Más allá del discurso, Cristina busca dinamitar el acuerdo con el FMI

Cual un Vladimir Putin de la guerra política, Cristina Kirchner abomina de los "poderes concentrados, económicos y mediáticos", pero sueña con un poder sólo aglutinado en ella y así lo mostró una vez más y sin tapujos en la alocución que realizó el viernes pasado en Resistencia, un discurso ordenador de mil y una aristas para el análisis, en el que intentó sacarse de encima nada menos que el sayo de la responsabilidad del gobierno que creó.

De esa larga disertación predominantemente auto referencial, surge con claridad que la Vicepresidenta sustenta su estrategia de diferenciación con Alberto Fernández en una oratoria que de la boca para afuera parece que no rompe lanzas, ya que niega expresamente una "pelea" con el Presidente, aunque desde las sombras lo minimiza mientras le va tomando una por una las colinas que él y un grupo de leales aún defiende. Como batalla final, la mira de Cristina está puesta, sin ninguna duda, en la demolición del Programa con el Fondo Monetario Internacional.

El ninguneo que le obsequió al Jefe del Estado fue la parte más estentórea de su prédica, en la que para mostrarse por encima de todos los demás hizo una confesión en primera persona que, en definitiva, es la que deja atrapada: "Elegí a una persona que hoy es Presidente que no representaba a ninguna fuerza política de las que conformaba el Frente pero, que además me había criticado duramente desde el año 2008". Cristina magnánima, como si la presencia de Fernández no hubiese sido por entonces el contrapeso ideal para contrarrestar su imagen negativa de aquellos días.

Pero ella resignifica aquella realidad y ahora le dice "una persona" y además de devaluarlo como político le cuelga el cartel de crítico que no tenía partido. Imposible dialogar, entonces, ni considerarlo un contrincante. Para Cristina, aquella jugarreta táctica de mayo de 2019 no puede ser confundida con alguna muestra de generosidad, algo que sí reconoció a la hora de concederle graciosamente a Fernández que "pudiera decidir libremente su gabinete económico". Y ante esa demostración de la fuerza de su dedo remató: "¿En serio que me hablan de disputas de poder?". Así, la Vice expresó sin tapujos que no son iguales y que el Presidente está en deuda con ella, por lo que no califica para ninguna "pelea" que le dispute poder.

Más allá de todas estas chicanas públicas hacia su elegido, lo que Cristina está haciendo desde las sombras es un auténtico trabajo de desgaste para arrasar con el Acuerdo con el FMI desde el lado fiscal y simultáneamente para rematar a su gestor, Martín Guzmán. También para terminar imponiendo las ideas que ella tiene con respecto a la economía, las mismas con las que no le fue bien en su segundo mandato sobre todo, lo que va a requerir un cambio total también en el ministerio de Matías Kulfas, el otro apuntado. Ya se ha dicho y el kirchnerismo lo marcó en primer término, que todo número acordado con Kristalina Georgieva es provisorio, porque que con cualquier gasto extra habrá que reprogramarlo.

Dos ejemplos bien gráficos de la estrategia para sumar obligaciones fuera de lo acordado (y otros artilugios a inventar para debilitar más aún al Programa), se registraron durante la semana que pasó y ambos escopetazos los disparó el kirchnerismo desde el Congreso para que Guzmán se encuentre, a partir del hecho consumado, con un nuevo escenario de déficit que lo obligue a recalibrar con más emisión, endeudamiento o reasignación de partidas y a darle explicaciones al Fondo. Pero, además, para que la situación -si pasa por el filtro de los diputados- quede a merced de un eventual veto que obligue a una definición de Fernández. Carambola a varias bandas.

Por un lado, el recién nacido interbloque kirchnerista, naturalmente compuesto por la suma de la división pergeñada sólo para capturar una silla más en el Consejo de la Magistratura, presentó un proyecto de ley en el Senado para blanquear a 500 mil futuros jubilados sin aportes, liquidaciones que cuando se concreten todas le van a sumar un gasto de 0,5% del PIB a las proyecciones fiscales, ya que la ANSeS no tiene espaldas propias para bancar el tema. Otro disparo partió desde el feudo de Máximo Kirchner (un proyecto de Resolución, por ahora) para adelantar el pago del salario mínimo de enero de 2023 a agosto, números que también van a impactar en el gasto de este año. Esta semana será el turno de las tarifas de gas y electricidad y en Economía no descartan que haya alguna otra movida del Congreso en el mismo sentido para tratar de imponer por ley el famoso 20% que quiere Cristina.

Tiene toda la razón del mundo la Vicepresidenta cuando dice que "la gente no tiene laburo, no le alcanza la guita y las cosas le aumentan todos los días". Ella redondeó esa frase en relación a la poca necesidad que tiene hoy discutir la Boleta Única de Papel, sobre la que hizo algunas reflexiones operativas más que interesantes, aunque lo verdadero es que el kirchnerismo sangra por la herida por no haber podido parar la ofensiva opositora. No obstante, el ejemplo le sirvió para evitar reconocer que la madre de todas las dificultades es la notoria parálisis que vive el gobierno que ella integra, debido a la grieta que hay en la cúpula del poder. Y si bien ella se quiere despegar, la ciudadanía infiere, con razón, que la anestesia que padece el Gobierno es producto de los tironeos entre facciones y no de ningún "debate de ideas", tal como académicamente presentó la situación.

