Argentina asiste a un momento excepcional, con pocos precedentes en su historia. Según qué campana -digital o analógica- se escuche, el país está atravesando una etapa de bonanza inédita o una crisis que nos ubica al borde de un estallido. Unos dicen que estamos en la antesala de tres décadas consecutivas de crecimiento; otros, que el colapso económico y social está a la vuelta de la esquina. La política, prisionera de su propia lógica binaria, tiende a abrazar uno u otro relato con la certeza de quien no admite dudas. El análisis político, en cambio, tiene la obligación de resistir esa tentación y de buscar los matices donde el debate público solo ofrece trincheras. Todos los procesos políticos tienen contradicciones, luces y sombras, complejidades internas. En ese sentido, el gobierno de Javier Milei no es la excepción.

La economía argentina se mueve a dos velocidades (o, más aún, en dos direcciones opuestas). En el marco de un proceso de desregulación, liberalización y apertura, los sectores vinculados a la extracción de recursos naturales -petróleo, minería, agro- se encuentran creciendo a niveles récord, y las previsiones a futuro son muy optimistas. Por su parte, la industria, la construcción y los sectores vinculados al mercado interno en general están estancados o en franco declive. En otras palabras: los sectores que producen dólares pero no demandan mucho trabajo atraviesan un gran momento; los sectores que demandan trabajo y consumen típicamente muchos dólares están en estado crítico.

Esta economía a dos velocidades tiene consecuencias concretas. Empujada por un mercado externo más robusto, la macroeconomía hoy luce ordenada (hay un boom exportador mientras las importaciones se desaceleran, el dólar está quieto habiéndose removido gran parte del cepo, el Banco Central acumula reservas sostenidamente y la inflación vuelve a mostrar señales bajistas) pero acorralada por un mercado interno languideciente: la microeconomía hoy está en estado crítico, los salarios públicos y privados vienen perdiendo frente a la inflación, el crédito no termina de reaparecer, el consumo continúa deprimido y la falta de trabajo está ocupando una nueva centralidad.

Por el momento, el esquema de macro ordenada y micro desordenada está mostrando algunas señales de preocupación para la Casa Rosada en términos de expectativas sociales. La aprobación de Milei, que era del 49% en diciembre del 2025, cayó al 39% en la última medición de Opina Argentina (vale aclarar que en los últimos dos meses su imagen dejó de caer y se estabilizó). Sobran dólares…pero la calle no lo siente. Ese podría ser el título de la foto actual. Pero la película es larga -faltan más de 15 meses para las elecciones presidenciales- y aún no sabemos cuál será el final.

La aprobación de Milei cayó del 49% al 39%, según Opina Argentina.
La aprobación de Milei cayó del 49% al 39%, según Opina Argentina.

Alrededor de 4 de cada 10 encuestados formulan una opinión favorable sobre el Presidente. Producto de una economía tan heterogénea, Milei es más valorado en el Interior que en el AMBA, que es el principal perdedor del actual programa. ¿Es mucho o poco el 39% de aprobación? A los dos años y medio de iniciado su mandato, Alberto Fernández tenía una imagen positiva del 26% y Mauricio Macri, una del 36%. Ninguno de los dos reeligió, pero Milei está hoy ligeramente mejor que sus dos antecesores.

El inconveniente es que las expectativas sociales, que el oficialismo supo administrar para llevar adelante un ajuste fiscal severo, hoy muestran signos de agotamiento. Si 2024 y 2025 estuvieron dominadas por la paciencia social y la ilusión de que el sacrificio traería resultados, 2026 está atravesado sobre todo por el descontento. El 55% cree que el país estará peor que dentro de un año, frente al 35% que se sostiene optimista. Las preocupaciones ciudadanas también dan cuenta del frágil estado actual de la opinión pública: un 36% señala a la corrupción como principal problema y un 30%, a la desocupación. La sociedad ya pagó -electoralmente- la baja de la inflación en 2025. Ahora reclama que el Gobierno revise errores propios no forzados y que el programa económico empiece a llegarle al ciudadano de a pie.

El gobierno de Milei llega al tercer año de su mandato con un balance ambivalente que incomoda a propios y ajenos. Tiene logros macroeconómicos que sus antecesores no pudieron exhibir a esta altura, pero una porción mayoritaria de la sociedad no se siente partícipe de los beneficios de dichos logros. El oficialismo ganó, en términos generales, la batalla de la inflación, pero todavía no convenció a la mayoría de que esa victoria es el principio de algo mejor, y no simplemente el final de algo peor. Pasar de la estabilización a la recuperación generalizada: ahí está la clave del juego electoral 2027.