La Argentina aspira a ser un país normal. Pero todavía no lo es, y por eso cuesta tanto poner en perspectiva los debates que giran alrededor del costo del dinero.

El problema de la mora bancaria, sumado al impulso oficial a los créditos hipotecarios y los préstamos para comprar autos que lanzó el Banco Nación, actualizó la discusión sobre las tasas que cobra el sistema financiero.

(foto: archivo).
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Pero no se puede comparar el interés que paga un argentino por comprar una casa o un auto contra lo que abona un estadounidense o un chileno. Un país cruzado por décadas de inflación y déficit fiscal genera un nivel de distorsión tan alto que hace inviable ese contraste.

Los bancos no son fábricas, pero están atados a un insumo que en la Argentina es limitado. La cantidad de personas que pone su dinero en el sistema financiero es muy baja en comparación con los países vecinos. En Chile es más de un PBI, mientras que en nuestro país apenas supera el 10%.

Sobre el porcentaje que se presta de esos fondos, el Estado argentino (en sus tres niveles) además percibe impuestos que llegan a un tercio del costo del crédito. Como si fuera poco, en el medio hay que calcular la inflación y el riesgo de que los préstamos no se devuelvan.

Financiar la compra de un auto a UVA más 19%, como anunció el BNA, no es barato. Pero no se puede comparar con países a los que le sobra capital, como EE.UU., o que no tienen inflación. Por eso se confrontan estos valores contra el costo de alquilar o de financiarse con otras herramientas.

El problema de las tasas, en realidad, es el costo “extra” del dinero que deben validar. Mendoza acaba de reconocerlo, al reducir Sellos e Ingresos Brutos a todas las refinanciaciones de préstamos. La Ciudad también incluyó el componente tributario en su plan, dirigido a los bancos. En este debate, bajar la inflación no solo redunda en mejorar el poder de compra de los tomadores de crédito, sino que abarata la herramienta.