A buena parte de la Argentina le cuesta asociar preocupaciones de su vida cotidiana con lo que sucede en el mundo.
No incluyo al deporte en esta afirmación, y mucho menos en la recta final del Mundial 2026. Pero entran en este terreno episodios como la crisis de las hipotecas en EE.UU, que causó una depresión económica global y los conflictos bélicos que cruzan a los grandes productores de materias primas, como fue el caso de la invasión de Ucrania (el granero de Europa) o la guerra con Irán, que bloqueó al Estrecho de Ormuz por casi 100 días.
La disparada del petróleo que provocó este ataque (el Brent pasó navegar los u$s 70 a tocar casi u$s 120 a fin de marzo pasado) provocó un salto en la inflación en casi todo el mundo por el previsible aumento en el precio de los combustibles.

Donald Trump se había ilusionado con un conflicto corto. Pero la suba de las naftas en suelo estadounidense empezó a erosionar su capital político y cortó su sueño de bajar las tasas. La inflación impuso su realismo, tanto a la Fed como a la Casa Blanca.
La presión (tanto interna como global) aceleró un precario acuerdo de paz. Sin conseguir avances, Estados Unidos volvió a presionar con bombardeos y el precio del petróleo subió ayer casi 10%.
El riesgo que debe identificar hoy la Argentina no es tan virulento como el vivido cuando se disparó la guerra. En marzo y abril, el precio de las naftas subió 7% y 11,7%; las tarifas de energía se incrementaron 4,7% y 8% y el IPC tuvo un salto de 3,4% y 2,6%, respectivamente.
La reacción de YPF, que creó un amortiguador de precios (absorbió parte de los aumentos con la condición de no bajarlos de inmediato cuando caiga el petróleo) favoreció el descenso de la inflación en junio y julio.
Lo que hay que asimilar es que si la guerra se encienda otra vez, el proceso de desinflación puede volverse más lento y complejo. No es menor para Milei.
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