídney. Lo comprobaron, sin duda, las autoridades de Melbourne y Brisbane al trabajar para que sus ciudades den un paso adelante en el mapa del turismo australiano. Cada una tuvo que elaborar su propia estrategia. La primera decidió transformarse y desarrolló un estilo y una calidad de vida urbana que fueron regularmente elegidos como los mejores del mundo durante los últimos años. La segunda apostó a la pelea directa gracias a sus buenas conexiones con los tigres asiáticos y lanzó un faraónico plan de obras para verse como una opción más tropical y playera que la urbe más poblada de Oceanía.

Australia dorada

El estado de Queensland ocupa la parte noreste de la isla continente. Es conocido en el mundo entero por su costa, bordeada por la Gran Barrera de Coral y algunas islas de ensueño, como las Whitsundays: quien haya visto la película El casamiento de Muriel se acordará de sus resorts, donde la vida promete ser una fiesta permanente. Brisbane, por su parte, es la puerta de acceso a la Gold Coast, un litoral de playas tropicales y parques de diversión -Sea World, Wet’n’Wild, Warner Bros Movie World- que es el destino de vacaciones preferido de los australianos.

Aunque sea la capital del Estado, Brisbane mantuvo un bajo perfil hasta que los asiáticos, primeros en descubrirla masivamente, le dieron el empujón para transformarse en un destino de primera línea.

En pocos años, las orillas del río Brisbane se transformaron. Y si bien las obras van a seguir por varios años, la costanera del centro histórico ya está bor-deada por torres cada vez más altas. Este plan concluirá con la inauguración de Queen’s Wharf, un proyecto de oficinas, departamentos, hoteles y casino inspirado directamente en el impactante Marina Bay Sands de Singapur. Evidentemente, Brisbane no eligió las medias tintas a la hora de renovarse y promete ser tener uno de los centros financieros más modernos del hemisferio sur en breve.

Al mismo tiempo, sigue siendo la simpática Gran Hermana de la Costa Dorada. El sol y el clima tropical imponen un estilo de vida relajado. En minutos se va desde las oficinas a las piletas con playas artificiales; y en media hora se supera la distancia entre el centro y el outback, como llaman los locales a su inmenso y salvaje patio trasero que es el despoblado interior. En la ribera opuesta al downtown, South Bank fue una de las primeras áreas donde el cambio se hizo realidad: concebido como un centro de entretenimiento al aire libre, bordea el río y combina jardines, piletas, juegos de agua, una playa de arena, un anfiteatro. ¡Y hasta un auténtico templo budista aporta un toque espiritual! Fue un regalo de Nepal y es uno de los pocos de su tipo que se pueden ver fuera del Himalaya.

En cuanto a gastronomía, lo más relevante es la fusión de las tradiciones de sus principales comunidades, desde la británica de los tiempos de la colonia hasta la japonesa. Para probar y comprobar, un guía tuvo la idea de armar degustaciones itinerantes: la propuesta se llama Bite Sip Stroll y consiste en que los grupos de gourmets caminen por la ciudad y se detengan en distintos restaurantes para, por ejemplo, degustar la entrada en el multipremiado reducto japonés Saké y saborear el plato principal en Urbane, cuyo chef es argentino. La salida sibarita concluye en los jardines de la antigua Aduana, donde se sirve un auténtico té inglés.

De canguros y koalas

Alejándose de Brisbane, el paisaje deja de ser una costa tropical para dar paso a montañas que forman varias pequeñas cadenas. Conviven dos paisajes distintos: los valles y las llanuras, donde los pueblitos están rodeados de campos en los que predominan los cultivos orgánicos; y los bosques y los relieves, protegidos por varios parques naturales. Es un paraíso para practicar escalada, trekking o cicloturismo. Existe una opción más sofisticada para descubrir sus encantos: sobrevolar las montañas en helicópteros. Claro que no es la manera ideal para avistar animales, especialmente los canguros de distintas especies que abundan allí. Para eso se recomienda hospedarse en un lodge como el Spicers Peak: al estar emplazado en una cumbre, no sólo ofrece vistas amplias sino que es el punto de partida ideal para salir a caminar al amanecer y al atardecer y, así, asegurarse la observación de las manadas que se animan a curiosear en el parque del hotel.

Para avistar koalas, Brisbane tiene el mejor spot del este australiano: el Lone Pine Koala Sanctuary es la mayor reserva de estos animales y es uno de los muy pocos lugares donde se puede interactuar con ellos. Además, es posible tener acceso directo a casi todo el exótico bestiario australiano: canguros, ornitorrincos, kookaburras, emúes, dingos.

De visita por las montañas del Scenic Rim, en las afueras de la ciudad, no hay que dejar de probar el producto local por excelencia: el finger lime es el ancestro de los cítricos, una especie de lima compuesta por granitos en lugar de gajos. La vaina tiene la forma de un dedo (de ahí su nombre), existen cinco variedades (cada una de un color distinto) y se utiliza como condimento de platos dulces o salados por igual. Una de las plantaciones, The Lime Caviar Company, está abierta a los turistas y organiza almuerzos con degustaciones.

