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Lula llega cansado e inquieto a las elecciones en las que busca el récord de cuatro mandatos constitucionales. El cansancio no tiene que ver sólo con que está a días de cumplir 81 años. Lo que hace algunos meses parecía encaminado hacia una reelección relativamente cómoda se convirtió en una disputa cerrada, en la que empieza a pasar algo que parecía impensable: Flávio Bolsonaro puede estar mejor posicionado para conquistar el angosto pero decisivo centro que le permitió a Lula volver al poder hace cuatro años.
En diciembre de 2025, Datafolha le daba a Lula una ventaja de 15 puntos sobre Flávio en un eventual balotaje. En junio todavía ganaba 41% a 31% en primera vuelta y 47% a 43% en segunda. La última medición lo muestra 40% a 36% en primera y 47% a 45% en segunda, dentro del margen de error. La consultora Quaest midió 42% para cada uno en la probable segunda vuelta del 25 de octubre.
Entre los electores que no se identifican ni con el petismo ni con el bolsonarismo, Datafolha muestra hoy una ventaja de Flávio en balotaje. Y entre quienes todavía pueden cambiar su voto, el hijo de Jair aparece como una alternativa más mencionada que Lula. La reacción del gobierno muestra hasta qué punto cambió el escenario. Ahora prima la ansiedad.
Nossa Senhora fake
En las últimas semanas, la campaña oficialista se abrazó a una noticia falsa: que Flávio quería quitarle a Nuestra Señora de Aparecida el título de patrona de Brasil. La historia mezcló una frase del candidato —que Brasil sería “del Señor Jesucristo”— con un proyecto presentado por un diputado en 2007, cuando el bolsonarismo ni siquiera existía. Aquella iniciativa había sido archivada, pero regresó en forma de fake news.
Flávio lo desmintió y el Tribunal Superior Electoral ordenó retirar publicaciones que le atribuyeran falsamente esa intención. Pero Lula mantuvo vivo el tema. En una entrevista dijo que “meterse con Nuestra Señora de Aparecida no es aceptable”. Cuando la periodista Adriana Araújo le señaló que era una noticia falsa, respondió: “No sé si fue una noticia falsa”.
Para entonces, la historia ya se había convertido en una de las más replicadas de toda la campaña, acentuando la fortaleza electoral de Lula entre los católicos, compensada en parte por el peso del apellido Bolsonaro entre los evangélicos.

Pero la principal respuesta del Gobierno a la reciente debilidad electoral fue un auténtico “plan platita” verde-amarelo. Aumentó subsidios, aprobó exenciones impositivas e incrementó el beneficio mínimo del programa Bolsa Familia de unos u$s116 a u$s133. Además lanzó créditos subvencionados para distintos sectores, prohibió las apuestas online y presentó una nueva versión del Desenrola, el programa de renegociación de deudas.
Esta última medida es la más significativa. El Tesoro ya no se limita a facilitar renegociaciones: podrá comprar carteras vencidas para reestructurar hasta u$s29.000 millones en deudas, con descuentos que pueden superar 90%. El costo presupuestario estimado es de u$s2.900 millones. El alivio puede ser enorme para millones de familias. También el incentivo a dejar de pagar esperando un rescate futuro.
La suma de las medidas anunciadas en el año electoral llega hasta u$s41.600 millones. Un monto que presiona sobre un déficit fiscal que ronda 9,5% del PIB y una deuda bruta que supera el 83% del PIB, 11 puntos más que cuando Lula volvió al poder. Esta estrategia podrá ayudarlo a alcanzar el ansiado cuarto mandato, pero puede ser una bomba de tiempo que le explote en las manos.
Economía en amarillo
Lula todavía tiene muchos números económicos para mostrar. El desempleo está en 5,3%, mínimo histórico para un trimestre terminado en agosto. La masa salarial real alcanzó un récord y el poder adquisitivo sigue bastante por encima del nivel que recibió de Bolsonaro padre. Pero las buenas noticias se fueron apagando con el correr de 2026.
El PIB creció apenas 0,5% en el segundo trimestre y el consumo de las familias cayó 0,4%. El salario real perdió impulso desde el pico de marzo. El crédito sigue caro, el endeudamiento de los hogares llega a 49,9% de sus ingresos y la morosidad se convirtió en uno de los principales problemas económicos del país.
También cambió la política. Lula regresó al poder en 2022 con una coalición amplia y eligió como vicepresidente a Geraldo Alckmin, histórico dirigente de la centroderecha y antiguo adversario del PT. Ahora repitió la fórmula, pero la campaña casi no lo muestra y se volvió más identitaria y confrontativa.

La figura detrás de ese giro es Janja, la primera dama, que ganó un inusitado protagonismo. La socióloga de 60 años, militante del PT desde la adolescencia, no sólo habla en todos los actos públicos, en algunos casos profiriendo insultos contra los rivales de su esposo. También es quien maneja la escena, la que decide quién se sube a la tarima, quién habla más y quién menos.
El empoderamiento de Janja fue en desgracia de un hombre clave de Lula: Marco Aurélio Santana Ribeiro, más conocido como Marcola. Era el jefe de gabinete y lideraba la coordinación política y operativa. Pero su nombre quedó asociado a un escándalo de corrupción. Lula trató de preservarlo sacándolo del gobierno y poniéndolo a cargo de la campaña. Pero la presión fue tan grande que debió removerlo también de ese lugar.
Estas son algunas de las razones por las que Lula está perdiendo el centro. Nada de esto alcanza para concluir que vaya a perder. Si el voto económico termina siendo decisivo —como casi siempre— puede pesar que el empleo, los salarios y buena parte de los indicadores sociales estén mejor que en 2022. Pero el desgaste de los últimos meses está cambiando el clima social y político. Por eso Lula llega inquieto al domingo.

Por Dario Mizrahi
Politólogo y periodista especializado en internacionales
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