La renuncia de Manuel Adorni cerró un ciclo de 109 días en los que el Gobierno nunca logró encapsular el escándalo en torno al exjefe de Gabinete y la seguidilla de datos que se filtraban sobre su desorbitado patrimonio. El gobierno de Javier Milei fingió demencia e intentó convencer al resto de la sociedad para que también mirara en la dirección contraria, pero al final se perdió solo en su propia trampa.

Adorni nunca fue un fundador de La Libertad Avanza, aunque muchos de ellos se fueron tiempo antes que él y cargando su piedra de la vergüenza a cuestas. Tampoco era un hombre de territorio o estrategias. Desembarcó como vocero en diciembre de 2023 aportando lo que más sabía hacer: la arenga tuitera convertida en relato. Y desde ese lugar se ganó una visibilidad que lo llevó a convertirse en candidato el año pasado y ganar una elección.

El 1 de marzo pasado, apenas unos días antes que estallaran las primeras noticias en torno a Adorni en medio de su viaje a Nueva York, el Presidente selló en público sin saberlo ni pretenderlo el destino de su jefe de Gabinete cuando decretó que 2026 sería el año de la moral para la Argentina. Desde allí, cualquier intento se sostenerlo contra la interminable cadena de informaciones que se sucedieron en los meses siguientes solo podía estar condenada al fracaso.

El viernes, desde España, Milei condicionó el desenlace de Adorni a lo que la Justicia determine. Donde unos quisieron ver un cambio de postura solo se escondía la ambigüedad de la indefinición entre la posible inminencia de un procesamiento o la eventual condena que tomar años. No obstante, la condena social ya se había fijado hace tiempo. Esa que no admite apelación y tampoco requiere evidencias, le bastan las conjeturas.

Cien días más tarde, Adorni le terminó costando al Gobierno bastante más que una crisis de imagen: le comió la autoridad política, le contaminó la agenda legislativa, le encareció la negociación con sus aliados y hasta volvió obsoleta una de sus promesas más sensibles, la de la austeridad y transparencia. Cualquier intento de buscar una reelección deberá alinearse detrás de otras banderas.

La renuncia de este 27 de junio cierra un capítulo que, desde inicios de marzo, acumuló costo reputacional, ruido digital y deterioro frente a la sociedad, con el único alivio para LLA que todo sucede en un año no electoral. Al final, la sola figura de Adorni ya incomodaba no solo a los que habían cruzado de bando.

Adorni se fue quedando cada vez más solo conforme avanzó su historia, muy lejos de las “domadas” viralizadas en Twitter de los primeros tiempos. Incluso entre los apóstoles más violetas en el Congreso había dudas sobre firmar un dictamen en contra de la interpelación cuando llegara a la comisión de Asuntos Constitucionales de ambas cámaras.

En su última exposición ante Diputados, quienes lo acompañaron al recinto ya se habían peleado por ocupar las segundas y terceras filas de bancos en los palcos, en lugares más disimulados. Todo lo contrario a aquel 1 de marzo en el que Milei volvió a enfrentar al Congreso que consagraba a los libertarios como primera minoría.

La confianza y la ética son dos elementos fundamentales para profundizar el cambio que el Presidente, la gente y todo el país estamos construyendo”, firmó el epitafio nada más ni nada menos que Patricia Bullrich, a quien Adorni había desplantado con su anteúltimo tuit, previo al de su renuncia. La salida del jefe de Gabinete es una victoria silenciosa también para ella, aunque se cuide de demostrarlo.

Con todo, el dato político es que, al final de todo, Milei no incumple su palabra, no lo expulsa, tan solo lo suelta. “Gracias por aceptar esta vez mi renuncia”, desliza Adorni en el primer párrafo de su carta. Quizás incluso este gesto de lealtad hacia adentro le termine jugando en contra al Presidente frente a los ojos de la sociedad y la pregunta irresuelta aún: por qué lo sostuvo todo este tiempo.

Esa persistencia tuvo un efecto concreto: el oficialismo terminó hablando de sospechas, patrimonio, viajes, declaraciones juradas y explicaciones pendientes, en lugar de gestión, reformas o resultados. Sacrificó por un hombre la iniciativa de un proyecto político y económico de país. Y para un Gobierno que apoyó buena parte de su legitimidad en la impugnación de la vieja política, el golpe fue especialmente sensible para su épica.

La foto de las encuestas también ayuda a explicar la erosión. Zuban Córdoba exhibe desde hace meses un deterioro fuerte en la imagen del Gobierno, con desaprobación por encima del 58%. Adorn pasó a ubicarse entre los nombres más castigados.

Opina Argentina, en sus últimos sondeos, reveló en sus últimos sondeos un escenario de límites políticos que no existían antes para el oficialismo: el respaldo se sostiene apenas en el núcleo duro, pero el techo de crecimiento aparece condicionado por una combinación incómoda de economía flaca, conflicto político y pérdida de credibilidad.

Y esos son solo algunos análisis que opacan incluso las señales positivas que aparecía en una parte de la economía. Dato paradójico, el último Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella aportó su primera recuperación en lo que va de 2026 la última semana, una mejora mensual de 3,9%, aunque el repunte no alcance para borrar el deterioro de arrastre ni corrija el problema de fondo.

La renuncia no borra el recorrido. Más bien lo confirma. Adorni se fue cuando el problema ya no era solo su continuidad, sino el costo que Milei había pagado por haberlo sostenido tanto tiempo. La salida permite cerrar una puerta, pero no cancela las marcas que dejó la demora.