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Por primera vez desde que Javier Milei llegó al poder, el Fondo Monetario Internacional dejó de hablar únicamente de estabilización. Kristalina Georgieva eligió otra expresión para describir cuál debería ser la siguiente etapa del programa económico argentino: “Prosperidad compartida”.

No fue una frase al pasar. En la visión del FMI, después de haber logrado bajar la inflación, recuperar el equilibrio fiscal y recomponer la confianza de los mercados, el gran desafío pasa por otro lado: hacer que el crecimiento llegue a los sectores donde trabaja la mayor parte de los argentinos. En términos políticos, que el crecimiento sea palpable también allí donde hay más cantidad de votantes, pensando en 2027.

Los motores que hoy empujan la economía no son necesariamente los que más empleo generan. Los datos muestran con claridad esa divergencia.

Mientras la explotación de minas y canteras creció casi 16% interanual y la agricultura avanzó cerca de 5%, esos sectores explican apenas 113.000 y 1,3 millones de puestos de trabajo, respectivamente.

Del otro lado aparecen los grandes empleadores de la economía. El comercio sostiene 4,3 millones de empleos, la industria manufacturera 2,5 millones y la construcción otros 1,8 millones. En conjunto reúnen cerca de cuatro de cada diez trabajadores argentinos.

Sin embargo, son precisamente los sectores que todavía muestran el peor desempeño. La industria sigue cayendo 5,6% interanual. El comercio retrocede 4,3%. La construcción apenas logra crecer 1,9%, aunque comienza a mostrar algunas señales de recuperación.

La paradoja es evidente: los sectores que más crecen son los que menos empleo generan; los que más trabajo dan siguen muy rezagados. Ese es exactamente el fenómeno que Georgieva intentó resumir con la idea de “prosperidad compartida”.

Dos Argentinas

Desde el Ministerio de Economía sostienen que el diagnóstico debe hacerse mirando otra serie. El viceministro José Luis Daza afirma que el EMAE mensual está distorsionado por un nivel inédito de volatilidad estadística.

Según explicó, durante 2026 la variabilidad mensual del indicador prácticamente se duplicó respecto de los años anteriores, generando movimientos imposibles de explicar por la economía real. Por eso propone utilizar la serie tendencia-ciclo que publica el INDEC.

Bajo esa medición, asegura que Argentina acumula 26 meses consecutivos de crecimiento, algo inédito desde hace más de una década. Su argumento es que el país finalmente rompió el techo que limitó la actividad durante quince años y hoy produce más que nunca, pero con equilibrio fiscal, superávit externo y sin emisión monetaria.

Indec

Es la narrativa oficial del cambio de régimen. Pero incluso economistas que valoran la estabilización observan un problema distinto. No cuestionan que la economía crezca. Discuten cómo está creciendo.

El crecimiento desbalanceado

Jorge Vasconcelos, economista jefe de IERAL-Fundación Mediterránea, define el fenómeno como un “crecimiento desbalanceado”. Los sectores vinculados a hidrocarburos, minería y agroindustria avanzan con fuerza. También las provincias asociadas a esos complejos productivos.

Neuquén, Río Negro y San Juan son las únicas que muestran crecimiento del empleo privado formal. Al mismo tiempo, doce provincias incrementaron sus exportaciones entre 14% y 110%. Sin embargo, ese dinamismo todavía no alcanza a la mayor parte del mercado laboral. Según cálculos de IERAL, la construcción empieza a reaccionar.

El promedio móvil del sector aumentó casi 10% entre fines de 2025 y mayo de este año.

Pero comercio, industria y transporte —que concentran cerca del 34% del empleo nacional— avanzan a un ritmo muy inferior.

La pregunta que deja planteada Vasconcelos es inevitable. ¿Puede sostenerse un proceso de crecimiento durante varios años si los grandes empleadores continúan rezagados? El problema no es sólo el empleo. Hay otra variable que muestra la misma fractura. El consumo.

Fernando Moiguer sostiene que Argentina atraviesa un fenómeno inédito. Por primera vez en el siglo XXI el producto y el consumo dejaron de moverse juntos. La economía puede crecer sin que eso implique automáticamente mayor capacidad de compra.

Según el consultor, el consumo dejó de ser el motor del crecimiento. La expansión ahora proviene de sectores exportadores, intensivos en capital y con baja generación directa de empleo.

Eso explica por qué muchas familias todavía no perciben en su bolsillo la mejora que muestran los indicadores macroeconómicos. También cambia el mapa del país. Ya no existe un consumidor promedio.

Neuquén, impulsada por Vaca Muerta, exhibe niveles de consumo muy superiores al promedio nacional. Salta muestra fuerte intención de compra de bienes durables.

Mientras tanto, el AMBA sigue siendo la región más rezagada. “La Argentina de los promedios terminó”, resume Moiguer.

El segundo tiempo del programa

Los números del mercado laboral ayudan a entender el desafío. En el último informe Cuenta de generación del ingreso e insumo de mano de obra, el INDEC dice que la Argentina tiene 22,9 millones de puestos de trabajo. De ellos, casi 16,6 millones corresponden a asalariados y más de 6,2 millones son trabajadores no asalariados. Dentro de los asalariados aparece otra señal preocupante. El empleo registrado cayó 1,1% interanual. El empleo no registrado aumentó 3,4%.

Es decir, incluso dentro del mercado laboral el crecimiento todavía presenta zonas de fragilidad. Eso es precisamente lo que el FMI pretende que cambie. Después de la estabilización llega la etapa más difícil. No alcanza con que crezcan Vaca Muerta, el litio o las exportaciones.

En un documento publicado esta semana por la Fundación Pensar, el economista Hernán Lacunza hace este resumen: “Un programa de desarrollo combina al menos tres vértices: el económico, que haya estabilidad y crecimiento; el social, empleo e ingreso; el político, continuidad institucional y de políticas básicas aún con la alternancia partidaria. Interdependientes, pueden construir un triángulo virtuoso: un ‘changuito’ previsible y ‘plata en la billetera’ suelen recibir apoyo popular en las urnas que refuerza la estabilidad y la inversión. Pero si algún vértice falla, el triángulo puede ser ‘vicioso’: si el dinero no alcanza, menos votos, más fuga al dólar, más tasa, menos empleo. A todos nos suena".

El desafío, entonces, pasa por lograr que el comercio vuelva a vender, que la industria vuelva a contratar, que la construcción vuelva a multiplicar obras y que el consumo acompañe la recuperación.

En otras palabras, que la economía deje de crecer sólo donde hay pocos trabajadores y empiece a hacerlo donde se generan millones de empleos.

Esa es, probablemente, la verdadera definición de la “prosperidad compartida” que Georgieva eligió dejar como hoja de ruta para la Argentina.