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La interrupción del flujo energético a través del estrecho de Ormuz provocó un impacto global que va mucho más allá de los mercados del petróleo y el gas. Los efectos se propagaron rápidamente al transporte marítimo mundial, a las cadenas de suministro industriales y a las facturas en los hogares, al tiempo que añadieron presión a la inflación y a las finanzas públicas.
Pero la crisis también puso de manifiesto una realidad urgente: para muchos países, la transición energética es tanto una cuestión de seguridad y resiliencia económica como de sostenibilidad.
Durante gran parte de la última década, la cuestión central que marcó el debate sobre la transición fue si las tecnologías limpias podrían expandirse con la suficiente rapidez como para competir con los combustibles fósiles. En muchos sectores y regiones, esa pregunta ya se ha respondido. En 2025, las energías renovables y la energía nuclear generaron el 42% del consumo mundial de electricidad, la generación renovable creció un 9% y la inversión mundial en energía limpia alcanzó un récord de 2,3 billones de dólares.
La pregunta más difícil ahora es si los países pueden construir sistemas energéticos diversificados y seguros que sean asequibles, sostenibles y resilientes en situaciones de estrés.

Una nueva investigación del Foro Económico Mundial sugiere que muchos países se enfrentan a dificultades para tener éxito en los tres frentes a la vez. Aunque el avance global de las energías limpias continuó durante el último año, los fundamentos que determinan si ese progreso puede mantenerse —la inversión, las infraestructuras, la estabilidad normativa y la innovación— se vieron sometidos a presión.
La seguridad energética fue el ámbito que evidenció mayores signos de presión, mientras las tensiones geopolíticas, los cuellos de botella en infraestructuras y la concentración de las cadenas de suministro se intensificaron. La crisis de Ormuz no hizo sino acelerar esta tendencia.
Esta vulnerabilidad está influyendo cada vez más en la forma en que los gobiernos conciben la transición energética.
En el pasado, el progreso se medía principalmente en función de la rapidez o el coste con que los países podían ampliar su capacidad renovable, impulsar la adopción de vehículos eléctricos o atraer inversiones. Hoy en día, la seguridad se ha convertido en una medida de éxito aún más importante: la capacidad de mantener sistemas energéticos fiables y asequibles en medio de una creciente incertidumbre geopolítica.
Qué hacen los países para bajar la vulnerabilidad
Los países que están respondiendo con mayor eficacia reducen su exposición a las perturbaciones externas mediante la inversión en capacidad nacional y fuentes de energía diversificadas.
China ofrece un buen ejemplo. Si bien sigue dependiendo en parte de los combustibles fósiles importados y del carbón nacional, también está acelerando la electrificación y la ampliación de la red gracias a un rápido despliegue de energías renovables a gran escala. Actualmente, la energía eólica y la solar generan el 22% de la electricidad de la nación. La importancia aquí no radica únicamente en el ritmo y la magnitud. El objetivo es reducir la exposición a perturbaciones externas mediante la construcción de un sistema energético más resiliente e integrado internamente.

Europa está siguiendo un camino diferente con un objetivo similar. Desde la invasión de Ucrania por parte de Rusia, la inversión en redes, almacenamiento, hidrógeno, bombas de calor y fabricación nacional de tecnología limpia se ha convertido tanto en una cuestión de autonomía estratégica y competitividad como de acción climática. Un objetivo clave es reducir la exposición a importaciones potencialmente volátiles, aunque el impacto del cierre de Ormuz ha puesto de relieve la magnitud del desafío.
Brasil, por su parte, muestra cómo se materializa una mayor resiliencia. Décadas de inversión en biocombustibles, junto con una matriz energética nacional relativamente limpia, han dejado al país menos expuesto a la reciente volatilidad que muchos de sus pares. Una inversión renovada en etanol, biodiésel y combustible de aviación sostenible están reforzando esa ventaja. En conjunto, estos esfuerzos ayudan a proteger al país frente a perturbaciones externas, al tiempo que avanzan en sus objetivos de descarbonización.
Japón apunta a otra dimensión del reto de la resiliencia: la seguridad de las cadenas de suministro y la innovación. La seguridad energética se extiende cada vez más allá de los combustibles para abarcar minerales críticos, baterías, semiconductores y equipos de red. Un sistema nacional de reservas de metales raros refuerza la protección frente a las interrupciones del suministro procedente del extranjero, mientras que décadas de avances en eficiencia energética, sostenibilidad e innovación demuestran cómo se puede combinar la seguridad con la capacidad industrial. El resultado es un modelo en el que la resiliencia fomenta la competitividad en lugar de simplemente proteger frente al riesgo.
En conjunto, estos ejemplos ponen de manifiesto un cambio en la lógica competitiva de la transición. Los países que puedan suministrar energía fiable a partir de fuentes mixtas, una infraestructura sólida y cadenas de suministro seguras estarán en mejores condiciones para atraer inversiones y fortalecer su capacidad industrial. La capacidad de resistir las interrupciones se ha convertido en una ventaja económica estratégica.
Para los gobiernos, esto implicará centrarse no solo en el despliegue de energías renovables, sino también en la construcción de redes, almacenamiento y marcos de inversión que hagan los sistemas más resilientes. Para las empresas, la estrategia energética se volverá inseparable de la estrategia competitiva.

Los fabricantes, los centros de datos y las empresas industriales ya están expuestos no solo a los precios de la energía, sino también a la fiabilidad de la red, las interrupciones del suministro de combustibles y las limitaciones de la infraestructura. Se prevé que estos factores desempeñen un papel cada vez más importante en las decisiones de inversión, a medida que las empresas valoran más la certeza y la continuidad del suministro.
La principal lección de la crisis de Ormuz no es hasta qué punto siguen siendo vulnerables los mercados globales ante las perturbaciones de los combustibles fósiles. Es que la seguridad energética no está separada de la propia transición, sino que es, cada vez más, una de las condiciones de las que depende. Sin una energía segura y fiable, la asequibilidad se debilita y la sostenibilidad se vuelve más difícil de mantener.
Los países que saldrán fortalecidos de la próxima fase de la transición serán aquellos que cuenten con sistemas energéticos diversificados que sigan siendo seguros, asequibles y sostenibles en un mundo cada vez más incierto.
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