La perla foodie

Durante mucho tiempo, Melbourne fue el anclaje británico de Australia: supo conservar lo más propio del Viejo y el Nuevo Mundo para crearse un estilo de vida que fue elegido, sistemáticamente, en el top five de los ránkings internacionales de bienestar. De esta manera, volvió a ser protagonista de primera línea, un lugar que había resignado cuando dejó de ser la capital nacional en beneficio de Canberra, en 1927. Buscando recuperar la gloria de cuando fue anfitriona de los Juegos Olímpicos 1956, es la sede anual del Abierto de Tenis de Australia, de una fecha de la Fórmula 1 y de Moomba, el mayor festival local, que alcanza picos de más de millón y medio de visitantes. Además, en 2017 organizó la entrega de los premios The World’s 50 Best Restaurants, una sagaz estrategia mediática de cara a su aspiración de convertirse en la capital gastronómica de Australia y del sur del mundo.

Como es muy frecuente en las grandes ciudades anglosajonas, el centro de Melbourne es una selva de cemento, metal y vidrio. Con la diferencia de que su skyline de rascacielos se refleja en el agua. En este caso, se trata del río Yarra, que corre por un valle vitícola y bordea el centro histórico antes de perderse en el océano.

El viejo casco traza un mapa rectangular estriado de calles paralelas. Russell Street es una de las principales y lleva directo a Federation Square, que se puede considerar como el epicentro de la nueva era de Melbourne. Está a orillas del río, en el corazón exacto de las dos caras de la urbe: el downtown y los nuevos barrios del Southbank. Creado en 2002, Federation Square -y sus diferentes espacios multipropósito- recibieron, desde entonces, a 80 millones de personas, más de tres veces la población de Australia. Es una visita ineludible, sea para ir hasta los embarcaderos de los yates que navegan por el Yarra para mostrar a los viajeros el perfil de la ciudad desde el agua, sea para ir a la gran estación de trenes subterránea bajo sus espacios al aire libre, sea para recorrer sus exposiciones o para visitar el  Australian Centre for Moving Image, uno de los mejores del mundo dedicado a las nuevas tecnologías. Hay más razones todavía: es un distrito rodeado de cafés y restaurantes, con el atractivo adicional de que es el mayor lugar al aire libre con wi-fi en toda Australia. Está bajo la sombra de la Eureka Tower, la más alta de Australia, que sobrepasó a las Rialto, sus vecinas, un lugar de alta -en ambos sentidos de la palabra- cocina: el restaurante panorámico Vue du Monde, a cargo de Shannon Bennet, el chef más popular del país, está en el piso 55.

Para circular por la ciudad, la mejor alternativa es subirse a los tranvías de la Circle Line, un servicio gratis que rodea el casco histórico y se integra al resto de la red de transporte público. Atención, pues existe una variante foodie: el Colonial Tram Restaurant propone almorzar o cenar a bordo de vagones ambientados como en los años ‘20. El recorrido llega hasta los encantadores suburbios como Ripponlea -un barrio judío donde se encuentra el restaurante del mejor chef del momento en Australia: Attica, de Ben Shewry- o Saint Kilda, un balneario sobre el mar que ha conservado un Luna Park retro.

El centro de Melbourne registra la apertura de nuevos restaurantes a un ritmo sostenido. Junto a propuestas clásicas como el Greek Precinct -el antiguo barrio de la mayor comunidad helena fuera de Grecia-, los barrios chino y japonés y los pubs anglosajones tradicionales, se sumaron reductos de cocina de autor y fusión. E incluso el Queen Victoria Market, un mercado de abasto con varias décadas, se ha reconvertido en formato foodie y ahora es pródigo en bistrós y food trucks. Un dato extra: los australianos dicen que las mejores donuts del mundo se comen ahí, a un costado de los puestitos de frutas y verduras, en un rincón del predio. A buscarlo…

Contracara salvaje

El Valle del Yarra es la mayor región de las 65 censadas como productoras de vinos en Australia. Es una actividad en pleno crecimiento, a tal punto que la Ruta del Vino local se va extendiendo regularmente con nuevos establecimientos que abren sus puertas a las visitas y las degustaciones. Una incursión en la región permite conocer el costado más salvaje de Australia: Healesville es un centro de fauna que nació como clínica donde se rescataban animales heridos en las rutas o por los cazadores. Con el tiempo, se convirtió en un gran parque donde se pueden conocer casi todos los animales australianos. De hecho, es uno de los muy pocos lugares con demonios de Tasmania fuera de su isla de origen. Sobre la vecina isla Phillip, al sur de Melbourne, hay un centro de koalas con pasarelas a la altura de las ramas de los eucaliptos para verlos en su ambiente natural.  Y la playa sur alberga la única colonia de pingüinos azules, la especie más pequeña conocida.

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