Finalmente, se confirmó lo que se había sugerido poco más de un par de meses atrás y se esperaba desde mucho tiempo más: la visita del Papa León XIV a la Argentina.
Cuando llegue, el 8 de noviembre, habrán pasado 14.425 días -39 años y casi seis meses- desde que un sumo pontífice pisó suelo argentino, el décimo con más católicos del planeta (más de 33 millones de fieles).
El paso de Juan Pablo II, en abril de 1987, fue histórico: en una semana, participaron 4 millones de personas en las actividades de Wojtyla en 10 ciudades, con el hito de una misa que congregó a entre 800.000 y 1 millón de fieles en la 9 de Julio.
Así como, en su efímera visita de 1982, Juan Pablo se definió como “mensajero de la paz” con la herida de Malvinas recién abierta, cinco años después, pregonó que “la reconciliación no puede basarse en el olvido ni en la mutua ignorancia, sino en la verdad”. Profético: a la semana de su partida, estalló el alzamiento de Semana Santa, primera rebelión carapintada en rechazo al avance de las causas tras el Juicio a las Juntas.
La agenda siempre parece recurrente en la Argentina, el país donde uno se va 15 días y cambia todo pero vuelve 20 años -40, en este caso- y nada cambia. Salvando las diferencias de una sociedad que salía de un período sangriento, persisten divisiones, enfrentamientos. Y ese pasado sórdido que no termina de cerrar. Grieta. Por la que, dicen quienes lo conocieron, Francisco no volvió al país del que partió el Cardenal Bergoglio. El temor a que lo partidizaran. A que -incluso, por sus propios pecados- lo tironearan para alzar la sotana blanca como trofeo o bandera.
La visita de León XIV confirma una enseñanza bíblica: nadie es profeta en su tierra. Le da al actual heredero de Pedro la oportunidad de serlo en la Argentina. Sobre todo, en estos días, en que la Iglesia local es crítica del Gobierno. Y Prebost, en su primera encíclica, cuestionó la tecnocracia que pregonan personalidades afines al otro León. Como Peter Thiel, quien -por azar- también tendrá, en breve, su púlpito local.
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