Ya es sabido que el propósito de Cristina es siempre convencer a partir de la victimización, estrategia que le ha dado mil y un resultados. Siempre es el "poder concentrado, el económico y el mediático" el que se opone a las buenas intenciones de los que se dicen los buenos de la película. Ni que decir del Poder Judicial. Pero si la cosa es con ideas, dentro de ese debate de entrecasa hay que darle prioridad a la puja de modelos, el que quiere imponer el cristinismo versus el que sustenta el Ejecutivo. No son demasiado diferentes, ya que ambos privilegian en lo básico el consumo por sobre la inversión, la cobertura del déficit fiscal con emisión monetaria o de deuda local y en pesos e impulsar la ayuda social para compensar la falta de trabajo.

El ancla que tiene Fernández es el FMI y de allí la resistencia de Cristina y los suyos, porque ellos prefieren la discrecionalidad, la imposición y poner el grito en el cielo cuando tras los cortinados aparecen los fantasmas a los que suelen adjudicarle todas las culpas. Es nada menos que por ese lamentable cuadro de desinterés que surge de mirarse el ombligo, los ciudadanos destilan por estas horas una mezcla de bronca e impotencia, veneno que destroza la imagen del oficialismo y le regala votos a la oposición y a la izquierda en primer lugar. Y por más ella busque colocarse afuera del problema apelando a los viejos clichés derivados del "sí, pero Macri", su gran problema es lo poco que tiene para mostrar en materia de expectativas. Del deterioro no hay quien se salve en el Gobierno y de eso dan fe todas las encuestas.

Si bien Cristina es un as para encontrar argumentos y para bajar línea sobre lo que hay que atacar con eje en el "neoliberalismo", ella nunca fue buena para entender los fenómenos económicos, el de la inflación en primer lugar, ya que siempre se ha dejado seducir por una sola cara de la moneda, la que elude pensar en que la suba de los precios tiene que ver en esencia con lo monetario. Guzmán le ha encontrado internamente cierta armonía al decir que la inflación es algo de carácter "multicausal", pero ahora la Vicepresidenta ha puesto a jugar en el tablero a la falta de divisas en una economía bimonetaria.

"La escasez de dólares es la verdadera causa de la disparada de los precios", dijo en un típico razonamiento de confundir causas con consecuencias, interpretando quizás que, como no hay dólares para atender la demanda, entonces sube el valor de la moneda estadounidense y como a la vez se deprecia el peso eso genera remarcaciones, cuando en verdad es la inflación la que hace caer el salario y no la suba del dólar. Mientras tanto, ella aplaude y fogonea paritarias de 60 por ciento. Ante su receta de impulso al consumo, tampoco parece que nunca se preguntó Cristina por qué la gente huye del peso. Todos estos tabúes no están evidentemente en sus libros, ya que el kirchnerismo prefiere insistir con esas recetas y equilibrarlas con controles de precios y con la estigmatización a las empresas, antes que pasarle el plumero a esas viejas telarañas.

Tampoco se hace cargo el oficialismo combativo al menos de pensar qué pasaría con el empleo y los precios si se le brindan más incentivos a la inversión, bajando impuestos o liberando regulaciones o si se le da menos preponderancia al Estado y se lo deja de verdad que se ocupe de brindar educación, salud, seguridad y justicia de calidad, para que los puestos de trabajo de las diferentes jurisdicciones (Nación, provincias y municipios), que hoy funcionan como un seguro de desempleo encubierto, pasen a ser parte de la salida laboral que podría ofrecer el sector privado. Es un mal irreparable para el populismo perder clientela.

Casi como anécdota si la cosa no tiene implicancias judiciales en Nueva York, hay que consignar que hubo un párrafo en el discurso que fue toda una gaffe a varias puntas, ya que se trata de un tema económico (la inflación) con derivaciones financieras que marca bien a las claras el armado desaprensivo de Cristina a la hora de decirle cosas al auditorio: "¿Ustedes se acuerdan que tuvimos una devaluación en enero del 14 y la inflación ese año se nos fue a 38?", planteó. En esa frase la Vicepresidenta patinó dos veces: primero, porque se refirió a la devaluación de ese año como si hubiese sido algo surgido de la naturaleza y ajeno a su Gobierno y luego porque mezcló la cifra de la inflación del INDEC del año (23,9%) con la que calculó el Congreso para ese mismo año (38,5%). El blooper podría estar dándole nuevos argumentos a los bonistas que litigan contra la Argentina por los cupones del PBI para que planteen con más énfasis que la inflación de esos años estaba dibujada.

Más allá de todos estos deslices económicos y del hecho que la gente mira el triste partido desde los taludes y con mucha bronca, hay dos datos centrales en ese largo discurso:

a) que en cada párrafo, Cristina baja línea directa o sutil a la militancia sobre diversos temas que ella proyecta o piensa (y algunos hay que descubrirlos), ya que es quien determina qué cosa es buena y cuál es mala, pareceres que, salvo el Fondo y sus quinta columnas internos, todos replican en el FdeT de modo regimentado y

b) que su obsesión central pasa por la prensa, por las notas editoriales, por los presentadores de los canales de noticias, por los titulares, por el valor etimológico de las palabras, por decir que "cuatro personas" describen la realidad a su gusto y por sostener que en la Argentina el poder mediático está "más concentrado que en cualquier otra parte del planeta". Tics de una declinación inevitable.

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